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Tribuna:

Palabras en Venecia

El escritor mexicano Octavio Paz presidió el jurado internacional de la 43ª Bienal de Venecia, que otorgó, entre otros, el gran premio a Jasper Johns. Paz pronunció el pasado 26 de junio el discurso que reproducimos. El jurado de la Bienal estuvo compuesto, además, por tres directores de museos de arte moderno: Tom Messer, director del Guggenheim de Nueva York; Werner Schmalenbach, director del Museo de Arte Moderno de Düsseldorf, y Lyszard Stanislawski, director del Museo de Arte Moderno de Varsovia, y tres críticos de arte: Pierre Restany, de Francia; David Sylvester, del Reino Unido, y Maurizio Calvesi, de Italia. Además del gran premio a Jasper Johns, el de la mejor representación nacional fue para el pabellón de Italia, y el del Año 2000, para una artista joven con una obra prometedora, Barbara Bloom.

Ante todo, en nombre del jurado y del mío propio, felicito a la Bienal de Venecia, y muy particularmente a Giovanni Carandente y a sus colaboradores, por la eficacia y la rapidez con que, en unos cuantos meses, ha logrado realizar esta 43ª Exposición Internacional de Arte Contemporáneo.La Bienal de Venecia ha sido tradicionalmente el lugar de encuentro de las diferentes tendencias y personalidades que dan carácter y fisonomía al arte de nuestra época; también ha sido teatro universal de controversias y de consagración y descubrimiento de obras y talentos. Fiel a su origen y a su historia, la exposición de 1988 es, simultáneamente, una continuación y una renovación. Tal vez no sea ocioso mencionar, de paso, algunos rasgos que distinguen a esta manifestación de las anteriores: la eliminación del tema o motivo histórico y social (el arte nace de la historia, es historia, pero de esta o de aquella manera siempre trasciende a la historia); el énfasis que se ha dado a la sección Aperto, que agrupa a artistas jóvenes venidos de los cuatro puntos cardinales bajo las bóvedas impresionantes de la Cordelería del viejo Arsenal; el conjunto de esculturas, algunas en verdad monumentales, en los jardines de la exposición; y, en fin, la creación del pabellón Ambiente de Italia, que alberga a ocho grandes artistas extranjeros que trabajan en este país. Me parece ejemplar que en una hora en la que renacen los nacionalismos y los fanatismos religiosos e ideológicos, envenenando las conciencias, la Bienal de Venecia afirme el carácter universal y abierto del arte de nuestro siglo.

Una exposición internacional como ésta es un diálogo entre los artistas, las tendencias, los estilos, las familias espirituales y los temperamentos individuales; también es un diálogo entre los géneros y las formas: intercomunicación y fecundación constantes entre la pintura y la escultura, la mano y la imagen, el ojo y la lente, lo mental y lo sensible. La composición misma del jurado corresponde a esta pluralidad interdisciplinaria: seis directores de museo y críticos de arte de distintas nacionalidades, acompañados por un poeta. de lengua española. La presencia de este último no enteramente arbitraria: la larga aventura del arte moderno, desde su nacimiento -apenas si necesito recordar a Baudelaire-, ha transcurrido bajo la mirada fervorosa, a veces encarnizada, de la poesía.

La Bienal de Arte de Venecia no es ni puede ser sino el espejo del arte de este fin de siglo, con sus enormes hallazgos y sus grandes limitaciones, sus invenciones y sus repeticiones, siempre oscilante entre la inspiración y la autoimitación, los riesgos de la creación y el confort de la academia, la marginalidad solitaria y la publicidad de las galerías comerciales. Reflejo del arte contemporáneo, la Bienal de Venecia es asimismo un puente entre las naciones y los individuos, entre el arte de ayer y el de hoy, entre lo conocido y lo desconocido, lo que es y lo que puede ser. El verdadero nombre de este puente es imaginación y nos invita a dar un salto hacia lo desconocido.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 28 de junio de 1988