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Tribuna:

¿Conocen ustedes la palabra 'embargo'?

El experto inglés en promoción cultural estaba explicando ante sus 11 colegas de la comunidad europea cómo promueven en su país los certámenes literarios, y cuando llegó al momento del fallo dijo:-Entonces enviamos el fallo a la prensa, pero lo sometemos al más estricto embargo. Por cierto, ¿conocen ustedes la palabra embargo?

El italiano hizo aspavientos y el español reclamó sus derechos:

-¡Pero si esa palabra es nuestra!

Los demás callaron, porque lo que resulta evidente es que embargo no es una palabra suya, y el inglés regresó, contrito, a su explicación:

-Lamento, señores, haberme llevado lo que no es mío. Pero es que esa palabra nos viene francamente bien.

El suelo europeo -el mundial- está sembrado de palabras españolas, y por ahí las, usan a voleo, con mucha más libertad que la que tenemos nosotros para asumir palabras extranjeras en el vocabulario español. Somos puros, pero solitarios, usan nuestras palabras pero no utilizan nuestra lengua. Los italianos no se amedrentan y han hecho de su lenguaje cotidiano, y periodístico, un fresco internacional en el que, como en todas partes, lo que domina es el inglés. Los franceses han pretendido legislar contra la avalancha y tendrán que pasar muchos años para vencer en esa batalla de los verbos. Los ingleses, por el contrario, lo resisten todo y lo asumen todo, y han hecho de su vocabulario fértil y eficaz una babel sobre cuya procedencia no tienen la más mínima preocupación. Han impuesto su lengua en la música, en la literatura, en el periodismo y hasta en las señales de tráfico.

Lo cierto es que, con palabras propias o ajenas, su lengua parece imbatible en lo que se llama los foros internacionales en esa reunión europea, comunitaria, donde se hablaba, por cierto, de un certamen de la cultura continental, su lengua era la oficial, conjuntamente con el francés, y en ambas lenguas se hablaba, aunque la de Bertrand Russell venciera por nueve a tres a la de Jean-Paul Sartre. Y ese problema no expreso -hay lenguas que mandan y lenguas que esperan- es la primera esquina de la construcción cultural de Europa.

En esas situaciones, uno siente la tentación de cierto nacionalismo. ¿Y por qué no mi lengua, si la hablan tantos, y además viene de Cervantes y de Toledo, donde tanto esfuerzo se hizo para traducirlos a todos, y viene también de santa Teresa, y se habla con matices distintos e igualmente ricos en tantos países de tanta cultura? Pues no se habla mi lengua en estas discusiones, y acaso un día ni se pregunte uno por qué no se habla nuestra lengua en esas discusiones.

El nacionalismo siempre tiene dentro un virus, que tarde o temprano aflora con su propia metralleta, metafórica o real, así que, incluso en los hechos de la lengua, hay que tener cuidado con esa irritante latencia del virus. Pero no queda más remedio. En España son evidentes las señales del virus, y en Bruselas, por cierto, lo son también, y uno las siente, pero, paradójicamente, en sentido inverso: resulta que mientras nosotros protestamos porque no usan nuestra lengua para discutir sobre la construcción cultural de Europa, nos quejamos de que en los teléfonos públicos de la capital comunitaria se comunique la información al usuario en la lengua de los flamencos.

La lengua no es un pez, ni es evidente el dinero que da; dura mucho, y no puede agotarse como los caladeros porque se pesque más o menos, y acaso por eso las instituciones españolas no se preocupan de lo que a la lengua le pasa a corto plazo, y ahí es donde están perdiendo la batalla. Hasta hace muy poco, la Real Academia Española vivía menesterosamente, como si fuera una excrecencia cutural donde debatían unos seres estratosféricos sobre palabras inútiles; pero luego resulta que esos seres convierten en best seller el diccionario de la lengua, lo informatizan todo y además quieren poner a trabajar a los académicos; los pueblos españoles no tienen bibliotecas, y cuando las tienen están infradotadas; cuando los escritores españoles se juntan para ir al extranjero a contar qué hacen, en el patio nacional se oye un ruido enorme porque van unos y no van otros. El Instituto Cervantes, que tiene como obligación la difusión de la lengua, está también sujeto a la mezquindad nacional. Y, en general, no se vislumbra en este país una verdadera preocupación por ese negocio lejano y latente que daría una mejor presencia del español en el mundo. Mientras sea así no resulta raro que un inglés siga preguntando en Bruselas si sus colegas europeos conocen una palabra que él considera suya y que procede -ahí me viene otra vez el maldito virus nacionalista- de la oscura, olvidada y bella patria de Miguel de Unamuno.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 13 de mayo de 1995

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