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SALÓN LIBER 91

Las grandes tiendas ganan en Gran Bretaña la partida a las librerías

El negocio del libro sigue funcionando sobre una base de confianza mutua

Alemania ha racionalizado al máximo la distribución del libro creando una ágil red de servicios intermedios para editores y libreros. El resultado es una poderosa industria que mueve más de 600.000 millones de pesetas al año y el abaratamiento del precio medio del libro, que oscila entre las 1.798 y las 857 pesetas. En Italia, en cambio, la situación es similar a la española: sólo el 10% de los más de 40.000 nuevos títulos que se publican anualmente supera los dos meses de permanencia en las librerías. En Francia, 50 millones de libros son destruidos anualmente para dar paso a las novedades, y en el Reino Unido desaparecen las pequeñas librerías en beneficio de los grandes espacios.

En el negocio editorial británico, como en la mayoría de los campos comerciales a lo largo y ancho del planeta, la tendencia se orienta inevitablemente hacia las grandes tiendas y los sistemas racionalizados. Las grandes librerías pueden permitirse una más avanzada tecnología de comunicaciones. Actualmente, además, las cadenas de supermercados, con sus bien organizados almacenes y flotas de camiones, tienden más y más a tratar el libro como algo que el cliente que compra de una vez quizá desee adquirir al hacer su compra global.

Pese a la nostalgia (a menudo meramente novelesca) de los amantes de la literatura por la pequeña librería perfectamente provista y propiedad de una persona asombradamente cultivada, esta evolución del negocio no parece hacer mal servicio a los lectores británicos. Recuerdo la protesta suscitada en mi barrio de Hampstead, en el noroeste de Londres cuando una pequeña librería fue echada del negocio por una nueva tienda de la cadena Waterstone's, a su vez propiedad de la gigantesca compañía W. H. Smith. Waterstone's; sin embargo, con sus grandes stocks y su personal joven, activo, atento y experto, ofrece un mejor servicio y atrae a un mayor número de clientes que la librería tradicional, por muchas que sean las virtudes de este tipo de comercios. En cuanto a los supermercados, sus detractores deberían preguntarse si no es mejor una gran tienda con libros de todo tipo que otra sin ninguno en absoluto.Por bien que una librería sirva a su clientela, todo el proceso operativo tal vez parezca pesado e ineficaz a ojos de un observador ajeno al negocio. ¿No funcionaría mejor nuestro negocio de los libros si operara como en Holanda, Alemania y uno o dos países más de Europa occidental, donde editores y libreros son copropietarios de una red de puntos centrales de distribución? Los comerciantes británicos del ramo no opinan de este modo. En este país, que a menudo ha visto sus monopolios paralizados por las disputas industriales, toda centralización se mira con recelo. Y en él se vive asimismo con cierto orgullo el grado en que tal gigantesco y vetusto negocio sigue funcionando sobre una base de confianza mutua. (Es algo muy normal que el repartidor de una distribuidora tenga la llave de la librería del cliente, de forma que pueda realizar la entrega aun cuando la tienda esté cerrada).

Tom Davidson, director de distribución británico del grupo editor anglo-norteamericano Harper Collins, surte a media docena de los más grandes mayoristas del Reino Unido, todos ellos con un fondo de títulos representativo de las más importantes editoriales del país. Pero afirma surtir asimismo a 60 u 80 pequeños distribuidores regionales o especializados, bien circunscritos a una zona determinada del país -como Escocia o el País de Gales- o dedicados a una específica línea de productos -biblias, por ejemplo, o mapas- Harper Collins da salida a una media semanal de 1,5 millones de ejemplares en el Reino Unido. Los distribuidores ofrecen menores descuentos que las editoriales, y por tanto, los libreros, siempre que pueden, prefieren acudir directamente a las propias empresas. En ellas comprarán quizá un 10%, más barato, pero a menos que soliciten un considerable número de ejemplares se verán obligados a esperar: empaquetar y facturar unos cuantos libros no resulta demasiado rentable, máxime cuando las facturas se pagan con lentitud (en el Reino Unido, al menos, donde los editores conceden por lo general 40 días para pagar. En periodos de recesión como el actual, a menudo han de esperar mucho más tiempo).

Con los grandes clientes la cosa es diferente. Una cadena de librerías como Waterstone's recibirá sus pedidos directamente de los editores en menos de una semana a través del teleordering, sistema informático que, mediante el empleo de los códigos de barras en las cubiertas de los libros, facilita asimisimo la comprobación de existencias y las labores de archivo. Los libreros se quejan de que el sistema sigue exigiendo un papeleo casi decimonónico para la facturación y las notas de entrega. pero generalmente se admite que el teleordering ha mejorado sustancialmente los tiempos de entrega.

Traducción: Jesús Zulaika.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 25 de junio de 1991