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Editorial:

La batalla de Tito

TITO TIENE 87 años y dirige su país desde hace más de 34.Un país difícil, nacido recientemente por la unidad forzada de varias nacionalidades que siguen esgrimiendo sus hechos diferenciales, con un sistema político que no todos comparten y unas relaciones internacionales que le distancian del bloque ideológico del que surge -el comunista-, sin sumarle al opuesto. Se desarrolla en Yugoslavia ya una lucha interna de sucesión al poder, por el factor biológico que pesa sobre Tito; se teme tanto un intento soviético de penetración como otro de occidentalización. El anciano dictador representa todavía un punto de equilibrio.

Aun si es preciso establecer distancias con el sistema de poder que representa Tito, no es posible dejar de admirar desde el punto de vista del espectador lo que supone el esfuerzo de uno de los pocos grandes estadistas que quedan en el mundo. La acción que acaba de emprender en Cuba tiene toda una grandeza antigua. Desde cuatro días antes del principio de la conferencia de los no alineados ha ido a enfrentarse con Fidel Castro (que es una vigorosa fuerza de la naturaleza) para tratar de llevar el movimiento de los no alineados a su punto original: a la defensa de una posición independiente y realmente distante de los dos bloques (americano y soviético) gigantescos y enfrentados. Tito es el último superviviente de una trilogía que intentó escapar de las presiones de la guerra fría, y que completaban el hindú Nehru y el indonesio Sukarno.

A ella hubiera podido sumarse el egipcio Nasser. La misma esencia de la Conferencia de La Habana, los bloques antagónicos que la componen, el discurso inicial de Fidel Castro, son un índice de lo que tuvo de sueño irrealizable aquel movimiento que tuvo su primera base en Bandung; Tito no deja de defenderlo, no acepta la condena de la alineación o de la sumisión; sigue plan teando. fórmulas, bases, ideologías. Es también un superviviente de las grandes revoluciones comunistas, y tiene en su biografía los cuatro años de combate en la revolución rusa y la subsiguiente guerra civil. Su distanciamiento de la Unión Soviética procedió, en gran parte, de que la consideraba alejada de los mismos principios revolucionarios que la hicieron nacer.

Ya el «titismo» no tiene la significación peyorativa o meliorativa, según las ópticas con que se observará, que se vigorizó en los grandes años de Tito. Los principios de la no alineación están siendo violados, adulterados, conducidos a una vía en la que no son posibles. Cuando Tito desaparezca, habrá desaparecido con él la última encarnación de una serie de valores que tienen cada vez menos curso. La batalla de Tito en La Habana parece y parecía perdida de antemano; por eso es preciso reconocer la constancia, la fidelidad, el espíritu de resistencia y las condiciones de estadista único en este hombre que va todavía, a los 87 años de una vida cuya lucha comenzó a los doce, a reñir una última batalla, aun con escasas esperanzas. Unas condiciones a las que no nos tienen acostumbrados los políticos actuales, tan dispuestos al coyunturalismo, tan inclinados a presentar unas faces deliberadamente borrosas y camaleónicas, para poderse adaptar rápidamente al nuevo color que se establezca bajo sus pies. Tito es uno de los últimos políticos que tuvo capacidad para cambiar su entorno y que sigue luchando por ello; los nuevos políticos le dejan cambiar por los cambios a su alrededor. Su actitud merece esta penúltima admiración.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 5 de septiembre de 1979