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Tribuna:

"Que lo mate otro"

Bueno, cómo está el palco. Me refiero, naturalmente, al de Canal +, al que los hados tuvieron a bien llevarme hace unos días. En mi vida me había rodeado tanta celebridad y tanto bellezón: me encontraba yo allí sentado como un clásico paleto, en el borde del asiento, con Jacqueline de Vega a mi izquierda (y mi hermana a la derecha, por guardar las formas) y otras dos señoras igualmente vistosas a su vera. Más abajo, en el balconcillo, Sofia Mazagatos, Miss España con nombre de reina y apellido de madrileña, toda receñida y acompañada por su señora madre. Y todos como sardinas porque hay verdaderas bofetadas por ir. Detrás, Fernando Guillén, recién llegado de un rodaje de una película de ciencia ficción en cuyo reparto le acompaña Antonio Resines, que se sienta delante de mí, al lado de Fernando Colomo y de un novillero muy joven, muy puesto y muy discreto que toreará mañana en Vista Alegre.Y abajo, a la derecha, un respeto, don Victorino Martín, con una camisa de flores, diciendo cosas de los toros que me esfuerzo en escuchar sin conseguirlo. Tanto es el tráfico de fino, bandejas de boquerones y lomo, coca-colas y fruslerías por el estilo. Sube la bandeja, pasa el canapé, ¿tiene usted las servilletas? (al principio, Jacqueline de Vega me trataba de usted y hasta me preguntó si no me importaba que fumara).

Esto de los palcos -como uno célebre al que siempre aludo y que el vulgo llama "de las marquesas", y donde se ponen todas tontas de pasteles- es muy torero, pero no muy entendido, la verdad. Ante el desastre de Morenito de Maracay, que después de pinchar tres veces en balde se puso a descabellar con el verduguillo como si quisiera filetear al noble animal, la guapaza de la izquierda exclamó, no sin lógica: "Bueno, oye, que lo mate otro, ¿no?". A Morenito se lo perdonábamos casi todo porque había puesto tres pares de banderillas de escalofrío. A Campuzano, que nos obsequió con seis descabellos dados al quinto desde diversos lugares, en distintas posiciones y con variadas técnicas, todas ineficaces pero, eso sí, hilvanadas una detrás de otra sin parar, no le perdonamos nada.

Los toros, mansos, malos, tornilleros (menos el quinto). Los toreros, qué le vamos a hacer, poco afortunados y sin saber dónde colocar esas franelas que llevan en las manos. Recuerdo que hace años había una cosa que se llamaba ayudado por alto, que se le pegaba al toro que embestía por derecho (como el quinto). Qué se le va a hacer.

Al final le robé un beso en la mejilla a Jacqueline de Viega y casi a Sofía Mazagatos, pero la madre de la artista me miró mal y lo dejé para mejor ocasión. A don Victorino le dije que echaba de menos sus toros y él me lo agradeció. Sin saber muy bien quién era yo, me estrechó la mano con cordialidad. Fue lo mejor de la tarde.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 19 de mayo de 1992