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El gigantesco negocio de la droga

Carlos Ledher, un mafioso simpático

ENVIADO ESPECIAL, Loco, simpático, peligroso, atractivo, Carlos Ledher, de 34 años, carne de internados, reformatorios y cárceles norteamericanos, el más famoso traficante de cocaína de Colombia, gusta de comparar su situación con la de la familia Kennedy, porque, según dice, ellos también consiguieron su fortuna con el contrabando de licores.No le gustan los comunistas, pero admira a Torrijos y asegura en la última entrevista que concedió a la revista colombiana Semana que "si tuviera el dinero que dicen que tengo, le giraría un cheque a Daniel Ortega para que se defendiera del imperialismo".

Sus padres se separaron cuando él tenía cuatro años. A los 15 se fue a Estados Unidos. A los 18 su nombre apareció por primera vez en las líneas de las autoridades norteamericanas de la lucha contra los narcóticos. A esa edad empezó a comprar aviones baratos y venderlos caros a los narcotraficantes. Consiguió su primer millón de dólares al cumplir los 23 años. Se compró una isla en las Bahamas, la Nórman Key, sobornó al presidente de ese país y empezó a utilizar su propiedad como base para los aviones dedicados al narcotráfico.

Hasta que tuvo que huir de Colombia, tras el asesinato del ministro de Justicia, Rodrigo Lara, solía celebrar sábados patrióticos, en los que reunía a sus seguidores para adoctrinarlos políticamente y adiestrarlos militarmente. Reunía a 4.000 adeptos, a los que pagaba 50.000 pesos (unas 80.000 pesetas).

Ledher cuenta así su vida: "Yo viví en Nueva York y conocí de joven la persecución contra el latino y contra el ilegal. Muchos años después estuve en una cárcel norteamericana. Vi a muchos colombianos que estaban presos allí por drogas y supe que no lo habían hecho por hacér el mal, sino por necesidad. Luego tuve mi isla, que 15 años antes era utilizada para que aviones de la CIA despegaran hacia Cuba a regar sus plantaciones de fósforo y a envenenar sus ríos. La suerte quiso que cuando yo llegué a ella fuera utilizada por muchos latinoamericanos que aprovechaban la bonanza de la marihuana y la cocaína para llevarlas a Estados Unidos. Eso me enseñó que ningún crimen del imperialismo queda impune".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 20 de mayo de 1984