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El escándalo agradecido

En una sociedad como ésta, un poco aburrida y un tanto hecha polvo, sólo unas fiestas o un buen escándalo son capaces de despejar la postración. Las unas muestran el lado erótico y festivo de la existencia, el otro su aspecto tanático y morboso. El caso de Las Vulpes, o mejor, el caso tejido a su alrededor, es una prueba de lo anterior. La reacción de este país, abrumada por la victoria de los deseos de cambio, la emprendió con estas mujeres y con los responsables de su aparición televisiva como una muestra del fuego graneado a que dichos deseos de cambio se van a ver sometidos en todos los rincones de nuestras vidas.Que los punkitos escupen, tienen expresiones malsonantes y se mecen en un cierto feísmo no es algo que sorprenda a estas alturas. Y parte de nuestra sociedad vocifera indignada cuando esos hechos consiguen reflejo, por mínimo que sea, en un medio de comunicación que destila obscenidades en forma y figura de industriales fugados, de películas seriadas de baja estofa o cantos acríticos a la excelencia de una dejación masiva e inducida de sus derechos ciudadanos por parte de un barrio entero de la capital.

No, no parece justificable tanta alharaca. Pero se agradece. De no ser por los efectos del escándalo, la bofetada que Las Vulpes propinan al sistema no hubiera sido más que un cachete. Ahora es algo más, es una polémica encima de nuestras mesas. Una polémica morbosa y divertida.

* Este artículo apareció en la edición impresa del jueves, 19 de mayo de 1983.

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