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Tribuna:TRIBUNA LIBRE

1983, el año de los euromisiles

JUAN MARIA BANDRESSi nadie lo impide, la OTAN desplegará, durante 1983, en territorio europeo 572 misiles nucleares de alcance medio susceptibles de alcanzar con profundidad a la URSS y la práctica totalidad de los países árabes del Magreb y del Próximo Oriente. La finalidad de este despliegue, según los portavoces de la Alianza Atlántica y del Pentágono, es conseguir la paridad con los soviéticos en este tipo de sistema de armas para, a partir de ella, garantizar una efectiva y positiva negociación para la reducción de los efectivos nucleares al Este y al Oeste.

Los análisis efectuados por los centros europeos y norteamericanos, independientes, de análisis y seguimiento de la escalada nuclear, tienden a demostrar con creciente claridad que, tomados, los efectivos nucleares de ambos sistemas en su conjunto no hay disparidad de fuerza en la actualidad que justifique esta decisión.Asimismo, la opinión dominante en el movimiento pacifista europeo_y norteamericano (que no ha dejado de constatar que, desde que en 1943 se puso en marcha el Plan Manhattan para la construcción de la primera bomba atómica, nunca Occidente ha perdido el liderazgo de la invención y despliegue de nuevos sistemas nucleares), es que la famosa decisión adoptada por la OTAN, en 1979, sobre los euromisiles supone un factor de aceleración de la escalada nuclear sin precedentes, y reduce a límites sencillamente demenciales los ya escasos márgenes de seguridad de que se halla dotado el arsenal nuclear en presencia para impedir el holocausto.

Cada día resulta más evidente que uno de los principales componentes que integra la decisión atlántica resulta ser, la preponderancia de los enfoques militaristas de los problemas mundiales, un enfoque que encuentra en el reaganismo el marco político ideal.

Claves de la sobrenuclearización

Las verdaderas claves que explican la sobrenuclearización de Europa no son difíciles de localizar. En primer término, todo incremento de los gastos militares en los países de la Alianza constituye per se una vía de refuerzo de la propia Alianza -siempre que venga aceptada por los países miembros, lo que está lejos de que vaya a producirse, dada la oposición del hombre de la calle a tal perspectiva en plena crisis-, ahora que se aprecian claros signos de debilitamiento de la cohesión política en su seno. Por otra parte, todo conservadurismo político tiene en el militarismo un componente necesario e imprescindible. Añadamos también que todo lo que signifique alimentar el imponente complejo industrial-militar americano siempre ha sido una buena razón para los estrategas del Pentágono.

En el orden de la confrontación con el Pacto de Varsovia, sigue en vigor la vieja doctrina americana, conservadora, que confia en la posibilidad de llevar a la URSS a la mesa de negociaciones en actitud claudicante ante la imposibilidad de competir con EE UU en la costosa carrera nuclear, bajo la amenaza de crearse un frente interior de descontentos sociales aún más peligrosos para la seguridad del sistema soviético. Conviene advertir a estas alturas del artículo que el que suscribe no funda exclusivamente su oposición a los euromisiles en argumentos opuestos a la política norteamericana y, en general, a la atlántica.

Poco o nada de lo que realmente sucede en el mundo de hoy puede explicarse al margen del esfuerzo que tanto EE UU como la URSS, de forma simultáneamente contradictoria-complementaria, llevan adelante por impedir que la sociedad internacional se organice con mayores dosis de pluralismo y equidad para perpetuar un equilibrio bipolar que les resulta mutuamente beneficioso.

Y poco o nada podremos avanzar hacia la deseada superación de los actuales principios que rigen la política de seguridad en el mundo (simple actualización del viejo "si quieres la paz, prepara la guerra"), si no construimos un nuevo lenguaje y unos nuevos criterios para abordar la cuestión de la seguridad en el mundo, al tiempo que desarrollamos una política de hechos distinta de la que es definida y deseada por las grandes potencias. El problema de los euromisiles nos ofrece un terreno de juego de excepcionales posibilidades en ambos órdenes de cosas, puesto que un éxito en este terreno significará directamente un paso adelante en la superación de los bloques.

Desde nuestra posición, inserta en un país cuyo Gobierno se ha abstenido de firmar la reciente declaración de los ministros de Exteriores de la Alianza (decisión que, desde luego, cuenta con todo el apoyo de Euskadiko Ezkerra), que hasta ahora ha vivido marginado políticamente de las decisiones colectivas sobre la seguridad europea, creemos de capital importancia una política del Gobierno que inicie una profunda tarea de información a la ciudadanía sobre los elementos políticos, militares y de cualquier tipo que encuadran a nuestro país en este orden de temas, y cuál es la política a largo plazo que pretende llevar adelante. Paralelamente, y desde las más diversas instancias de la sociedad política y de la propia sociedad civil, están proliferando, y van a proliferar aún más, todo tipo de actividades en favor de un papel autónomo de nuestro país en este orden de cosas, en un nuevo sentido del europeísmo y de la solidaridad con los otros pueblos europeos que se disponen a librar, en 1983, la batalla más decisiva que desde 1945 se haya dado en favor de la paz y, al mismo tiempo, por la remoción de toda esa estructura que conocemos como bipolarismo o, más sencillamente, como el sometimiento de todos los pueblos de la tierra al hegemonismo de las dos superpotencias.

Juan María Bandrés Molet es diputado de Euskadiko Ezkerra por Guipúzcoa.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 12 de febrero de 1983