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Lanzarote se está muriendo", asegura César Manrique

CARMELO MARTÍN, El reconocimiento de la organización Europa Nostra a la isla de Lanzarote como un lugar que destaca por la conservación de su medio ambiente y el equilibrio entre la naturaleza y el desarrollo urbanístico es considerado el premio a una labor de casi 20 años de vehemente lucha en defensa del arte popular y la ecología de un artista único e irrepetible: César Manrique. El premio llega en un momento decisivo, coincidiendo con el desahogo de este isleño universal que ha lanzado un grito de socorro, al que dará forma de manifiesto, para alertar que "Lanzarote se está muriendo". Manrique defiende con uñas el museo nacional en que ha convertido a su isla frente a una galopante especulación salvaje.

Hace dos años se reencontró en Nueva York con sus antiguos amigos de la vanguardia, a los que había conocido en los años sesenta, cuando Catherine Viviano, la primera galerista que introdujo a Miró en Estados Unidos, le llevó directamente al centro de la elite artística de la ciudad de los rascacielos. Andy Warhol y Manrique recordaron viejos tiempos, bajo el peso de dos décadas que no han logrado jubilarlos.El homenaje del Instituto Español a don Juan de Borbón, al que fue invitado, le permitió tomar conciencia de aquella entrada privilegiada en el mejor mercado del arte, que causó envidias entre su generación; su amistad con la familia real española ocasionó recientemente, con motivo de la inauguración de los observatorios astrofísicos de Canarias, que don Juan Carlos, fascinado por sus banderas del cosmos, le encargara una insignia para su yate.

Manrique se hizo pintor, no arquitecto, como hubiese deseado su padre, porque odiaba las matemáticas y siempre sintió, confiesa, "instinto de animal salvaje" y una euforia volcánica, como el rostro de su isla.

Salió de la isla a los 19 años y volvió a los 42. Formó parte del llamado grupo de Madrid, junto con Lucio Muñoz, Zóbel y Sempere, cuya etapa ha sido, en su opinión, "la más renovadora del arte español en los últimos tiempos". Para Manrique era una necesidad vital viajar y conocer experiencias alternativas, cruzar mares y enfrentarse a sus primitivas ideas del arte, a los nuevos códigos de la plástica. En realidad, nunca pudo dejar de ser aquel ecologista incipiente que corría de niño desnudo por las playas de Famara, "limpias como un espejo".

Christopher Alexander, destacado teórico norteamericano sobre arquitectura, dijo hace 12 años de una de las creaciones de Manrique, El mirador del río, en Lanzarote, que era una de las cuatro obras arquitectónicas más significativas que conocía.

La isla en sí misma es resultado de su talento. Después de la prolongada ausencia del artista, su retorno, en 1968, abre los ojos de las autoridades locales, que secundan su idea de rescatar el arte popular y controlar el crecimiento del pequeño territorio insular. De este modo nació la isla de la utopía de paredes encaladas, suelo de lava y vetada a la publicidad. Manrique publicó el año siguiente Lanzarote, arquitectura inédita, algo así como el libro blanco de su discurso urbanístico.

Si Lanzarote es una isla virgen, sin carteles ni vallas de Coca-Cola ni Philips; si posee el único museo internacional contemporáneo de Canarias, en un castillo del siglo XVIII; el parque nacional de Timanfaya, el mayor tubo volcánico del mundo, la Cueva de los Verdes, abierta al público permanentemente como espectáculo natural, o un auditorio subterráneo en Jameos del Agua (que acaba de remozar), es gracias a la voluntad personal de este artista indesmayable de 67 años, en perfecta forma física, que ha logrado, por suerte, imponer sus criterios frente a la burocracia y la especulación y ha puesto de su parte a los 57.000 habitantes de su isla.

Sin embargo, últimamante en la isla se ha abierto un polémico debate, entre defensores del crecimiento turístico indiscriminado y enemigos radicales de la privatización de bienes de interés público como costas y playas. Concretamente, se ha denunciado hace pocas fechas la subasta pública de 300.000 metros cuadrados de costa en el municipio de Yaiza.

Traslado gratuito de arte

Manrique, medalla de oro de Bellas Artes, está satisfecho de su trabajo en La Vaguada madrileña "porque he conseguido el voto de los vecinos del barrio del Pilar". Hace unos días el Ministerio de Cultura de la República Federal de Alemania (RFA) le pidió consejo sobre el terreno respecto a las mejoras del metro de Múnich. Le pareció una cosa normal, como cuando el monarca Hussein le invitó a Jordania para que se inspirara en su país con el fin de diseñarle una casa en Lanzarote; en cambio, sí le llamó la atención que Lufthansa no le cobrara por trasladar 90 obras a la RFA hace unos meses. "Es que usted lleva cultura a mi país", fue la explicación.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 22 de enero de 1986

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