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LA FALSIFICACIÓN DEL PASADO

Fraudes como las pinturas de Zubialde son una constante en la historia de la arqueología

El hombre de Piltdown y la piedra de Kensington figuran entre los casos más célebres

Barcelona
La historia de la arqueología tiene su lado oscuro en una larga y antigua serie de fraudes, falsificaciones y trampas. El beneficio económico, el ansia de prestigio, el intento de justificar teorías y creencias y, lo que puede parecer más simpático, las ganas de montar una colosal broma son algunas (le las razones para engañar al mundo científico y al a veces demasiado crédulo conjunto de la sociedad. La naturaleza y el azar también pueden jugar algunas malas p'asadas que induzcan al engaño, como en el caso de los -supuestos- restos del Coloso de Rodas. Las falsas pinturas rupestres de Zubialde (Alava) ingresan, pues, por derecho propio en una lista negra en la que destacan el hombre de Piltdown, la piedra vikinga de Kensington, el mapa de Vinlandia, el cuerno rúnico de Waukegan, los hallazgos de Glozel, las terracotas de Hui Hsien, el kouros -estatua griega arcaica- del Museo Getty y hasta objetos de tanta veneración como la Sábana Santa.

Dos casos paradigmáticos de falsificación -ambos aún coleando- son los del hombre de Piltdown y los hallazgos de la localidad de Glozel (Francia). Entre 1908 y 1915 aparecieron en una cantera de Sussex (Reino Unido) fragmentos de un cráneo y una mandíbula de un supuesto antecesor del hombre. El descubrímiento provoco un gran entusiasmo científico y popular en la creencia de que se había hallado un eslabón perdido en el árbol genealógico de la humanidad: se realizaron reconstrucciones del aspecto del hombre de Piltdown, se especuló con su forma de vida (un poco lo mismo que ocurrió con el hombre de Orce). Sin embargo, el test de fluorina y otros análisis realizados a partir de 1953 revelaron que el cráneo era de Homo sapiens, mientras que la mandíbula pertenecía a un orangután.Alguien -hoy todavía se ignora quién- había colocado los huesos juntos en el yacimiento y mezclados con otros restos fósiles de fauna, los había manchado para que parecieran antiguos y había limado los dientes de la mandíbula de mono para darles un aspecto semihumano. La falsificación era tan experta que sólo podía haber sido realizada por una persona del estamento científico. En un libro recientemente aparecido (Piltdown: A scientific forgery, Oxford University Press), el antropólogo Frank Spencer investiga la posible conexión con el caso del gran anatomista sir Arthur Keith y del mismísimo Pirre Teilhard de Chardin (que descubrió por su cuenta un canino -falso- en la cantera de Piltdown).

El caso Glozel, cerca de Vichy (Francia), es realmente extraño: desde 1924 se han encontrado en el sitio las cosas más asombrosas, tablillas con inscripciones en alfabetos que parecen minoico y fenicio mezcladas con útiles prehistóricos. Desde 1927, la comunidad científica está convencida de que se trata de un fraude, pero algunas dataciones posteriores sugieren que para la falsificación se empleó algún material verdaderamente antiguo. Otra historia curiosa es la de las terracotas chinas de Hui Hsien: aparecidas en los años cuarenta en esta ciudad, pronto el mercado se inundó de imitaciones; en 1972 se descubrió que los propios originales eran falsos.

El puño del Coloso

En una ocasión, al menos, la falsificación ha sido cosa del azar: en julio de 1987 se descubrió en aguas del puerto de Rodas una piedra de una tonelada que semejaba un puño y que fue -precipitadamente- considerado un fragmento del mítico Coloso de Rodas, una de las siete maravillas del mundo antiguo. Finalmente, resultó ser una simple roca arañada por una draga portuaria.

Si bien parece que la cosa no acabará como lo de la cueva de Zubialde, otro gran escenario rupestre, la gruta de Cosquer -por su descubridor: el submarinista Henri Cosquer-, en Cassis, cerca de Marsella, se encuentra bajo sospecha. La datación radiocarbónica ha arrojado una antigüedad de 20.000 años para este yacimiento hallado el pasado verano 37 al que sólo se puede acceder buceando. Prehistoriadores como el catalán Josep Maria Fullola, pese a reconocer que la cueva, en la que figuran pintados caballos, bisontes y pájaros, provoca pocos recelos, han calificado de "precipitada" la decisión de Jack Lang de declararla monumento histórico.

Estados Unidos parece ser un país especialmente predispuesto a la credulidad: la roca tallada de Dighton (Massachusetts) ha sido tenida por portuguesa, hebrea y china. En Oklahoma han aparecido inscripciones fenicias. Más respeto merece el gol marcado al Museo J. Paul Getty, en California: recientemente ha quedado ya fuera de toda duda la falsedad de una sus piezas emblemáticas: la estatua griega arcaica de un joven (kouros). "Éramos muchos los que sospechábamos ya hace tiempo que era falsa", indica Lluís Monreal, ex director del Getty Conservation Institute; "ahora creo que quieren exponerla como un ejemplo de buena falsificación".

Otra gran obra en un museo de EE UU ha arrojado sospechas sobre su autenticidad: el trono griego de Boston, cuyo aún más célebre gemelo, el trono Ludovisi, ha sido también acusado de ser falso.

Vikingos en Minnesota

Las piezas supuestamente vikingas constituyen todo un apartado en la lista de las falsificaciones. Dos de los mayores fraudes de la historia pertenecen a esta categoría: la piedra de Kensington y el asombroso mapa de Vinlandia. La piedra, de 76 por 40,6 por 40 centímetros y con una inscripción en signos rúnicos, fue hallada en 1898 en una granja cerca de la aldea de Kensington (Minnesota) por un inmigrante sueco.El texto parecía atestiguar una expedición vikinga a Minnesota en 1362 que acabó en tragedia ("cuando volvimos al campamento encontramos a 10 hombres rojos de sangre y muertos", dice un fragmento). Desde el principio, eruditos lingüistas de todo el mundo consideraron el caso una falsificación clarísima, pero, pese a ello, la sociedad norteamericana, deseosa de contar entre sus ancestros con rubicundos vikingos, reaccionó con pasmosa credulidad. La piedra se llegó a exhibir en 1948 en la Smithsonian Institution como "el objeto de mayor importancia arqueológica de Norteamérica", y la revista National Geographic la consideró auténtica.

El caso del mapa de Vinlandia, "el descubrimiento cartográfico más emocIonante del. siglo", es apasionante y comparable al de los fraudulentos diarios de Hitler. El mapa fue dado a conocer públicamente en 1965, después de cinco años de estudios del Museo Británico y la Universidad de Yale; se trata de un plano medieval en pergamino en el que además de Islandia y Groenlandia figura Vinlandia, el lugar de Norteamérica en el que recalaron, según las crónicas, los vikingos. La falsificación, realizada en 1922, era perfecta: incluso se había insertado el mapa entre dos colecciones de pergaminos medievales auténticos, la Hystoria tartarorum y el Speculum ffistoriale, con picaduras de insectos que coincidían. El asunto se descubri ó merced a un análisis espectográfico de la tinta: contenía un producto químico moderno. El falsificador era un profesor de historia yugoslavo, Luka Jelic, despechado porque nadie daba crédito a sus teorías.

En un capítulo francamente divertido de, su libro Los vikingos en América (Destino), el estudioso Erik Wahlgren detalla otros nu merosos casos de falsificaciones vikingas en Norteamérica: los hallazgos de Beardmore (Ontario) -espadas auténticas importadas en época moderna, copias que regalaba una marca de tabacos o el cuerno de beber con inscripciones rúnicas hallado en las orillas del lago Michigan (una pieza que cualquier turista puede comprar en tiendas de recuerdos de Escandinavia). Las falsas inscripciones rúnicas se encuentran por todo el mundo; la traducción de una muy divertidaen Suecia decía: "Joe Doakes fue al Este en 1953. Descubrió Europa. ¡Por los clavos de Cristo!".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 16 de agosto de 1992

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