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TRIBUNA

La acción soviética en Asia y Africa, freno a la distensión

Los defensores de la distensión argumentan que el concepto era sólido, pero que su puesta en práctica resultó defectuosa. El mismo Richard Nixon escribió en el New York Times: "El fracaso no estuvo en la distensión, sino en la forma en que la llevaron los políticos estadounidenses". No obstante, las acciones ofensivas soviéticas en Angola, Etiopía, Yemen del Sur, Indochina y Afganistán malograron esta estrategia. Este ensayo aparece en la edición de invierno de la revista Foreign Policy.

Muchos han aducido que el presidente Carter no llevó bien el asunto del desafío geopolítico soviético. Pero, de la misma manera, Carter supo ver la contienda bajo dimensiones diferentes: menos decisiva para la política americana, más involucrada en los asuntos del Tercer Mundo y más fluida, pues consideraba transitorias las ganancias soviéticas. La invasión de Afganistán quebró esta imagen en pedazos. El tercer esfuerzo para lograr la distensión entre EE UU y los soviéticos concluyó con la imposición de sanciones por Carter, el colapso del tratado SALT y la crisis polaca.Cada etapa de acuerdo ha conseguido algunos avances. La reunión en la cumbre de 1955 en Ginebra llegó al acuerdo implícito de que la guerra no era inevitable; este acuerdo se convirtió en la doctrina oficial soviética. En 1964, las dos potencias acordaron explícitamente que poseían ciertos intereses comunes, a pesar de su enraizado antagonismo. Entre 1972 y 1975 se amplió la zona de intereses comunes y se fijaron en Europa asuntos importantes. Después de cada período de acuerdos, el deterioro subsiguiente ha resultado peligroso; en parte, a causa del amargor de la desilusión. Las relaciones no han degenerado en otro estancamiento político.

Ha comenzado un nuevo debate sobre la política norteamericana. Todavía se centra en el problema de cómo mantener la relación entre las superpotencias antes que en buscar una solución. Pero esta vez la cuestión central es cómo responder a la debilidad soviética. El debate no consiste tanto en el desacuerdo sobre el diagnóstico de los males soviéticos como en el enfrentamiento en cuanto a las normas políticas de actuación.

El punto de partida común es que la URSS está entrando en un período importante de transición histórica. Su economía se halla sumida en serios problemas -extendidos también por el extranjero-, se enfrenta con graves problemas de disensión en su imperio de Europa ciel Este y se muestra incapaz de idear un sistema para transferir el poder político.

Liberalización interna

Un grupo aduce que si Occidente niega las posibilidades soviéticas para aliviar sus problemas a través de la ayuda exterior -tanto política como económica-, Moscú, inevitablemente, se volcará en reformas internas que irán forzosamente acompañadas de una liberalización. Esta posibilidad prevé una solución impuesta: una revolución desde la cúspide. Es más compatible con la tradición soviética que el modelo polaco, que incluía una revolución democrática desde la base. Según esta opinión, varios grupos de intereses soviéticos recibirán fuertes incentivos para inclinarse por la reforma del statu quo porque la alternativa puede muy bien conducir a la anarquía. Paradójicamente, los que propugnan la política más férrea para aislar a la URSS prevén los cambios más profundos en un sistema en el que ellos insisten que nada ha cambiado básicamente desde hace 65 años.Este argumento posee la virtud de su consistencia intema. Es mucho más amorfa la opinión que se le opone. Aduce que el cambio en la URSS será paulatino y evolucionista, que no es probable una ruptura repentina o un cambio redical. Esta corriente mantiene que las fuerzas exteriores que animan las corrientes internas pueden inducir al cambio en la Unión Soviética. Nixon, por ejemplo, aduce que se necesita un "contexto más amplio de distensión", que si hay una "complicada mezcla de incentivos tanto positivos como negativos, la Unión Soviética responderá. Tal como lo hizo a principios de los años setenta, moderará su actitud".

Los observadores resaltan la curiosa convergencia entre proponentes y oponentes de la distensión, quienes parecen coincidir en que el sistema soviético puede ser verdaderamente transformado. Algunos críticos aducen que son erróneas ambas teorías, que EE UU debería tan sólo procurar influir en las posiblidades de la política exterior soviética antes que enmarañarse tratando de cambiar el sistema soviético. También existen versiones más extremas. Algunos tachan de irrelevantes. los análisis de los factores soviéticos y afirman que con el tiempo todo quedará solucionado siempre que EE UU fortalezca su potencia militar. Otros concluyen que todo el debate está absurdamente equivocado. La Rusia soviética, dicen, presenta básicamente el mismo problema que Alemania en la década de los treinta. Los acuerdos, el compromiso, no solamente resultan ilusorios, sino que tienden inexorablemente hacia el apaciguamiento.

La pérdida del 'imperio'

Por último, existe un factor abierto a una diplomacia activa occidental. Este factor tiene las mayores posibilidades de éxito. La correlación favorable de fuerzas que ha alentado o permitido una amplia expansión de la influencia soviética está cambiando -una vez más- en Europa, en el noreste de Asia y a lo largo de toda la periferia meridional de la Unión Soviética, incluyendo Oriente Próximo. En cada zona, la URSS se está encontrando con un nuevo bloque de fuerzas.En Occidente, la finlandización de Europa occidental puede aún constituir la pesadilla de Washington, pero la realidad más apremiante es que la válvula de seguridad de la URSS en Europa oriental se está desintegrando. La revolución más profunda de Europa ha tenido lugar en Polonia, donde un partido comunista establecido se ha derrumbado completamente y ha tenido que ser sustituido por un régimen militar. El nuevo régimen también ha resultado incapaz de gobernar. La URSS puede, desde luego, apuntalar su imperio de Europa oriental con sus bayonetas. Pero queda en pie la cruda realidad: Europa oriental ya no es un trampolín para presionar a Occidente, ni siquiera una válvula de seguridad, sino una zona de infección básica para el sistema soviético. Si la URSS desea retener una influencia efectiva por otros medios que los de la pura fuerza, debe proporcionar amplios apoyos económicos, consentir reformas importantes, como en Hungría, y conceder una buena dosis de autonomía política. Esta actitud clama por un ambiente de distensión.

La continuidad de las relaciones chino-soviéticas durante los últimos años ha demostrado que la ruptura china con Moscú no fue un capricho personal del presidente Mao Zedong.

Aunque algunas de las manifestaciones externas de¡ conflicto chino-soviético se hayan apaciguado, la lucha básica por el dominio de Asia oriental e Indochina ha comenzado. Los años venideros puede que presencien alguna suerte de reconciliación, pero sólo será superficial. La nueva dirección de Pekín ha decidido retardar el crecimiento del poder chino. Así los soviéticos han conseguido cierto respiro.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 24 de noviembre de 1982