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44 FESTIVAL DE SAN SEBASTIÁN

La debutante Ingrid Rubio llena de verdad y belleza los vacíos de 'Taxi'

Carlos Saura y Vittorio Storaro envuelven en imágenes de lujo una endeble historia

Sin llegar al desastre de escritura que contenía Dispara, dispara, Carlos Saura vuelve en Taxi a incurrir en una incomprensible manga ancha, que más que a nadie perjudica a él mismo, al dar por apto para ser rodado un guión, escrito por Santiago Tabernero, bien trabado pero sumamente endeble, compuesto con correctos hilvanes, pero lleno de oquedades en la construcción de sus inconsistentes -en realidad inexistentes- personajes. Sólo la debutante Ingrid Rubio, gracias a su enorme fotogenia y a su instinto, introduce verdad y belleza en el suyo, mientras a su alrededor el resto naufraga.

Ocurre en Taxi algo similar, aunque con mayor gravedad, a lo que le sucede a Belleza robada, la última película de Bernardo Bertolucci, que pasó sin pena ni gloria en el Festival de Cannes y que aquí abrió ayer la sección paralela Zona abierta. Ambas son películas de personajes, de indagación dentro de complejas conductas, y ambas -aunque envueltas en imágenes de lujo- no logran construir personaje alguno, ni definir con mínima precisión sus conductas, salvo cuando una intérprete se escapa de la encerrona y -voluntariamente o no, es lo mismo- se lanza a la aventura solitaria de crear por su cuenta y llenar con su talento y su presencia la oquedad sobre la que sobrevuela.Lo que en el filme de Bertolucci es el milagro químico del encuentro entre Liv Tyler, una fascinante novata americana, y Jeremy Irons, cuyo genio hace estallar en un par de escenas a una pantalla herida de artificiosidad, en Taxi es la revelación de una muchacha española hasta ahora arrinconada en papelitos de telonera de culebrones, llamada Ingrid Rubio. Su verdad rompe literalmente, hace añicos la credibilidad del grupo de seudopersonajes en que la trama la encierra y alcanza por su cuenta zonas de punzante y sorprendente libertad de creación. Lo que un intérprete es capaz de expulsar hacia fuera en un (aquí, muchos) primer plano sostenido, no es gobernable desde fuera de la interioridad de ese intérprete. Y así, pese a la inconsistencia de su cometido, esta asombrosa muchacha (como aquella Liv Tyler) vence y convence, mueve y conmueve, tiene vida y la da.

Le basta mirar a la cámara (perfecta de encuadre y tempo) admirablemente gobernada por Saura y Storaro para galvanizarla, de modo que a esta aprendiza dotada de un fortísimo poder de irradiación en la mirada y en su insólita capacidad para graduar, contener y coordinar el gesto con el sentido de lo que busca expresar con él, es inevitable echarla de comer aparte en este quiero y puedo intento de dar vida a personajes cadáveres que erosiona de raíz a Taxi. Ingrid Rubio quiere, puede y por sí sola sostiene el cojo tinglado que dos maestros, uno de la creación y otro de la hilazón de imágenes, se empeñan en hacernos creer sin conseguirlo. Aunque sólo sea por el descubrimiento de esta presencia, Taxi puede y debe llevar mucha gente al cine pues fija la partida de bautismo de un rostro indispensable en el cine español.Escenas como la del corte de pelo al cero de esta actriz, otras muchas intermedias y la de su bellísimo encuentro con Carlos Fuentes en la fuente cascada de la plaza madrileña de Colón se quedan pegadas a la retina y éstas las guarda como oro puro cinematográfico. Muy pocas actrices del cine de hoy aguantarían un plano corto con la dificultad que conlleva el citado del corte de pelo, atestado de riesgo y materializado con un alarde de refinado ritmo interior, Los ojos de la muchacha transmiten los vaivenes del estado de ánimo que representa con una intensidad, precisión y agilidad o soltura mágicos, envidiables, que luego en el conjunto del filme, adquiere por contraste un lado negativo, pues tal ejercicio de plenitud pone en evidencia la elementalidad de las construcciones de la decena de personajes que la rodean, que al mirarse en el diáfano y electrizante espejo que esta muchacha las opone en los juegos de plano-contraplano, se quedan sin imagen propia.

. De ahí que la tacada de cine español que vertebra la programación de esta edición del festival dejara ayer un sabor agridulce, ciertamente elevado por la emoción de asistir al nacimiento de un poderoso, bello, inédito rostro identificador de nuestro cine que viene.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 21 de septiembre de 1996