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Entrevista con el líder cubano

“América Latina está en una situación explosiva”

Declaraciones a EL PAIS del presidente cubano, Fidel Castro

Con ocasión de una visita a La Habana, el director de EL PAIS fue recibido por el presidente del Consejo de Estado y de Ministros de Cuba, comandante Fidel Castro. En el curso de su entrevista, que se prolongó por más de tres horas, Castro sugirió a Juan Luis Cebrián que le acompañara en su viaje a Managua para la toma de posesión de Daniel Ortega como presidente de Nicaragua. Ello dio oportunidad al periodista de conversar también durante el viaje en avión, y más tarde en torno a una mesa en la capital nicaragüense. La entrevista que hoy publicamos es el resumen, pues, de largas horas de diálogo. Dada la manera peculiar como éste se desarrolló, no se utilizaron grabadoras ni se tomaron notas durante el mismo. Las palabras entrecomilladas en el reportaje y puestas en boca de Castro han sido, no obstante, revisadas por él.

"Menoyo es tan cubano como yo y yo soy más español que él". Bajo su visera verde oliva, a la que parece estar indisolublemente unido como los vaqueros al sombrero tejano, Fidel Castro gesticula suavemente. Es un hombre tímido, de hablar pausado y cuidadoso, dubitante al principio, acorazado en su inmensa corpulencia y en su proteica verbosidad, que le hace pasearse con sus interlocutores lo mismo sobre los beneficios de nadar con aletas -"se hace más esfuerzo en menos tiempo y se oxigena hasta el cerebro"- que sobre el plan de reconversión industrial en España. Su despacho del Consejo de Estado, junto al edificio del Comité Central del Partido Comunista, lo preside un formidable retrato de Camilo Cienfuegos, un cuadro que huye de la figuración hacia el abstracto. Le comento que me ha sorprendido cómo en la isla el comunismo no ha cometido los atentados moscovitas contra la plástica y el sentimiento estético. Otro día estaremos sentados en su avión -por imprevista invitación suya-, rumbo a Managua, o en torno a una mesa comentando la situación en Centroamérica, cuál será el menú que mañana ofrecerá a los comandantes sandinistas y qué significa el leninismo en la revolución.

El presidente cubano con el director de EL PAÍS, Juan Luis Cebrián ampliar foto
El presidente cubano con el director de EL PAÍS, Juan Luis Cebrián

A sus 58 años, Fidel tiene todas las características del seductor y todas las condiciones del líder. Lo mismo en público que en las conversaciones privadas, sabe dar siempre con el tono y el contenido de lo que los demás le quieren oír. En su favor juegan un indudable atractivo físico y una humanidad real, mitificada con el paso del tiempo y el peso del poder. A veces me recuerda las memorias de algunos emperadores de Roma que escribían, gobernaban, guerreaban, disfrutaban, administraban y decidían la historia, todo a la vez. El imperio viajaba con ellos como con Castro viaja la revolución. Nada sucede si él no lo imagina personalmente, y lo mismo organiza una conferencia de los no alineados que un festival de cine. Motivos de seguridad, y esa incontenible afición suya a ser protagonista de su propio espectáculo, le han llevado a una organización vital tan arbitraria que todavía sigue sorprendiendo a sus más antiguos colaboradores. Éstos no se acostumbran aún a ver llegar al comandante sentado en un jeep de su escolta como un soldado más, camuflado así contra las eventuales balas de la CIA. Trabajador infatigable, es noctívago y duerme bastante poco durante el día. La vitamina C le ayuda a mantenerse en vela hasta las seis de la mañana, hora en la que sus ministros, los embajadores y dignatarios extranjeros, o sus amigos, deciden atreverse a pedirle permiso para irse a la cama. Los que le rodean (casi todos, si no todos, antiguos compañeros de Sierra Maestra) le temen tanto como le quieren, y parecen quererle mucho. Algún día alguien escribirá, sin fervores de afiliado ni fobias de perseguido, el retrato de este guerrillero que, a base de no ser otra cosa, merecerá en la historia los honores de hombre ilustre.

"Después de la revolución, inmediatamente después, teníamos muchos presos políticos. Quince mil, creo, pues había más de 300 organizaciones contrarrevolucionarias apoyadas por Estados Unidos. Hoy quedan aún unos 300, e irán saliendo según cumplan condena. Algunos de ellos no han salido antes de cumplir la sentencia, como ocurrió con la inmensa mayoría, porque acumulan faltas de indisciplina en la cárcel, se niegan a vestir el uniforme del penado o a cumplir otras normas. Nosotros nunca les hemos obligado por la fuerza. Menoyo está entre ellos. Hay que tener en cuenta que la revolución se tenía que defender, se tiene que defender. Pero nosotros, contrariamente a lo que sucede en otros países revolucionarios, somos partidarios de que quien no esté de acuerdo se pueda marchar. La revolución es tarea voluntaria de hombres libres. No queremos tener a los contrarrevolucionarios dentro. Yo ya expliqué en mi escala en Madrid, en febrero pasado, que Menoyo es un terrorista. No podemos liberarle para que a las dos semanas se encuentre en Miami otra vez dirigiendo Alfa 66. Su estancia en la cárcel le ha conferido además un carácter de mártir para sus seguidores. Pero mantengo la promesa que también hice en Madrid: nos ocuparemos de este asunto 'más adelante', a su debido tiempo. Hay que tener en cuenta que para mí también es difícil de explicar aquí a nuestro pueblo la decisión de soltarle; y el año pasado ha estado rodeado de tensiones, de amenazas internacionales Una situación más relajada permitirá decisiones en este terreno. Por lo demás, ya sé que nació en Madrid, pero para nosotros es cubano. En cuanto a su participación en la primera hora de la revolución, es indiscutible. Su hermano fue un héroe. Pero él estaba en el Escambray en el tercer frente, y no pegó un solo tiro hasta que cayó La Habana. Yo me encontraba tan preocupado entonces con la situación que tuve que enviar al Che para esa región porque no estaba seguro de lo que haría aquella gente. Los llamaban los comevacas decían que se dedicaban a pedir comida a los campesinos y no arriesgaban luego ni esto. Se otorgaron los grados militares que quisieron y yo los respeté al triunfo de la revolución. Más tarde, Menoyo marchó a Miami y creó una organización que realizó numerosos ataques piratas contra embarcaciones pesqueras e instalaciones civiles cubanas. Luego se infiltró con un grupo armado en las montañas de Oriente. Aquella acción costó la vida a varios milicianos campesinos cuyos familiares no lo olvidan. Menoyo se rindió a los pocos días al verse rechazado por la población y perseguido por los propios campesinos. Habló por televisión y confesó públicamente su estupidez. Le cogieron, le juzgaron, y hasta hoy".

Han pasado más de 20 años de aquella historia. Menoyo sigue en la cárcel.

"Pero Alfa 66 sigue existiendo. Yo quiero ayudar a Felipe, y sé que el caso Menoyo se está convirtiendo en España en un tema de política interior. El Gobierno español conoce nuestra disposición a cooperar con el proceso democrático español. En el tema ETA, por ejemplo, se nos solicitó por las autoridades de Madrid que aceptáramos en nuestro país a seis de ellos que habían sido expulsados de Francia a Panamá, que aceptó recibirlos sólo por unos días, y sin que ningún otro país estuviera dispuesto a hacerlo. Esto para nosotros constituía un riesgo político, pues no queremos ser ni cómplices ni carceleros de los etarras, ni inmiscuirnos en los asuntos internos de España. Podíamos ser víctimas de acusaciones en uno u otro sentido. Sin embargo, por ayudar a encontrar una solución aceptamos recibirlos por un período de seis meses, que por cierto ha transcurrido ya. Los de ETA constantemente nos están pidiendo contactos con el partido para exponer sus puntos de vista políticos. No lo hemos hecho ni queremos hacerlo para mantenernos totalmente al margen. Pero, por otra parte, tampoco podemos impedir que vengan gentes de España, del País Vasco a verles, porque no están presos. Y supongo, como es lógico, que se intercambiarán mensajes. Es una situación delicada para nosotros, que no tenemos necesidad de vernos envueltos en estos problemas".

El diálogo con EE UU

Desafiar durante 26 años el poder de Estados Unidos, a sólo 70 millas de las costas de Florida, no es cualquier cosa, aun contando. con la abundante ayuda soviética que se ha volcado sobre la isla durante este cuarto de siglo. A juzgar por sus palabras, Fidel parece dispuesto a establecer algún tipo de diálogo más fluido con la Administración norteamericana. Un reciente acuerdo sobre inmigración firmado con el Gobierno de Reagan puede abrir, a su juicio "perspectivas de ulteriores soluciones a problemas pendientes".

Ni los yanquis quieren ya a Pinochet. Saben que, cuanto más tiempo dure, más peligro de explosión hay en el país.

"Al principio temimos que se tratara sólo de un gesto electoral, con vistas a los comicios de noviembre. Cuando vimos que después de la victoria de Reagan continuaba por parte de Estados Unidos el interés en las negociaciones, comprendimos que había una disposición y negociamos en un marco de seriedad, flexibilidad y respeto. Quizá es la señal de un nuevo clima. Por supuesto, no vamos a arrodillarnos ante ellos: han aprendido a respetarnos. Durante la negociación del reciente acuerdo, un avión espía violó el espacio aéreo cubano y nosotros interrumpimos las conversaciones hasta que quedó debidamente esclarecido que no existía el propósito de intimidarnos o presionarnos. A ellos les interesaba resolver el problema de los considerados excluibles para residir en EE UU, entre los que viajaron a ese país por el puerto de Mariel. Tal vez tengan dificultades legales internas en cumplirlo: los abogados de los que quieren devolver a Cuba están presentando recursos ante los tribunales americanos, y no está tan claro que en todos los casos puedan lograr devolverlos, pero no ya porque Cuba obstaculice su regreso. Un número de cubanos, por otro lado, podrá viajar cada año a EE UU para reunirse con sus familiares. Ha sido, sin duda, un paso constructivo".

Cuando le pregunto si piensa que ello se enmarca en el nuevo ambiente de distensión internacional responde: "Hemos observado atentamente las conversaciones Shultz-Gromiko en Ginebra: el comunicado conjunto es muy positivo. ¡Quién sabe si Reagan intenta pasar a la historia como un presidente de paz! Esto concierne tanto a los intereses de Estados Unidos como al resto del mundo. En cualquier caso, nunca antes se había sugerido como ahora la posibilidad de hablar de la total desaparición de las armas nucleares. Este clima de distensión nos favorece también a nosotros".

Se multiplican las visitas de periodistas, intelectuales y simples turistas norteamericanos a Cuba. La semana pasada, tres miembros del Congreso -un republicano y dos demócratas- llegaron a La Habana para mantener conversaciones sobre cómo mejorar las relaciones entre los dos países. Castro no ha negado nunca sus deseos de que algo así suceda, pero mantiene a la población galvanizada y unida ante la amenaza de una hipotética invasión norteamericana. Lanzado a su campaña de guerra popular, está convencido de que la resistencia de los cubanos haría imposible, por lo costosa en vidas, una intervención militar del Pentágono.

"Conocí a Jesse Jackson en meses recientes y lo considero realmente un político excepcional. Actualmente ocupa el tercer lugar en las listas de popularidad de Estados Unidos. Se trata de un verdadero líder y de un hombre muy valioso. Mi temor es que lo puedan asesinar, como ocurrió con Luther King, y así se lo dije cuando vino aquí. Debería cuidarse más. Ahora se propone viajar a Suráfrica, a visitar a Tutu, lo mismo que antes hizo con el Papa... En cuanto a la Iglesia, no tenemos problemas. Y desde luego no queremos tenerlos. Su influencia no fue, por lo demás, nunca tan grande en Cuba como en Nicaragua. ¿Sabe lo que le he dicho a monseñor Vega durante la toma de posesión de Daniel Ortega? Le he invitado a visitarnos. Y he estado por sugerir que si el Gobierno sandinista le regala un terreno, nosotros le ayudaremos a construir la catedral de Managua, toda vez que la antigua fue destruida por el terremoto. Si es preciso traemos microbrigadas de voluntarios para ello".

Los cubanos en Nicaragua se cuentan por cientos, por miles. Maestros, médicos, asesores de todo género. El todavía endeble edificio burocrático y el considerable poderío bélico que los nicaragüenses han conseguido construir en estos últimos cinco años hubieran sido imposibles de levantar sin el apoyo cubano.

"Nosotros somos internacionalistas. Nuestros médicos están por todas partes, no sólo en Nicaragua; también en Etiopía, en Angola, en Mozambique, en la República Saharaui. En más de 25 países del Tercer Mundo hay más de 2.000 médicos y técnicos de la salud cubanos prestando servicios en el exterior. Sí, soldados también. Sería un error que nos retiráramos de Angola sin la aplicación de la resolución 435 de las Naciones Unidas, la independencia de Namibia, la retirada de las tropas surafricanas a su propio territorio y el cese de toda ayuda exterior a las bandas contrarrevolucionarias mediante acuerdo garantizado por el Consejo de Seguridad de la ONU. Los angoleños aceptarían nuestra retirada únicamente sobre esas bases y en forma progresiva. Suráfrica está cerca y Cuba muy distante. Los angoleños tienen el justificado temor de que Suráfrica, a través de las bandas contrarrevolucionarias, o de un ataque directo, inicie entonces una presión bélica definitiva contra el régimen de Luanda. Ya ve lo que ha pasado en Mozambique después del acuerdo de N,Komati entre Maputo y Pretoria: las bandas siguen con una enorme actividad. Y las bandas sin Suráfrica son impotentes. Por eso nuestra presencia en Angola es todavía imprescindible. Naturalmente, si el Gobierno de Angola nos lo pide, no tardaríamos un minuto en iniciar la retirada."

"De todas maneras -continúa- no es África lo que debe preocuparle a los Estados Unidos. En África negra no existe la estructura de clases que puede determinar un estallido social. Éste, en cambio, sí puede ocurrir en América Latina, donde existen grandes masas de campesinos, obreros, estudiantes, intelectuales y capas medias en situación cada vez más desesperada. Hay que estar muy ciego para no verlo. Mire Chile: ni los yanquis quieren ya a Pinochet. Saben que cuanto más tiempo dure, más peligro de radicalización, de explosión, hay en el país. Mire el Perú: ¿qué se va a encontrar Alan García cuando reciba la banda presidencial? Una situación económica insoportable, problemas sociales insolubles y una guerrilla en la sierra cuya creciente actividad nadie sabe explicarse porque nadie sabe bien cómo piensa, qué es y qué se propone Sendero Luminoso. Pero refleja un fenómeno de inestabilidad y convulsión social sin precedentes en América Latina. Se habla muchas veces, superficialmente, de la subversión exportada desde el exterior para explicar estos problemas. No comprenden que las revoluciones no se pueden exportar, como tampoco evitar cuando un conjunto de factores incontrolables hacen estallar la sociedad".

El énfasis de los libertadores

Crear en América muchos Vietnam. He ahí el sueño del Che. Ya en los principios de su revolución, antes del estrechamiento de lazos con la Unión Soviética, Fidel confesaba que su conciencia de revolucionario le había acercado progresivamente al pensamiento marxista-leninista y que para él era imposible entender que un revolucionario de nuestros días no se afincara en él. Pero el aliento original parece venirle de más lejos, de los sueños de los libertadores, de un concepto global sobre América Latina y sus proyectos de independencia. Es imposible no reconocer en la aventura castrista -y el régimen se empeña en enfatizarlo- la revuelta contra la apropiación de la soberanía de la isla por parte de Estados Unidos al final de su guerra con España. El liderazgo de Fidel Castro, que un día se extendió por la izquierda europea y los barrios de estudiantes de París, Madrid, Londres o Roma, busca ahora su concreción en el continente suramericano.

"América Latina está en una situación explosiva, ya digo. Al subdesarrollo económico, los graves problemas sociales acumulados, el intercambio desigual, la exportación de ganancias y la fuga de capitales, que son ya tradicionales, se suman ahora la crisis internacional, una enorme deuda externa, altas tasas de interés, medidas proteccionistas dictadas por el egoísmo de las naciones industrializadas y la política imposible que el Fondo Monetario Internacional aplica. No se pueden exigir esfuerzos de austeridad y sacrificios a poblaciones que rozan ya el nivel de subsistencia y que han Visto descender vertiginosamente en la última década su nivel de vida. Alfonsín, por ejemplo, está enfrentado hasta el límite de sus fuerzas a las condiciones que se le imponen para el refinanciamiento de una deuda de 45.000 millones de dólares que no es responsabilidad del actual Gobierno ni del pueblo argentino. Lo sitúan en la alternativa de adoptar medidas que arruinen el proceso democrático o resistir las exigencias insaciables del Fondo Monetario, las tasas de interés leoninas y la amortización de una inmensa e impagable hipoteca. Situación aún más grave debe afrontar Uruguay, con una deuda de 5.500 millones de dólares, sólo 1.000 millones de exportación por año y el nivel de vida del pueblo reducido a un 50%. De igual modo, el proceso democrático de Brasil y el nuevo Gobierno de Neves enfrentarán una deuda de 100.000 millones. En Santo Domingo, el Fondo Monetario obligó al Gobierno a lanzar al Ejército y a la policía a disparar contra el pueblo, matando a decenas de ciudadanos. La crítica situación se repite por doquier. No pagar la deuda es la única alternativa que le queda a América Latina, y no lo digo por Cuba; es relativamente pequeña su deuda en divisas convertibles y es de los pocos países del Tercer Mundo que quiere y puede pagarla, sin que ello entrañe grandes sacrificios. No estoy afirmando, por lo demás, que el no pago de la deuda sea la solución a los problemas latinoamericanos; es sólo la condición primera para comenzar a solucionarlos. En el caso de los bancos privados, los Estados de las naciones industrializadas pueden perfectamente asumir la deuda, que no es tan elevada si se le compara con las cantidades ingentes de dinero que se dedican a los gastos militares. En un solo año se gastan en estos fines más que toda la deuda acumulada del Tercer Mundo".

Miedo a volar

A mí me pareció que Fidel tiene miedo a volar, aunque no le guste confesarlo. Vive pendiente de evitar cualquier posibilidad de atentado, y quizá gracias a eso y a un magnífico servicio de seguridad ha sobrevivido un cuarto de siglo al frente de su país. Durante el viaje a Managua cambió un par de veces la ruta para evitar "accidentes sospechosos. Acuérdese de Torrijos y de Roldós. Esta vez nos tenemos que guardar también de la artillería antiaérea sandinista", bromea, "no nos vayan a confundir. Aunque en realidad no hay peligro", me dice, cuando aterrizamos en Managua, en una pista rodeada de cañones con su dotación bien pertrechada. "Junto a los sandinistas hay cubanos que saben que llego en este avión". En Managua, Castro se entrevistó con los cancilleres del Grupo de Contadora.

"México es fundamental, en realidad es la clave. Mientras se mantenga firme, y hay que decir que su comportamiento está siendo admirable, Contadora seguirá adelante. La cuestión está en saber qué modificaciones del acta se pretenden: es humillante para Contadora aceptar las pretensiones de Washington respecto al derecho a establecer bases militares en el área de Centroamérica. Ése es a mi juicio uno de los puntos más críticos. Hay otros aspectos que han contribuido al actual impasse. Si existe flexibilidad, buena fe y voluntad de encontrar soluciones políticas, se pueden superar las dificultades que subsisten. En mi opinión, los problemas relacionados con la verificación no constituirán obstáculo alguno, pues a Nicaragua le beneficia más que a nadie. La misma deberá ser eficiente y práctica, sin que se pretenda reducir a los Estados centroamericanos a la categoría de municipios intervenidos. No debe olvidarse además que desde hace tres años se llevan a cabo hostilidades contra Nicaragua organizadas por Estados Unidos desde bases situadas en países vecinos. Sin embargo, esto siempre se ha negado. ¿Y cómo puede exigírsele a Nicaragua que comience a desarmarse mientras subsiste una guerra interna que le ha sido impuesta desde el exterior? De no resolverse adecuadamente el problema de los ocho o diez mil mercenarios que se encuentran dentro del país, en la frontera con Honduras, el acuerdo de paz puede convertirse en un N'Komati para Nicaragua. Por lo demás sería irreal pretender resolver el problema de Centroamérica ignorando a El Salvador. Allí es indispensable estimular y apoyar el diálogo y la solución política negociada entre el FMLN-FDR y el Gobierno. Sobre estos temas cambié impresiones en Managua con los cancilleres de México, Panamá y Colombia, expresándoles mi convicción de que es posible vencer los obstáculos que subsisten todavía y ofreciéndoles el pleno apoyo y la cooperación de Cuba".

De Moscú a La Habana

Exuberante, ingenuo a veces, Fidel parece un niño que quiere todos los juguetes para él. En sus discursos dice muchas cosas que la Prensa cubana calla -ésta lo calla casi todo en realidad- y en sus esfuerzos, bastante frustrados, por diversificar la economía cubana ha desbordado su imaginación: hay vacas frisonas de Canadá pastando en Cuba y produciendo leche a precios insostenibles en el mercado mundial; hay quesos que les hacen competencia, con ventaja, a los franceses, pero que muchos cubanos no pueden servir en su mesa; hay whisky Havana Club, y no sólo ron, que Fidel se preocupa de distribuir en las tiendas para extranjeros; y los comandantes sandinistas tuvieron la oportunidad de probar el primer foie-gras experimental, con gansos criados en la isla, que el régimen castrista ha producido. Estos remedos de autarquía, un tanto arbitristas y bastante comunes a los países comunistas, hacen disfrutar visiblemente al líder cubano que no olvida señalar cuáles son los dos grandes logros de su revolución: la extensión de la educación y la sanidad gratuitas y de calidad para todo el mundo. Pero también sabe cuál es uno de sus principales fracasos: la ausencia de viviendas. Una ley que facilita de manera generosa el acceso a la propiedad privada de la vivienda parece encaminada a procurar que sean los propios ciudadanos, y no el Estado, los que se ocupen de la conservación de los edificios (muchos de ellos, en considerable mal estado).

El bloqueo económico impuesto por Estados Unidos y la presión política objetiva del partido comunista han llevado así a Cuba a una dependencia progresiva de la Unión Soviética. En La Habana cuentan una anécdota imposible de comprobar: el ex presidente venezolano Carlos Andrés Pérez, en el, curso de una airada discusión con Fidel, le espetó su condición de instrumento de los soviéticos, y éste habría comentado entonces que en realidad era una víctima. Castro habla poco de la Unión Soviética -o me habló poco a mí durante tres días de conversaciones-, pero se le ve agradecido del apoyo económico y político que recibe de ella. Los cuadros del Gobierno, los militares, los técnicos, la clase dirigente de Cuba, se han formado en Moscú, en Rumanía, en Bulgaria, en Hungría. El ruso ha sustituido en gran parte al inglés como segunda lengua, y los esfuerzos de institucionalización del régimen para cuando Fidel falte se han hecho sobre el calco explícito del modelo' soviético: economía centralizada, controles severos sobre la población. Sin embargo, ese modelo se adapta mal a la propia idiosincrasia del comandante, cuyo poder parece por encima de cualquier aparatchik. Castro gusta de presentarse como un revolucionario de los de antes de Stalin. Es, además, un hombre pragmático: la Unión Soviética está demasiado lejos, y Estados Unidos demasiado cerca de la isla.

"Una condición de todo revolucionario es la de ser realista. Lo importante es tener el poder y mantener la integridad revolucionaria, pero las transformaciones sociales no se hacen de golpe. Es más fácil ganar la guerra que construir la revolución, ésta es una lección a aprender".

Castro fabrica su propia imagen de líder con un cuidado exquisito. En el espacio de segundos puede ser terrible, humano, cruel, divertido, trascendente. Quiere saber de todo, hablar de todo, opinar sobre todo; demasiado distante de la costumbre soviética de sacar un papelito del bolsillo de la americana y leer las respuestas, siempre conocidas, a preguntas que son siempre las mismas. Castro habla hasta la inconveniencia, se rectifica 100 veces sin pudor, pero para mantenerse siempre en una misma dirección. Es una especie de en cantador de serpientes que improvisa cada vez la sinfonía de su flauta con la seguridad de que el reptil saldrá en cualquier caso de la cesta.

Provocador siempre, controla su propia extravagancia. Es capaz de hacer esperar durante una hora al líder del Partido Laborista británico para luego espetarle, al filo de las dos de la madrugada y ante las cámaras de la televisión británica, que espera devuelva Gibraltar a los españoles cuando él sea el primer ministro, y argumentar al tiempo sobre las dudas que tiene en torno a si debe teñirse o no la barba -"no me atrevo"-, toda vez que no se la ha de afeitar. "Gano así 80 horas útiles al año por no tener que rasurarme, es decir, prácticamente dos semanas de trabajo". Sus ojos escrutan el entorno entre huidizos y pícaros, buscando sorprender a su interlocutor. Maestro de la dialéctica, discute consigo mismo a cada instante, pero no parece más mentiroso que el resto de los políticos, e incluso se muestra más sincero que la mayoría de ellos.

La nostalgia de España

La lectura de los primeros discursos del Castro victorioso demuestra bien a las claras que ha sido fiel a su pensamiento durante este cuarto de siglo y que su pragmatismo no le ha apartado en lo esencial de sus objetivos. Pero sí de sus nostalgias. España es una que le desborda, aunque no lo confiesa. En 1962 apareció en directo en la televisión cubana, junto al presidente Dorticós, acusando a la Embajada española en La Habana de ser un nido de contrarrevolucionarios y dirigiendo los más duros ataques contra el régimen franquista. El embajador Lejendio, un falangista con apego a la dialéctica de los puños, acudió a los estudios durante el discurso y trató de rectificar al primer ministro. Le dieron 24 horas para abandonar el país. "Franco no se portó mal, hay que reconocerlo. Pese a las presiones que tuvo, no rompió las relaciones diplomáticas y comerciales con nosotros. No tocar a Cuba fue su frase terminante. El gallego supo habérselas. Que se portó bien, caramba".

Enrique Larroque, actual embajador de España en Cuba, nació en La Habana. Eloy Gutiérrez Menoyo, ex comandante de la revolución cubana, activo anticastrista y prisionero de Fidel desde hace 20 años, nació en Madrid. A Madrid vino Ramón Castro, el hermano mayor de la familia -que entregó la finca paterna al Gobierno de la revolución y hoy dirige una explotación agraria del Estado-, a "comprar algunas armitas", en la década de los cincuenta, a un falangista de la guardia de Franco que se llamaba Leoncio "y que resultó ser un delincuente común, porque ni armitas ni nada". Los españoles mantuvieron la esclavitud en la isla hasta hace menos de un siglo, y todavía espera un trono vacío en el Museo de la Capitanía General de La Habana -donde luce una fotografía de Juan Carlos I, dedicada por él- la Regada de algún rey de España. Hay demasiada huella de España en Cuba, que se confunde ahora con puñados de turistas de nuestro país -soportadores de las deficiencias del servicio hotelero- y con el tráfico de los familiares de los etarras, las visitas de intelectuales, los intercambios culturales en auge. Todos allí tienen un español a las espaldas, o como padre, o como amo. Cuba era la perla del Caribe para los indianos que la añoraron y el dolor de cabeza para los militares que la batallaron. Hoy se ha convertido en un verdadero dolor de muelas para Washington. Pero visto Fidel, su magia de equilibrista, su inventiva desbaratante, su florentino hacer político, como si fuera un Médicis trasplantado, uno llega a pensar que los Estados Unidos pueden estar satisfechos de que le controle la Unión Soviética. Incontrolado, quién sabe adónde iría.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 20 de enero de 1985