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Umbral, entre las memorias de la infancia y el lenguaje de los adictos a la calle

Publica 'El hijo de Greta Garbo' y el 'Diccionario cheli'

Francisco Umbral es un hombre que moja pan en el vino y cree que el presente se le escapa. Es muchas cosas más, entre ellas un escritor prolífico dotado de un espíritu puritano que le incita a creer que el trabajo justifica y que uno no es nada cuando no produce. Como último resultado de esta marcha suya -por utilizar una palabra de la jerga que tanto le gusta- ofrece a los lectores un nuevo libro escrito rescatando su memoria, El hijo de Greta Garbo, y, muy en breve, un Diccionario cheli para adictos a la calle. De las dos obras había en esta entrevista y un poco, también, de la vida. Que viene a ser lo mismo.

Precisamente hoy, que va a romper a nevar, se me ha venido sin bufanda, y trata de proteger su delicada faringe tapándose la boca con un pañuelo blanco, como un tuberculoso antiguo. Umbral es tan Umbral, físicamente, que parece una reducción gráfica de sí mismo, y, además, te imposibilita la labor de describirle como no sea en las pequeñas cosas, esa uña que se roe con disimulo, esas piernas alambicadas envueltas en tejano, desmintiendo el porte decimonónico de la mitad superior de su cuerpo.Le he pedido que hagamos la entrevista mientras comemos en un tascón de Vallecas -"¿Zona normal o salvaje?", me pregunta previamente, y le digo que normal, no es cosa de jugarse el bolso por unos folios-, y al acabar hemos ido a visitar a su amigo, el padre Llanos, al Pozo del Tío Raimundo, para anunciarle el nuevo homenaje que le van a hacer un día de éstos y hablar un poco de cómo están las cosas: el aborto, los obispos, el paro, la droga, la marginación. "La entrevista se la tendrías que hacer a él, no a mí", dice, con modestia indudablemente falsa. Le pregunto si es consciente de que su ego molesta a mucha gente:

- El ego molesta siempre mucho, porque es como una enorme tripa que todos tenemos, y chocamos los unos con los otros. Pero eso no me inquieta en absoluto. Procuro ser cortés, correcto... Uno nunca es consciente de aquellos aspectos que pueden disgustar más.

Historia de la madre

El hijo de Greta Garbo es la historia de la madre de Umbral. Y el título le viene porque, en aquella época que éI retrata, las mujeres, incluida su madre, se parecían todas un poco a la Divina."Pero yo no abuso de eso en absoluto, no va por ahí. Yo quería hacer el retrato de esa mujer que es también la historia de la República, y del fracaso de la República, porque mi madre era una mujer política, a nivel provinciano, pero política... Y, al mismo tiempo, no quería volver a contar lo que ya ha escrito todo el mundo, de modo que en mi libro lo dejo ahí, de fondo. Por lo que se refiere a ella, a mi madre, era muy difícil dibujar un carácter sin hacer, por una parte, realismo, que no me interesa en absoluto, o, por otra, psicologismo, que también es una vía agotada. Yo quería dibujarla a base de recuerdos líricos, que quedara una mujer completa a base de emociones, de sentimientos".

- ¿Y es el relato de unos hechos o del recuerdo de esos hechos?

- Yo, a veces, digo una frase muy pedante; y es que la imaginación es una forma lírica de la memoria; que cuando estamos inventando estamos haciendo que la memoria dé todo lo que puede de sí. En el libro hay un doble juego, que es el niño viendo y contando a esa mujer, y yo, viendo cómo el niño lo cuenta.

Dice que escribir es casi lo único con que disfruta: "Yo no he entendido nunca al escritor que pare con dolor, si hubiera sido así hubiera seguido en el banco en donde estaba de pequeñito. Para mí es una gozada. Y es un acto de afirmación, eso de decir me sale, o creo yo que me sale; y no sé de dónde nace esto, si de la inseguridad o de un exceso de seguridad. Pero es muy triste estar un día sin escribir; yo he escrito con artrosis en las manos, con todo, y creo que no ha sido un acto de profesionalidad, como el jubilado que no se resigna y sigue yendo a su ventanilla".

Y está también esa ética que tiene, que no sabe si es marxista o burguesa, pero que indudablemente es puritana, y le hace creer que el trabajo- dignifica.

- Dentro de ese placer que para usted supone el escribir, ¿qué lugar ocupa el dominio, la posesión del lenguaje?

- Es fundamental. Yo creo en el lenguaje como generador de contenidos; no he podido recrear a mi madre hasta que no lo he encontrado. Y mi madre, que murió en el 54, de modo que yo ahora soy mayor que ella entonces, nace de este lenguaje.

De ese interés nace también, sin duda, el Diccionario cheli, que se publicará dentro de un mes: "Sí, pero eso es absolutamente lo contrario de este libro. Yo me he movido siempre entre los dos polos, es decir, entre un lenguaje puramente lírico, porque mi formación con estos poetas es, creo, extensa, y el lenguaje, popular. Pero esto no es nuevo en nuestra literatura, porque Quevedo de pronto es exquisito, culterano, y después puede ser el más canalla hablando del sueño de los putos y del ojo del culo. Y Valle-Inclán, finísimo con sus Sonatas y canallesco en El ruedo ibérico. Lo que ocurre con los llamados estilistas es que aplican igual trato de orífice a la palabra mierda que a la palabra nenúfar".

A Umbral, las jergas le han interesado siempre, porque es el habla de la calle y, en su caso, de una ciudad, Madrid, en la que vive. "El cheli me interesa mucho, por el mundo al que remite, eso lo explico en el Diccionario". Que es un libro nada estricto, en el que hay palabras, información, fichas, pero también sociología íntima, y cachondeo, de los demás y de él mismo.

"El cheli no tiene muchas palabras, porque es pobre, como casi todos los dialectos, pero lo que más me interesa es cómo impregna a toda la juventud, sin distinción de clases sociales. No es como el argot de Arniches, que sólo lo hablaba una clase determinada. Por otra parte, se nutre de tres fuentes: el rock, la droga y la cárcel. Y es insospechadamente casto: deben de haber dos o tres palabras sexuales en todo el libro. Esto es porque se trata de un lenguaje agresivo-defensivo, como podría serlo el militar. A mí, lo que más me interesa del Diccionario es explicar a través del argot a toda esa juventud".

Francisco Umbral tiene ahora 47 años y una tendencia irrefrenable a decir que se siente viejo, que cumple siglos. Supongo que es lo que los americanos llaman to fish for compliments, buscar elogios. Con todo, lo que le disgusta especialmente no es envejecer -dice que -de mayor liga mejor con las pequeñitas, que el tópico de Corín Tellado de la atracción del maduro se cumple en la vida- sino la forma terrible en que el tiempo se escapa:

- Es que esto lleva una marcha de la hostia; esto no hay quien lo pare. Esto es muy corto. Hasta los 30 o 35 años vives en el presente, el tiempo es como un bloque de oro, maravilloso, dentro del que te mueves y vas y vienes. Pero a partir de los treinta ocurre que el tiempo se descongela, y entonces se te escapa. Es la desvalorización del presente lo que me preocupa.

Por eso escribe cada vez más del pasado, convirtiéndolo en fuente de inspiración y refugio. Por eso se ha regalado una fiesta: escribir una trilogía de Madrid, una obra total sobre la ciudad que más ama y conoce. Y la escribe desde la perspectiva del joven que fue -el que vivió la chabola, Vallecas, Getafe, la ciudad periférica-, y se permite el anacronismo de entrar en el Ateneo y entrevistar a Valle-Inclán -"porque de Galdós a aquí, salen todos"-, y dice:

- Sí, me doy cuenta de que esto es una retirada al pasado. Pero es que el pasado, créeme, es un presente a salvo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 10 de febrero de 1983