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Tribuna:

Entre el exilio y el reino

El escritor norteamericano, nacido en Rusia, VIadimir Nabokov falleció el pasado sábado en Suiza a la edad de 78 años y tras una larga enfermedad, según anunció ayer su viuda. La señora Vera Nabokovska manifestó que su marido padecía una infección intestinal desde hacía dieciocho meses. Igualmente, manifestó que los médicos habían sido incapaces de determinar las causas de la enfermedad de su marido, que falleció, en un hospital de Lausana, cerca de Montreux, tras una recaída. El matrimonio Nabokov había vivido en Montreux durante algunos años.

Ya está fuera de] mundo VIadimir Nabokov, el extraterritorial. Fue el crítico George Steiner el primero que comenzó a lanzar el concepto de la «extraterritorialidad» en la literatura contemporánea. Partiendo del precursor Joseph Conrad, el aristócrata polaco, marino por el lejano oriente, que dudó entre escribir en francés o en inglés, para convertirse en uno de los maestros de la narrativa británica, Steiner estudiaba los casos inquietantes de Borges, de Beckett y de Nabokov. Borges, el escritor en una lengua que no parece la suya, pues la desprecia en su vejez y recibe su inspiración de otros idiomas; Beckett, el irlandés que encontró su alma en la expresión francesa; Nabokov, el ruso que comenzó escribiendo en su propio idioma para pasar luego al alemán, después al francés, desembocando finalmente en el inglés.El éxito mundial de Lolita descubrió al gran público la figura de este narrador, que llevaba, sin enibargo, para entonces más de ciaco lustros de batalla silenciosa. Exiliado en su primerajuventud de su patria natal, VIadimir Nabokov ha pasado toda su vida en una búsqueda desesperada de su perdida realidad. Exiliado de ella, pudo encontrar una nueva patria tras largos años de esfuerzo y tesón: su desesperada ironía, la desolación jocunda que revelan sus últimos libros muestran a las claras que sólo descubrió una patria puramente verbal. Buscó la realidad a través de las mariposas, de la enseñanza de la literatura y de las palabras en cuatro idiomas.

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A los sesenta años, en Habla memoria, su libro de recuerdos autobiográficos, Nabokov dividía su vida en tres etapas, cada una de las cuales dominaba también un idioma: veinte años en Rusia -no en la Unión Soviética, que al expulsarle de su seno motivó su largo peregrinaje-, otros veinte en Europa Occidental, veinte más en Estados Unidos. Sus primeras novelas las publicó en ruso, en revistas de ernigrados que aparecían en Occidente: Mashenka, Tiempos románticos, Cámara oscura, La mentira, La defensa de Lujin o esa reveladora narración de El ojo mostraban ya las aptitudes excepcionales del joven exiliado que jugaba con las palabras y el dolor, que mezclaba nostalgias de un pasado juvenil con un presente miserable del destierro, y que se aventuraba irónicamente en experiencias insólitas de estructura nárrativa.

Todas estas novelas -nueve en total- aparecieron también en sus correspondientes traducciones alemanas. De Berlín a París o a Gran Bretaña, Nabokov, huyendo primero de la revolución y después de la guerra, ensayó relatos breves en francés y terminó escribiendo definitivamente en inglés. Daba igual: todos estos idiomas los manejaba desde su primera infancia, vástago de una noble familia liberal. Le marcó también el destino de su padre, político ligado a Kerenski y asesinado en el exilio por un terro rista. Una vez en las universidades americanas, Nabokov distribuía su tiempo entré la enseñanza, el aje drez, el estudio y caza de mariposas y la literatura. Desde Barra siniestra hasta su último libro Mira lo arlequines, pasando por Pnin, La verdadera vida de Sebastián Knight y Cosas transparentes, la carrera literaria de Nabokov.se fue am pliando inexorablemente. Los tres grandes éxitos de Lolita, Pálido fuego y Ada o el ardor acabaron de consolidar su fama universal. De Estados Unidos al viejo hotel suizo donde residía, de las mariposas a las novelas, VIadimir Nabokov se, convirtió en uno de los «grandes» de la novela universal de este siglo.

Entre la realidad perdida y la palabras recuperadas, Nabokov logró la reconciliación que parecía imposible. Creando historias fabuladas, aparentemente imaginarias, casi siempre hablaba de sí mismo: de sus paraísos perdidos, del amor como valor absoluto y del misterio de la creación. El escritor puede ser al mismo tiempo su propio doble, su personaje, o todbs los reyes imaginados del mundo. El amor es siempre transgresión y salvación, desde la nínfula de Lolita hasta los multiplicados incestos mitificados de Ada. Nada es inocente, pero todo debe funcionar como tal. ¿Cuántas veces en sus libros el juego se multiplica en mil espejos, y la creación del mundo es la escritura, y los personajes mil dobles del autor? Su obra maestra, Pálido fuego, es un juego de espejismos eri forma de ensayo falsamente estructural, donde toda la ceremonia de escribir una novela se confunde con la del creador y su protagonista, y el amor y el crimen son al final la misma cosa.

Sus Opiniones contundentes dieron testimonio de la arbitrariedad espléndida de sus juicios. Pero escribir es elegir, y nunca se puede elegir sin eliminar. Su huida fue una búsqueda, su reino la imaginación y su salvación, las palabras, a las que amó desoladoramente en medio del humor y la ironía.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 5 de julio de 1977

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