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Entrevista:

Henry Kissinger: "Estamos condenados a la coexistencia"

La doble decisión de la OTAN (instalación de nuevos euromisiles a finales de este año si antes no se llega a un acuerdo en Ginebra entre Estados Unidos y la Unión Soviética en las negociaciones sobre cohetes de alcance medio) demuestra que Occidente no tiene una estrategia decidida. Las superpotencias han perdido el control sobre el desarrollo político y, por ello, sobre la crisis mundial. Es imprescindible que abran un "diálogo nuevo", poniéndose de acuerdo sobre los límites de sus acciones. Estas afirmaciones son formuladas por el ex secretario de Estado norteamericano Henry Kissinger a dos periodistas del semanario germanooccidental Der Spiegel, incluido su director, Rudolf Augstein. EL PAÍS publica hoy los extractos más interesantes de la larga entrevista, aparecida en el semanario de Bonn en su número del 3 de octubre. Occidente no ha de renunciar al estacionamiento de los 572 nuevos misiles porque sino la URSS ejercería un derecho de veto sobre la política de defensa occidental, en opinión del político norteamericano, nuevamente de actualidad como presidente de la comisión bipartidoxia nombrada por Ronald Reagan para marcar la pauta de la actuación de la Casa Blanca en Centroamérica.

Pregunta. Doctor Kissinger: usted no es el presidente ni es ya el ministro de Asuntos Exteriores de Estados Unidos; sin embargo, usted está -como cualquiera puede ver- invariablemente dentro del negocio. Esto quiere decir que su opinión sobre las cosas que interesan, por ejemplo, sobre el rearme, sigue siendo importante. Vemos que la gran mayoría de los obispos cristianos de ambas confesiones en la RFA y en EE UU no quieren los Pershing 2; los sindicatos no los quieren, la oposición no los quiere y la mayoría de la población tampoco; pero serán instalados. ¿Han valido la pena las disputas políticas surgidas entre los alemanes por una decisión militar -el doble acuerdo de la OTAN de 1979- que posiblemente es un arma de doble filo?Respuesta. Es importante recordar en qué situación política fue tomada la decisión original. Visto así, el problema no se presenta tal como usted ahora lo describe. El despliegue fue propuesto por un Gobierno socialdemócrata; la CDU aceptó. Lo último que nuestros líderes políticos llevaban in mente era la división del pueblo alemán. Su entonces canciller, Helmut Schmidt, apuntaba un desequilibrio nuclear en Europa. Ya en aquel entonces se podía haber debatido lo que se entiende por equilibrio y si, aparte del equilibrio estratégico, hubiera hecho falta un equilibrio regional. Se décidió introducir nuevas armas y se combinó esto en un doble acuerdo, lo que, según mi opinión,fiae un fallo.

P. ¿Quiere usted,decir que no se debía de haber ofrecido ninguna negociación?

R. No. Si se creían necesarias estas armas, hubiese sido probablemente mejor decir: nosotros las instalamos y naturalmente estamos siempre dispuestos a negociar sobre ellas como sobre otras. El desacierto fue dar la impresión de que se había decidido llevar a cabo las negociaciones y luego, según el éxito o el fracaso de las mismas, decidir el despliegue.

P. Es la característica del arma, el Pershing 2, la que ha originado el malestar, la discusión, la protesta pública y la disputa política.

R. La discusión hubiese sido originada posiblemente por cualquier otra arma. En el debate por el armamento nuclear, los Pershing son utilizados mayormente como símbolo. Ahora entendámonos: si Estados Unidos renunciase ahora a los Pershing, significaría un retroceso político para todo Occidente. Significaría que los soviéticos conseguirían por segunda vez en cinco años, sin ninguna contrapartida, la renuncia de un sistema de armas del mundo occidental, y esto mediante propaganda, presiones políticas y calentamiento del estado de ánimo, también con ayuda de corrientes independientes, y no digo que sus obispos y los nuestros estén influidos por los rusos. Sería el primer paso hacia un veto soviético sobre cualquier tipo de despliegue, el primer paso hacia una forma de neutralización.

P. Sin embargo, el problema es más profundo. Antes los Estados de la OTAN tenían la misma opinión. Existía una sóla filosofía. Ahora existen dos, y esto es muy peligroso para nosotros.

R. ¿Una europea y otra norteamericana?

P. Sí. La señora Thatcher y Mitterrand no reflejan la verdadera opinión de sus países. Y en la RFA está claro que la mayoría de la población no quiere estas armas. Y realmente sólo depende de la RFA, pues los Pershing no serán desplegados en ningún otro lugar. Y para los misiles de crucero hay tiempo todavía. ¿Ha valido la pena sacar de quicio las contradicciones dentro de la Alianza, que sin duda existen?

R. Fundamentalmente, el problema tiene dos vertientes. Si son necesarias armas de alcance medio, desde el punto de vista puramente militar de Estados Unidos, dichas armas pueden ser estacionadas en cualquier parte, tanto en el mar como en tierra; éste es un problema puramente técnico.

P. Justamente. ¿Por qué no en el, mar?

R. Un momento; luego le contestaré. Desde el punto de vista puramente militar de Estados Unidos, se podría argumentar que por qué no nos concentramos más en armas intercontinentales o aviones. Esto es una vertiente. Pero luego viene la deliberación político-militar, que aconseja la necesidad de dichos cohetes en Europa.

P. ¿Misiles de crucero o Pershing?

R. Francamente, no veo una gran diferencia entre los Pershing y los misiles de crucero, pues...

P. Uno necesita siete minutos y el otro tres horas; esto es una diferencia.

R. Yo creo que si los misiles de crucero hubieran venido antes que los Pershing, ahora viviríamos la misma agitación contra los misiles de crucero, pues pura e intelectualmente es más o menos lo mismo.

P. El Gobierno Nixon-Kissinger siempre fue consciente, y actuó consecuentemente, de que dos potencias tan grandes no pueden cerrarse mutuamente las puertas. Usted estuvo en Moscú después de haber bombardeado Hanoi, y junto con los soviéticos firmó los tratados SALT I.

R. Comprendimos que, como rivales ideológicos y geopolíticos, estamos condenados a la coexistencia.

P. ¿Lo comprenderá también la actual Administración?

R. Creo que lo ha comprendido y se mueve indudablemente en esta dirección. Hace dos años, o dos años y medio, hubiese aceptado posiblemente su crítica en algunos aspectos, desde el punto de vista filosófico. Pero ahora el Gobierno sigue un curso que intenta combinar una fuerza militar adecuada no solamente en el control de armamentos, sino con un acercamiento serio hacia la Unión Soviética, mientras en Occidente todavía tenemos que luchar con problemas intelectuales, no políticos.

P. En su opinión, ¿es el derribo del avión surcoreano un indicio de que los militares soviéticos han tomado una decisión independiente, sin informar previamente al líderazgo político, o es más bien una muestra de que el sistema de información interior no funciona?

R. Bien, déjeme explicar primero lo que pienso que ha pasado con el avión, para luego exponer lo que me intranquiliza en la reacción de los rusos. La razón de por qué el avión se alejó de su rumbo nunca la vamos a saber. Sobrevoló la península de Kamtchatka, sin duda un territorio militar de alto secreto. Obviamente, habían detectado el avión en el radar, pero no supieron hacerlo desde los aviones, lo que demuestra, por lo menos, que el sistema defensivo soviético tiene fallos y no es tan infalible como les gusta presentarlo.

P. Si se hubiera tratado de un avión de espionaje hubiera sido mucho mejor forzarlo a aterrizar.

R. Naturalmente, sin duda. Es interesante ver cómo reaccionaron, pues deja entrever la naturaleza del sistema. Cuando se exige que se disculpen hay que comprender primero lo difícil que es para un gistema comunista admitir un fallo en público.

P. Esto le cuesta a cualquier gran potencia.

R. Sí; pero, sobre todo, a un sistema comunista, y especialmente a los rusos. Pues si admiten su fallo, también tendrán que admitir que han cometido una lalta. ¿Pero quién? Si decimos quie los militares han cometido una falta, ¿a qué nivel? Si fue en las idtas esferas, esto perjudica las luchas de posición en la crisis de sucesión con la que la Unión Soviética está ocupada actualmente.

P. ¿Sucesor para Andropov?

R. Sí; pues es más viejo que cualquier anterior lídler soviético al iniciar su mandato. Y además, su poder interno tiene otro origen. Todos sus predecesores procedían del partido comunista; sin embargo, él procede de la policía secreta y de los militares. Poi, esto es tan difícil, si no imposible, para él y para cualquier otra persona criticar a los altos mandos militares.

P. Y luego viene el jefe del Alto Estado Mayor, Ogarkov, que además ha trabajado con Andropov, y da una conferencia de prensa.

R. Sí, esto es justaimente la repercusión de la que hablo. Jamás ha ocurrido que el jefe del Alto Estado Mayor soviético se dirija al público. Durante todas mis negociaciones en la Unión Soviética, jamás he visto la cara del jefe del Alto Estado Mayor, ni en la mesa de negociaciones ni en privado. Y ahora aparece dos veces: para explicar el derribo, y luego, otra vez para contestar a la iwerpretación de Hans Dietrich-Genscher de que los soviéticos, posiblemente, estén dispuestos a negociar sobre los cohetes británicos y franceses fuera de las negociaciones INF (sobre armas estratégicas de alcance medio) en Ginebra. Y otra incógnita es que Andropov parece haber desaparecido. Creo que es el primer secretario general que no mantiene las riendas del partido. Es un Gobierno extraño, bonapartista.

P. Nosotros hemos tenido el placer de verle en el Kremlin. Estaba furioso y temblaba porque Estados Unidos llamó a la Unión Soviética el corazón del mal.

R. Es indispensable aclarar la gramática y la filosofila en el trato entre las dos superpotencias. Por nuestra parte significa que nos tenemos que poner de acuerdo a un nivel suprapartidista. No puede ser que cada cuatro años caigamos de un extremo a otro.

P. Por supuesto.

R. Hacen falta dos cosas. Por una parte, hace falta un entendimiento político sobre hasta dónde se puede llegar con el lenguaje; por otra, tiene que existir un acuerdo político que incluya los límites de posibles acciones. Pues si cada superpotencia torpedea automáticamente a la otra, corremos el riesgo de que íarde o temprano la crisis se encuentre fuera de control.

P. Pero ¿quién ha dicho que hay que torpedear a los rusos? ¿No fue el presidente de Estados Unidos? Y no hace mucho tiempo. Y justamente esto es lo que usted teme.

R. También lo hacen los rusos.

P. Es de agradecer el también.

R. Ellos lo hacen. Bueno, es cierto cuando usted dice que nuestro lenguaje en la fase inicial del mandato de Reagan fue excesivo y que mucha gente inició su gestión con una idea muy simple sobre política exterior. Pero en nuestras negociaciones, también bajo el mandato de Reagan, nos hemos retraído mucho. En el caso de los soviéticos, es al revés. Puede que el lenguaje no haya sido tan agresivo, pero han enviado cientos de miles de toneladas de armamento al hemisferio occidental, más de 80.000 a Cuba, más de 10.000 a Nicaragua. Esto no lo puede usted llamar un gesto amable.

P. Y ustedes, ¿qué hacen en Europa, en el Lejano Oriente y en Centroamérica?

R. Aquí se trata de regiones que forman parte de federaciones existentes durante toda la posguerra. Pero no enviaríamos cientos de miles o decenas de toneladas de armamento a Finlandia o a Rumanía si los rumanos rompiesen con la URSS. Esto se tomaría como una provocación extrema.

P. Bueno, de esto se puede hablar. Pero al revés tampoco lo hacen los soviéticos: son los americanos los que quieren enviar armas a Europa.

R. Pero se puede decir que los soviéticos intentan distanciar a Europa de EE UU utilizando fallos tácticos de nuestro Gobierno. Creo que todo el problema de las armas de alcance medio podría tener fácil solución si los soviéticos no intentaran la retirada total de todas las armas norteamericanas del suelo europeo.

P. Henry, esto no lo cree ni usted. Es obvio que esto no es verdad.

R. La renuncia total al estacionamiento del armamento de

Henry Kissinger. "Estamos condenados a la coexistencia"

alcance medio, para ser preciso.P. Podemos. únicamente repetir que no solamente los soviéticos están en contra de cualquier estacionamiento de nuevas armas norte americanas, sino miles de personas en Europa occidental.

R. No se puede permitir que EE UU llegue a una situación en la que el estacionamiento de dichas armas le preocupe más que a los europeos. No debemos hacer el papel de mendigos en lo que respecta al estacionamiento. Nosotros nos podemos defender con otros sistemas.

P. Tenemos absolutamente la misma opinión en un punto. Usted ha dicho: si los europeos no consiguen evitar la disputa política, sería mejor estacionar dichas armas en el mar.

R. No; yo he dicho que en 1979 se podía haber tomado una u otra decisión, a base de un análisis meramente militar, pero que, finalmente, la decisión que se ha tomado era fruto de factores militares y políticos.

P. En otras palabras: ya que lo hemos hecho mal, tenemos que seguir adelante.

R. No digo que fuera un fallo. Fue una evaluación en la que seres razonables podían decidir de una u otra forma. Pero después de tomar la decisión, una revisión significaría un precio más alto que la decisión misma. Sería un paso importante hacia la neutralización. Así es la vida. No puede ser que se estacionen todas las armas en Estados Unidos; esto sería absurdo.

P. Nunca se ha dado el caso.

R. Paradójicamente, Occidente ha abandonado, por un lado, la formulación de un acuerdo de defensa en general y sobrevalorado la confianza en las armas nucleares -dejemos a un lado las de alcance medio- Por otro lado, ahora existe el peligro del rechazo absoluto, casi autodestructivo, contra las armas nucleares, que conducirá, posiblemente, a un pacifismo general. Obstaculizará, sin embargo, el armamento no nuclear, por lo que podrían deducir los soviéticos que una guerra tiene que ser obligatoriamente nuclear.

P. ¿No quiere renunciar al estacionamiento de las armas modernas en Europa?

R. No, no quiero. Al contrario que Nitze, no renunciaría nunca a los Pershing.

P. Si tenemos en cuenta el potencial atómico británico y francés, que dentro de unos años deberá ser considerado una amenaza por los soviéticos, ¿acaso no sería el momento de unir las negociaciones START y INF?

R. Creo que se debe proceder de la siguiente manera: en primer lugar, un acuerdo -si es necesario, un acuerdo provisional- sobre las INF, poco más o menos basado en las cifras de Nitze. A continuación, las START tendrían que empezar por aceptar prácticamente las SALT II, aunque no debamos llamarlo así por motivos políticos internos, pero en cualquier caso algo en el marco del acuerdo SALT, con cifras más bajas. Éstas podrían reducirse fácilmente de 2.250 a 1.888 o a 2.000, y esto podría ser válido para los próximos cinco años.

P. Lo que usted quiere entonces es poner en práctica, con otra etiqueta, las SALT II, que usted mismo rechazó.

R. No las rechacé; yo mismo participé eh las negociaciones de una importante parte de las SALT II. Sin embargo, resulta absurdo atenerse a un acuerdo no ratificado y quejarse además de las violaciones de un acuerdo no ratificado. Al mismo tiempo, deberíamos aspirar a un entendimiento de principio como el suscrito en 1974 en Vladivostok, que fija el marco para el próximo acuerdo, que entraría en vigor a finales de los ochenta. Este acuerdo debería aclarar algunos temas, como, por ejemplo, el problema de las fuerzas nucleares británicas y francesas. Creo que en el plazo de un año se podría conseguir una disminución de las cifras de las SALT y un acuerdo de principio sobre las perspectivas de los años noventa.

Los soviéticos se encuentran ante una importante decisión. Para ellos debe ser una gran tentación el aprovechar la situación actual y conseguir una importante victoria táctica, impidiendo cualquier estacionamiento. A mi parecer, sin embargo, es mucho más importante llegar a un diálogo con ellos que reduzca la importancia de esta cuestión y, si podemos luego, ampliar este diálogo a otros ámbitos, que cada vez resultan más difíciles de analizar, y por lo que, de lo contrario, será un día imposible evitar el enfrentamiento.

Supongamos que Beirut vuela, por los aires. O tomemos el golfo Pérsico, donde habrá una crisis en los próximos cinco o seis años, con seguridad casi matemática y con independencia de lo que hagamos nosotros o los soviéticos. Esto puede mantenerse bajo control si se da algún tipo de comunicación entre las dos, superpotencias y existe una cierta confianza en que las acciones por ambas partes se mantendrán dentro de unos límites

P. ¿Y si no?

R. Mi pesadilla es que pudiera repetirse algo semejante al estallido de la primera guerra mundial. Nadie quería una guerra de esta magnitud, y en julio de 1914 ninguno de los hombres de Estado europeos comprendía las consecuencias que podrían tener sus acciones, y así promovieron su inicio en un conflicto relativamente insignificante. Si en julio de 1914 hubieran sabido qué aspecto iba a tener el mundo en 1918, ninguno de ellos hubiera comenzado la guerra.

P. ¿Es optimista Henry Kissinger?

R. Si me hubiesen visitado antes del incidente del avión (el surcoreano), me hubiera mostrado optimista. Les hubiera profetizado que se iba a llegar a sendos acuerdos en las negociaciones de Ginebra y en las START antes de finalizar el próximo año. Todavía lo considero posible, incluso probable, a no ser que pase algo en Moscú que les dificulte la decisión. No creo, sin embargo, que esto sea posible antes del estacionamiento. Los soviéticosn tienen un comportamiento paradójico.

Son fanfarrones cuando se sienten fuertes y son propensos a reacciones de pánico cuando se sienten débiles. Creo que el sistema soviético se encuentra en graves dificultades.

P. Precisamente por el derribo del avión, precisamente por lo que sucede actualmente en Líbano, ¿no es ya hora de que se entrevisten Reagan y Andropov?

R. En principio, estoy a favor de una cumbre, con la condición previa de que haya sido bien preparada. Pero estoy decididamente en contra de que Reagan y, Andropov se reúnan sin que exista una conformidad previa que produzca un resultado, De lo contrario, ambos se limitarían a emitir comunicados sobre Líbano en los cuales las diferencias filosóficas y fácticas serían tan enormes que la situación no haría más que agravarse en lugar de mejorar.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 15 de octubre de 1983

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