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Tribuna:LA REVOLUCIÓN DE AGOSTO

El aislamiento de los comunistas de Asia

¿Como evitar la bunkerización? Ésa es la pregunta que se plantea hoy a los últimos regímenes comunistas de Asia: China, Vietnam y Corea del Norte. El fracaso en Moscú de los artífices de un Tienanmen a la soviética y la aceleración de las reformas en la URSS hacen hoy más palpable la soledad de los últimos depositarios del marxismo-leninismo puro y duro.Los dirigentes chinos mantuvieron mucha discreción durante los acontecimientos de Moscú. Al día siguiente del golpe, el ministro de Asuntos Exteriores, Qian Qichen, manifestó su convicción de que el pueblo soviético resolverá sus problemas por sí mismo. Con la misma prudencia, Pekín saludó la vuelta de Gorbachov al Kremlin expresando lacónicamente su respeto a la elección del pueblo soviético". En los últimos días, los dirigentes chinos han reiterado que seguirán, pase lo que pase, en la vía del socialismo." La vuelta de Gorbachov suscita sentimientos encontrados en los dirigentes chinos. Por una parte, el arquitecto de la perestroika ha sido abiertamente considerado en Pekín, por su política de reformas, como el "sepulturero del comunismo". En el plano bilateral, sin embargo, Gorbachov ha sido el artífice de la normalización entre los dos países después de largos años de conflicto.

De cualquier modo, los muy pragmáticos responsables chinos, probablemente, se preocupan no tanto de quien gobierna en Moscú, sino de su capacidad para restablecer un mínimo de estabilidad. Estabilidad territorial, por ejemplo, ya que las veleidades independentistas de las repúblicas soviéticas de Asia central pueden acabar contagiando a China, que tiene pendientes los problemas de Tíbet y Xinjiang. Estabilidad interior también: no es casualidad que la televisión china, al informar de los acontecimientos en Moscú, no haya hecho alusión a las movilizaciones callejeras. El espectáculo de los moscovitas levantando barricadas frente a los tanques podía recordar a los habitantes de Pekín acontecimientos no muy lejanos.

Al dar preferencia a las reformas económicas sobre las políticas, los dirigentes chinos han hecho una apuesta contraria a la de Gorbachov. ¿Podrán mantener hoy este orden de prioridades, cuando los acontecimientos de Moscú han puesto más que nunca en la orden del día, en el mundo entero, la importancia de la democracia? Para hacer realidad sus planes de modernización económica, los dirigentes chinos necesitan ingentes inversiones extranjeras. Y deben convencer al mundo de que la ausencia de democratización en su país no impide los buenos negocios. Una tarea difícil, pero no imposible

Basta ver los esfuerzos del presidente norteamericano, George Bush, para garantizar, a pesar de la oposición del Congreso, el mantenimiento de la cláusula de nación más favorecida para China -una cláusula que Washington no ha otorgado todavía a la URSS- para convencerse de que las varas del Occidente para medir la democratización no son iguales en Moscú y en Pekín.

Los dirigentes vietnamitas se encuentan ante la misma encrucijada: ellos también han empezado la apertura por el lado económico, como lo confirmó el nombramiento en Hanoi, a principios de agosto, de un tecnócrata, Vo Van Kiet, como primer ministro. Sometido todavía al embargo norteamericano, Vietnam ha visto reducirse durante estos últimos años sus relaciones económicas con la URSS y casi desaparecer con los países de Europa del Este, en otro tiempo importantes socios comerciales. Tiene, por tanto, que ensanchar con urgencia el espectro de sus relaciones exteriores.

Sometidos a los mismos imperativos, los dos países han esbozado maniobras de acercamiento después de largos años de conflicto. Ya se estudia la posibilidad de un encuentro en Pekín, en noviembre, entre los secretarios generales de los dos partidos, el chino Jian Zemin y el vietnamita Do Muoi, para sellar la reconciliación. Las perspectivas de un acuerdo sobre la cuestión de Camboya, hoy el gran escollo entre los dos países, facilitan esta normalización.

Inmovilismo norcoreano

A este frente defensivo podría juntarse el país aparentemente más impermeable a las seducciones de la perestroika: Corea del Norte. El desmoronamiento del comunismo se produce en un mal momento para el régimen de Piongyang: en plena crisis económica (el PIB ha bajado de 3,5% en 1990) y, sobre todo, cuando se avecina un proceso delicado de sucesión, ya que el Gran Líder Kim Il Sung, a sus 79 años y después de casi medio siglo en el poder, prepara la entronización de su hijo, Kim Jong Il.

Oficialmente, nada ha cambiado en Piongyang. Con un optimismo aparentemente inquebrantable, los oficiales reaccionaron a los acontecimientos de Moscú asegurando que sus objetivos seguían siendo los de "reconocer con orgullo y confianza la vitalidad y el atractivo del socialismo". Sin embargo, detrás de los clichés aparecen signos de deshielo: en mayo, el régimen norcoreano ha propuesto, rompiendo con su posición tradícional, la admisión simultánea de las dos Coreas en la ONU.

Y es que Piongyang se encuentra más aislado que nunca. La URSS, su primer socio comercial, ha normalizado en abril de manera espectacular sus relaciones con Corea del Sur. Gorbachov, que se encontró entonces en Scúl con su homólogo surcorcano, Ro Tae Woo, parece hoy más interesado por el pujante capitalismo de Seúl que por el tradicionalismo ideológico de Piongyang. Para evitar el aislamiento definitivo, Corea del Norte -que mandó a su ministro de Asuntos Exteriores a Pekín después del golpe en Moscú- no tiene hoy más remedio que aliarse con sus compañeros de infortunio.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 3 de septiembre de 1991

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