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Tribuna:

'Con el Imperio, hacia Dios'

Desde la pérdida del Imperio, el Estado español ha vivido un nada espléndido aislamiento internacional, más condicionado por sus poquedades que por sus voluntades. La huida hacia adelante que significaba la propuesta de recuperación imperial contenida en el falangismo y teorizada al calor de las victorias nazis en los años cuarenta formó parte de una operación cultural mistificadora del pasado con el propósito de falsificar el presente. El franquismo fue un fascismo a la española antes de ser franquismo a secas, y durante ese período inicial, que coincide con la autarquía económica, trató de construir una nueva conciencia nacional a partir de un predeterminado saber de España, de una predeterminada memoria colectiva, de una amañada historia, de la represión directa o indirecta de conciencias y culturas críticas. En la fórmula Por el Imperio hacia Dios estaba el sentido providencial mismo de la historia de España, pueblo escogedor de Dios a partir de su hegemonía política y militar sobre la Tierra. España tenía vocación de Imperio, es decir, había sido llamada a tener Imperio y disponía de un buen puñado de teólogos medievales dispuestos a unir metafísicamente lo imperial y lo divino.Los hechos son más tozudos que las ideas, y aquella España tuberculosa y pobre de los años cuarenta no estaba para audacias imperiales. Por mucho que los teóricos le calentarán los cascos a aquella juventud desnutrida, la razón de Estado, es decir, la razón de supervivencia de un determinado Estado, aconsejó a Franco liquidar el expediente enviando a la congelación a unos miles de jóvenes implicados en la División Azul y años después disparando un poco en Sidi Ifni. En eso estribaron los escasos Movimientos imperiales hacia Dios que se permitió aquel régimen que quiso ser milenario y que casi lo consiguió, si tenemos en cuenta que su legitimidad metafísica se remontaba al cardenal Cisneros y que la transición aún no ha terminado. Y buena parte de las claves que explican el por qué de la supervivencia del régimen hay que buscarlas en el comienzo de la década de los cincuenta, cuando el Tratado Hispano-Norteamericano y el grandilocuente aval vaticano del Congreso Eucarístico de Barcelona suministraron al franquismo las alianzas imprescindibles para ir tirando: el poder disuasorio de la VI Flota unido al no menor poder disuasorio de las bendiciones del papa Pacelli.

Han pasado los años" y el tema del ser internacional de España es una de las muchas cuestiones aplazadas que los gobiernos de la transición han tenido que, al menos, plantearse para que no se diga que: nuestros ministros de Asuntos Exteriores se limitan a firmar acuerdos culturales con Luxemburgo y comerciales con

la Guayana Holandesa. Rosario de enigmas esenciales. ¿España es occidental? ¿Oriental? ¿Meridional? ¿Mediterránea? ¿Atlántica? ¿Varsoviana? Ya el simple planteamiento esencialista de la cuestión indica que los que así se lo plantean están seriamente afectados, culturamente afectados por la creencia de que España es luna unidad de destino en lo Universal. El mismo presidente del Gobierno, don Felipe González, demuestra padecer el síndrome cuando afirma que España no puede ser neutral, que España esencialmente no es neutral. Desde esta toma de posición filosófica se trata de que nuestra colectividad salga de su nada espléndido aislamiento histórico y se homologue como nación democrática que es o quiere ser, y al no poder ser neutral, no lo olvidemos, y necesitar homologación democrática internacional, forzosamente ha de inclinarse hacia las entidades que conceden certificados de homologación democrática: la Alianza Atlántica, la más determinante.

Muy poco se tiene en cuenta el estado real de conciencia, y por lo tanto de saber, que el pueblo español realmente existente tiene sobre la alineación internacional de España. Es más, consciente el poder (y en él englobo a muchos elementos más que el Gobierno) de que el estado actual de esa conciencia, de ese saber colectivo, es antiatlantista, se aplaza el prometido referéndum a la espera de que el tiempo trabaje en favor de una alternativa de conciencia. De momento el presidente del Gobierno ya ha dicho que él prefiere morir de una navajazo en el metro de Nueva York que de asco en un frenopático de Moscú, maximalista elección que excluye la posibilidad de morirse de gusto en Valverde, debajo de un pino verde, con 10 botellas de manzanilla por banda. De momento el presidente del Gobierno también ha dicho que no hay pueblos pacifistas y gobiernos belicistas, callándose que en el pasado ha habido socialistas belicistas que han llevado a sus pueblos a la guerra y socialistas pacifistas que han sido llevados al paredón por serlo. Por otra parte, el peatón de la Historia cada vez está más apercibido de que el reparto de refugios antiatómicos será desigual y que a ellos llegarán con más facilidad los que pertenezcan a la elite del poder, empezando por el Gobierno. Los pueblos de este final del siglo XX pueden ser belicistas, como el pueblo inglés que ha respaldado a Tatcher, si se les falsifican sus motivaciones y objetivos, si son víctimas de una mistificación de su conciencia del pasado y de su saber sobre quiénes son, dónde están y a dónde van. Los aparatos ideológicos están para eso.

Podemos asistir, pues, a una nueva falsificación de nuestra cultura, a que nos vendan algo que no necesitamos y que ese algo no sea un objeto más o menos, mejor o peor inocente. Estamos expuestos a que se nos venda una conciencia armamentista, alineada, atlántica, antioriental, solidaria con uno de los dos imperios que de momento no hemos necesitado tener y que incluso hemos conseguido no tener a pesar de la larga noche de represiones que hemos atravesado. Corremos el riesgo de que, obsoleto el lema Por el Imperio hacia Dios, se le sustituya por el de Con el Imperio hacia Dios, con el Imperio hacia el ser de España, hacia el ser de una nueva España democrática dispuesta a asumir el toma y daca nuclear para contribuir a la lógica interna de un sistema mundial de interdependencia. La edificación del prestigio del jefe del Gobierno se debe a sus propias condiciones naturales, a un esfuerzo promocional de aparatos de Estado y a la necesidad que los súbditos tenemos de descansar de forcejeos pasados con la imagen del poder y sentirnos, aunque sea por una vez en la Historia, identificados con el Gran Hermano. Pero un día ese prestigiado, entre todos, jefe de Gobierno nos va a enfrentar a este razonamiento: yo soy justo, yo creo que la neutralidad es injusta; ¿podéis dudar de que lo sea?

He aquí un interesante enigma cultural que traspaso a los especialistas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 10 de enero de 1984