Ciberestudiantes
Antes se entregaban lápices y cuadernos al llegar a la escuela. Este otoño, en Wake Forest, una universidad privada norteamericana de Winston Sales, la dirección entregó a los 940 nuevos estudiantes un ordenador portátil para cada uno. Los alumnos acuden a clase con el ordenador; toman sus apuntes en él, redactan sus ejercicios en la pantalla y los completan con imágenes y notas tomadas de Internet; a través de la pantalla se comunican con los profesores, les plantean preguntas, reciben recomendaciones, envían sus trabajos para ser corregidos en privado o públicamente mediante proyecciones en la clase. Un equipo de 20 ordenadores para alumnos y un sistema de proyección cuesta alrededor de 13 millones de pesetas y quienes disponen de estos medios obtienen una clara ventaja respecto a quienes no los poseen.Sin llegar a la dotación de Wake Forest y otras universidades, más de la mitad de todos los estudiantes residentes en campus estadounidenses disponen de una conexión de fibra óptica en sus habitaciones y el número de aulas en las que se usa E-mail para suplementar discusiones académicas o para recibir tutorías ha crecido en un 20% en 1995. Complementariamente, el número de clases en las que se emplean softwares para educación especializada se ha desarrollado hasta un 18% el año pasado, un 50% más que el ano anterior.
La conexión, cada vez mayor, mediante redes ha cambiado de modo tan notorio la vida estudiantil que The New York Times planteó el pasado 11 de noviembre dos clases de problemas derivados de esa expansión. El primer problema se refiere al creciente distanciamiento de nivel educativo entre universidades privadas, cableadas y ricas, y universidades públicas, mucho peor dotadas. El segundo problema, de naturaleza individual, alude al ambiente psicológico que se está creando en los campus.
La existencia de ordenadores en los dormitorios de alumnos produce el radical efecto de encerrarlos en sus garitos. Mientras se invierten cada vez más horas de media diaria frente a la pantalla se recorta el tiempo de convivencia en comedores, salas y bibliotecas. Para estudiantes tímidos y con el inglés como segunda lengua, el Blitzmail, o correo intercampus, es un buen apoyo, pero para otros muchos la frenética comunicación mediante mensajes electrónicos ha reducido drásticamente los contactos directos. Restaurantes y cantinas en los aledaños de las universidades están cerrando por falta de centenares de clientes, asiduos de la pantalla.
Los alumnos y profesores se cruzan más mensajes que nunca (una media de 30 correos diarios recibe, por ejemplo, cada persona en Darmoth College, New Hampshire), pero se ven y se hablan bastante menos. El E-mail, confiesan los alumnos, se ha convertido en el primer recurso para el cortejo romántico, y el reportaje de The New York Times relata el caso repetido de compañeros de habitación que prefieren chafardear sentándose en paralelo ante el teclado que cara a cara.
Ningún presidente de universidad piensa, por ahora, en la decisión de reducir el uso de los ordenadores. Todo lo contrario, pero ante la enorme atracción que los aparatos suscitan -con consumos de cinco horas diarias o más-, están trasladando el emplazamiento de los aparatos a zonas públicas donde los estudiantes se congreguen.
Hay actualmente más silencio en los pasillos, más silencio en las áreas de cafetería y entretenimiento, menos asistencia a las asociaciones estudiantiles, mientras una muchedumbre bucea por los serpentines electrónicos. Para los optimistas, el medio está ofreciendo un enlace entre centros, conocimientos, pensamientos y recursos con altos resultados prácticos. Para los escépticos, el clásico medio universitario como oportunidad de integración de razas, de religiones y personalidades puede estar convirtiéndose en un fracaso.
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