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46º FESTIVAL DE BERLÍN

La terrible y conmovedora reconstrucción de una ejecución en EE UU trae por fin el gran cine

Susan Sarandon, Sean Penn y, Tim Robbins impactan con el filme 'Pena de muerte'

Tras la sencílla película tunecina, LLena de candor y de encanto, Un verano en La Goulette; y de la italiana -experta y muy tramposa- Vite strozzate, donde Ricky Tognazzi da una nueva vuelta de tuerca a su denuncia de las lacras que asolan su país, llegó por fin a esta Berlínale el gran cine. La norteamericana Pena de muerte es una película mayor, que barre por completo el recuerdo de las proyectadas hasta ahora, y donde Tim Robbins, excelente actor, se hace director adulto, mientras Sus*an Sarandon y Sean Penn revientan con su talento la pantalla.

El título español Pena de muerte es inexpresivo e impreciso, puesto que no refleja con exactitud lo que ocurre en la pantalla, donde asistimos no al dictamen de una pena de muerte, sino a la punta extrema de ésta, por lo que debería titularse Ejecución, de no tener un título original infinitamente mejor: Dead man walking, que quiere decir "hombre muerto andando", espeluznante frase ritual que grita en el corredor de la muerte de la cárcel de Nueva Orleans un guardián, cuando el que va a ser ejecutado sale de su celda en dirección de la cámara (un pequeño escenario acristalado con patio de butacas incluido) donde le van a matar con un gélido mecanismo de inyecciones mortíferas. Lo que representa Pena de muerte es una reproducción verídica tanto del escenario como de las personas que, a uno y otro lado del telón acristalado de ese escenario, vivieron hace unos años un sombrío y conmovedor suceso.Tras el cristal, Sean Penn interpreta al asesino ejecutado Matthew Poncelet, convicto y confeso por la salvaje violación y asesinato de una pareja de adolescentes; y pegada por fuera al telón de cristal, la monja Helen Prejean -autora de un libro autobiográfico, que ha venido a Berlín en persona a dar su apoyo a la traslación de su testimonio a la pantalla-, interpretada por Susan Sarandon.

La hermana Helen Prejean llegó a Nueva Orleans en 1981 para trabajar para las prostitutas enfermas, los alcohólicos, los drogadictos y los indigentes que acogen en el asilo de St. Thomas.

A finales de la década, la dirección del asilo recibió una carta sellada en la penitenciaría lo cal en la que Matt Poncelet solicitaba ayuda espiritual de una religiosa en sus últimos días de vida. La hermana Helen se prestó a facilitarle esa ayuda y no de la manera habitual, con cartas de consuelo y una visita protocolaria, sino dándole compañía permanente durante los seis último días de su vida.

Un maestro

La película narra, con fuerza, nitidez y transparencia, yendo en todo momento al grano, el transcurso de esos seis días. Y su director, Tim Robbins, cuya experiencia se limitaba al estupendo balbuceo titulado Bob Roberts, sale de esta prueba de fuerza convertido en un maestro. La película, además de un minucioso documento sobre la fría y metódica mecánica de la muerte burocrática, es el relato de ese largo y no obstante brevísimo encuentro entre un hombre y una mujer, en el que no se elude nada, ni siquiera un delicado y elegantísimo soplo de crescendo amoroso: el anidamiento y nacimiento en la mirada maligna y afilada de Sean Penn de una chispa de enamoramiento, al que los enormes ojos de Susan Sarandon -una monja que carece de prejuicios románticos sobre los ase sinos, pero que busca apasiona damente aliviar un sufrimiento humano- responden con una energía solidaria que conmociona y que, en la perturbadora be lleza de la. media hora final, inunda los ojos de los espectadores, al menos los de éste que transmite la noticia de que una obra magistral ha surgido en esta Berlinale plagada de mediocridades.

El dúo sostenido entre Susan Sarandon y Sean Penn es inolvidable. Sus composiciones son de las que ennoblecen a quien las contempla. Situados ambos intérpretes ante una de esas complejas tareas que requieren entrega, convicción y refinado oficio para el encaje recíproco de réplicas, gestos y miradas, ambos logran (más que conjugarlas) bordarlas, por lo que su capacidad para despertar, sugerir y transmitir emociones al espectador sin acudir a la menor exageración o énfasis dramático, con comedimiento y contención plena, es todo un regalo a la pasión por el cine, que estaba saliendo malparada de una semana de baños de tedio.

Por fin se ha exhibido un trabajo que puede llevarse el lunes próximo el Oso de Oro entre aclamaciones y sin. disidencias. Tras una peste de mentiras cinematográficas en cadena, surge la verdad a secas, fijada en los pequeños ojos confundidos de un actor de raza y en la mirada grande, desorbitada y perpleja de una de las mejores actrices y más hermosas mujeres que existen.

La bestia humana

La película Pena de muerte no se anda con componendas maniqueas. Es un mazazo generoso contra la pena de muerte, porque la mirada invisible de Robbins entiende lo que pasa y es solidaria ante todo padecimiento humano, comenzando por el más desamparado, el de los padres de la niña y el niño asesinados y violados por la bestia. Uno, como ellos, desearía arrancar de cuajo las tripas de Penn, de verse en su caso y tener posibilidad de echarle el guante, pero ahí es donde nos duele: ese acto imaginario legítimo, por inevitable, indica que la bestia somos también nosotros, porque late potencialmente en nuestra respuesta a sus zarpazos.El resto íntimo de Sarandon ante Penn es de una brutal energía moral: hacerle asumir, para que pueda mirarse al espejo antes de ir a la muerte, la condición bestial, pero suya, de su acto. El ascenso paso a paso de la mujer a esa conquista íntima pone en funcionamiento paulatinamente la tragedia a que conduce: la bestia es irremediablemente humana y, en un revés aún más perturbador, el hombre es bestial, lo que iguala, y somete a un mismo rasero, asesinato y ejecución. Uno y otra son la misma cosa, contra la que sólo cabe, en Sarandon, rezar y, tanto en ella como en quienes no somos como ella, sostener el honor de la especie, los restos de dignidad que le quedan al mono erguido con un grito de protesta contra lo que lo humano tiene de abominable.

Encrucijada

La película es eso: desvelamiento progresivo del fondo (por mucho que nos pese) humano de Penn, paralelo a otro desvelamiento de signo contrario: el del mecanismo bestial de su ajusticiamiento. Se trata de la misma encrucijada que conduce a la (ahora discutida en España) película Días contados, que unos vemos como un monumento de sinceridad y de moral cívica y otros ven como una apología del horror etarra, es decir: la bestia organizada, lo que conocemos como nazismo.

Las escenas medulares de Pena de muerte afrontan la cuestión con la única arma inequívocamente humana que nos queda a quienes estamos varados en este cruce de caminos y de ideas: la humildad. Y ésta obliga, como hace Sarandon, a resolver la cuestión aceptando su condición irresoluble, bruma que convierte en bestial la aplicación a la bestia de los métodos de la bestia. Así de complejo: una ejecución es siempre un suicidio de quien la dicta, la sentencia, la cumple, la aplaude e incluso de quien la combate. Creo que fue Tomás y Valiente, hoy la máxima autoridad en la materia de este enigma, quien dijo algo así: "Algo muere en todos cuando alguien mata a alguien". Eso es lo que dice exactamente esta terrible y hermosa película.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 23 de febrero de 1996

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