Tribuna:Venecia en Barcelona / 3
Tribuna
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Las dos vanguardias

Para el espectador atento al análisis de las diversas situaciones ideológicas que empiezan a surgir en el país, no deja de ser reveladora la progresiva separación, cada día más patente, entre las vanguardias políticas y las vanguardias culturales. El gesto, o declaración política, tergiversa el postulado o la respuesta cultural, las agresivas acotaciones de la vanguardia ideológica intentan sistemáticamente reducir cualquier experimento acaecido en las lindes propias de la cultura; práctica política y gestión cultural entran en conflictiva disociación, cuyo distanciamiento presenta una ambigüedad de inoperancia en un momento clave de la realidad y la historia de España.Por hacer referencia a una de las manifestaciones más recientes, no tengo escrúpulo en afirmar que la última y tan aireada Bienal de Venecia (o su versión más cercana en las salas de la Fundació Joan Miró) entraña una prueba harto patente de las contradicciones que aquí se comentan. Excesivamente adjetivada por anécdotas domésticas del mundo del arte y escasamente meditada en sus consecuencias más generalizables, encaja dicha Bienal en el orden de estas acotaciones, a título únicamente de ejemplo, sin que quiera yo terciar en una -polémica tan injustificada como ineficaz, ni, por supuesto, inaugurar un capítulo más entre las prioridades vanguardistas.

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La exposición

La disociación entre las vanguardias políticasy las culturales es un fenómeno que aparece como síntoma tras el colapso contestatario de 1968, aunque no esté de más recordar que no es tan próximo el debate ni tan ajeno a las tradicionales y nunca resueltas controversias de la izquierda occidental. Fue, precisamente. en el convulsivo mayo francés, cuando el slogan ideado por el arquitecto Virilio, ¡la imaginación al poder!, se empeñó en reclamar, más allá de su familiaridad sintáctica, la integración necesaria entre acto creador y acción política: un principio de Unidad para el uno y la otra, muy por encima de los enunciados contradictorios que, en torno a tal período, divulgaron las crónicas.

Las hipótesis del Nuevo Estado que allí y entonces comenzaron a vislumbrarse, y dan hoy indicios de reaparición, trataban de preconizar la estricta configuración de un espacio político en el que fuera verificable la libertad de pensamiento, vieja aspiración, por otro lado, de los postulados del socialismo y anarquismo romántico, de finales del XIX. No se reduce este proceso de ruptura, como alguien pretende, a un simple episodio dentro de los procesos de cambio autocrático, de los que la hora presente no es mal ejemplo. su origen data, más bien, de la- revolución industrial y se acentúa con la posterior revolución técnico -científica, al desarrollarse la tecnología por un lado y la naturaleza de los sistemas sociales por otro. Y han sido tales circunstancias las que han venido a subrayar con mayores diferencias la atomización del proceso cultural y de la acción política, presentándose, no pocas veces, como fenómenos independientes y, en no muchos casos, como contradictorios.

El dilema del artista

A partir, especialmente, de los años cincuenta, la autonomía cultural se ha visto envuelta en una auténtica confusión semántica. merced. sobre todo. a una crítica fundada en la pretensión de homologar los productos de la sociedad de mercado en tanto que procesos que formalizan en exclusiva la cultura de nuestro tiempo, o como secuelas de una nueva ilustración cuyos repertorios tienden a potenciar la cultura burguesa, anclada aún en los presupuestos de una ideología de élite. Semejante actitud crítica ha reincidido en su propósito sistemático de excluir la búsqueda de la verdad social a través de las peripecias de la vida individual, consolidando y sectorializando una cultura de élite versus una cultura de masas.

El dilema del artista, y del hombre contemporáneo en general, queda planteado en la superación del valor mercancía que a su trabajo se le asigne, la caída del arte en puro valor mercantil se le ofrece al artista como prueba ideológica que él ha de resolver en términos de problema político, lo que equivale a asumir la práctica del arte a manera o modelo de comportamiento alternativo. ¿No explica esta actitud movimientos artísticos tan disparesen la manipulación del espacio y del tiempo, cuales el arte conceptual, de comportamientos, arte y proceso, body art, happening, land art, minimal art, fluxus...?

No nos ha mostrado, con la claridad debida, el funcionalismo sociológico que la autonomía individual no es necesaria al capitalismo-organización o que lo único que al individuo se le exige es su obligada adaptación al proceso, bien de la ideología del estado tecnocrático o de los dogmas de los partidos burocratizados. De aquí que la autonomía cultural quede transformada, con mayor o menor dependencia, en acción política: la alternativa más válida que al hombre se le otorga para liberarse de cualquier organización opresiva.

Subproductos y arquetipos

Conocimiento y estrategia, cultura y política se organizan como un todo beligerante contra la represión organizada a que se ve sometido el hombre de nuestro tiempo. Sabido es que el arte, en general, ha estado ocupado (en los momentos, incluso, de mayor decadencia) en formalizar imágenes directa o indirectamente alusivas a la libertad del hombre: lo que quizá explique que el artista de hoy tienda a convertir su obra en aparente panfleto, o que las luchas sociales no escapen a la atención de los maestros más cualificados. ¿Justifica esta atención la integración decidida de las vanguardias culturales en los procesos políticos?

Conviene ante todo puntualizar que esta dinámica Ristórica poco tiene que ver con la tendencia (harto evidente en algunos casos) hacia paternalismos culturales, subyacentes e inevitables en deter minados sectores de la izquierda, dados a presentar la pseudocultura proletaria como la cultura prioritaria de nuestra edad. Con ello incurren, a juicio mío, en un grave error histórico: el hecho de manipular subproductos reproducidos por una situación de clase y programados por una dinámica de mercado, a título de procesos auténticos. ¿Y no reproducen ellos mismos, con semejante proceder, una actitud no poco característica de la burguesía, que en todo momento, y, a toda costa, se propuso configurara en sus proyectos artísticos arquetipos absolutos?

Quede, tal vez, explicada esta inculpación por la propia involución cultural y política que sufre nuestra época, y por la hipertrofia que caracteriza determinados juicios de valor a través de una óptica exlusivamente política. ¿No será que las vanguardias culturales (y vuelvo ahora a traer, con toda intención, el caso español en la citada Bienal, veneciana o barcelonesa), infravaloradas en sus específicos cometidos, tratan de superarse adoptando como modelos aquellos que propugnan para la acción los partidos políticos?

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