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Tribuna:HACE CINCUENTA AÑOS MURIÓ FRANCIS SCOTT FITZGERALD

La grieta

En diciembre de 1926 Scott Fitzgerald escribió a uno de sus editores: "Recordará usted que siempre dije que quería morir a los 30 años. Pues ya tengo 29 y sigue pareciéndome una buena idea". Faltaban 15 años más para que esa buena idea ocurriera. Murió Scott a los 44 y era -con su poderosa distinción, su mirada de niño insolente asustado y su piel traríslúcida- un muchacho anciano.Scott hizo suya la obsesión de su mujer, Zelda, de que ambos arrastraban una invencible inclinación al fracaso y se jugó la vida en la certeza que concedió en esta idea suicida. Después de dilapidar en gestos de aristócrata, alcohol y manicomios los frutos de su edad dorada ("Me dí cuenta de que había olvidado que arranqué El gran Gatsby de mis entrañas en un momento de inforranio") que le convirtió a los veinte y pocos anos en el escritor más rico de su tiempo, Scott salió del sueño ("Me sentía incórriodo de que no me vieran como lo que soy, un hombre procedente de un tiempo caducado") y reanudó su fraternidad con el fracaso. Hay esta anotación encontrada en uno de los cuadernillos inéditos: "No me abandona la sensación de que la vida es una impostura, de que sus condiciones son las de la derrota y de que la redención no se encuentra en la felicidad y el placer, sino en la satisfacción más profunda que da la lucha". Quien fue su antípoda en estilo de vida y de escritura, se acercó así, casi a escondidas, a la,severa amargura estoica del otro coloso de la narrativa norteamericana de su tiempo, William Faulkner.

Scott Fitzgerald encarnó la leyenda de la dotación natural para el éxito y se convirtió en réplica contemporánea de la vieja figura mitológica del elegido de los dioses. Pero en realidad no estuvo nunca armado para acatar las consecuencias de su triunfo y todo el tramo final de su vida -refugiado Scott a partir de 1937 en oficinas que en Hollywood destinaban a los guionistas de segunda fila es una constatación de este abismo íntimo, una especie de debilidad invencible que le hizo escribir a Zelda, estando ésta al borde de la demencia: "Lo que se expresa en la obra de arte es el destino sombrío y trágico de descubrir que uno es el instrumento de algo que no comprende, de algo impenetrable y desconocido. Tu has llegado al umbral de ese descubrimiento y, contra toda lógica, decidiste forzar la puerta. Me destrozaste".

Escribió esto en 1933 y tres anos después fue él mismo quien forzó, contra toda lógica, esa puerta y penetró en la tela de araña mortal. Lo hizo en uno de sus escasísimos escritos teóricos, un corto e intenso ensayo titulado Crack-up, más o menos La grieta, y que es una narración no narrada, un relato biográfico en forma de exploración analítica, de casi insosteinible sinceridad. He aquí dos de los pozos negros de esta incursión en sí mismo: "La vida es, naturalmente, un proceso de demolición. El signo de uria inteligencia de primer orden es moverse sobre dos ideas contradictorias sin perder por ello la posibilidad de funcionar". Y ya más al fondo: "En las cosas no existe la esperanza, y sin embargo hay que estar decidido a cambiarlas", lo que es probablemente la formulación más radical (no hay nada que hacer, pero hay que seguir haciendo algo) que se ha hecho de la loca identidad entre desesperación y optimismo. Esta identidad de contrarios nos acerca al núcleo, traslúcido como su piel, del genio de este escritor, víctima de su encanto para encender al mundo con la confortable A este lado del paraiso y a continuación apagar ese fuego con una portentosa obra incendiaria, El gran Gatsby, que sigue ardiendo.

Ciorán, en un ensayo sobre La grieta, testimonio que le turbó y apasionó, reprochó a Scott no ser coherente con. sus ideas: un hombre capaz de alcanzar tal grado de verdad en su sinceridad debiera ser consecuente y no escribir una sóla palabra más. Es un reproche certero, pero inaudible para Scott: había que hacer algo, y la palabra hacer, en boca de Scott, solo tiene una traducción: escribir, acudir obediente al foco del imán mortal, adentrarse en la grieta, humillar su oficio dedicándolo a tareas inferiores. De ahí su entrada en las sórdidas nóminas de los teloneros de Hollywood.

Pat Hobby

No se conoce la oscura obra de Scott como escritor cinematográfico: intervino en películas importantes (entre ellas Lo que el viento se llevó) y redact ó guiones que toparon casi siempre con la censura o la indiferencia. El príncipe no pasó, en la etapa final de su carrera, de jornalero. No era, al parecer, buen guionísta. Joseph Mankiewicz, maestro de la escritura cinematográfica, dijo de él: "Yo no contaba con Scott para los díalogos. Hay una gran diferencia entre el dialogo de una novela y el de una película. Sus diálogos carecían de mordiente, de color, de ritino". Por ello su verdadera obra hollywoodense está fuera de las pantallas, en sus páginas literarias sobre el mundo del cine: The Last Tycoon y las autobiográficas Historias de Pat Hobby, que se arrancó penosamente de sus escasos periodos de sobriedad.

Estos periodos se deben en parte a una joven periodista inglesa llamada Shellah Graham, que fue amante suya. Antípoda de Zelda ("Tus pensamientos secretos, Zelda, son terriblemente peligrosos") y mujer equilibrada y fuerte, devolvió a Scott la confianza sexual -que su mujer le hizo perder tras años de insistentes reproches contra su debilidad- y logró frenar la Calda final de Scott a las oquedades de su grieta íntima: la calma que precede a la tormenta, la paz provisional del ojo del huracán, el último respiro.

Y seguidamente, este mazazo dejado en carta a uno de los guardianes de la locura de Zelda: "Los dementes sólo son huéspedes de la tierra, eternos extranjeros que pasean unos decálogos rotos en los que no saben leer". Hablaba, no hace falta decirlo, de Zelda, pero nunca habló de ella sin referirse también a sí mismo. Estaba ya Scott en el umbral del fondo de la grieta y hacia él se despeñó el que un día fue niño mimado de una sociedad que, tras convertirlo en un dios, le declaró extranjero en vida y, una vez muerto, en muerte.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 21 de diciembre de 1990