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Tribuna:TRIBUNA LIBRE

Riesgos e incertiduimbres del empresario agrario

No se puede negar que, de todas las profesiones, la de empresario agrícola es la que tiene que enfrentarse, a corto plazo, a mayores riesgos.Los más conocidos suenan ya a tópico, sin dejar de ser reales: la agricultura es una empresa sin techo, sujeta a sequías, lluvias excesivas, torrenteras, pedriscos, heladas y demás fenómenos climatológicos. Virus, insectos, hongos, malas hierbas y epizootías completan los riesgos naturales y específicos del sector, a los que todo agricultor está sujeto tradicionalmente.

Otras dificuItades que también alcanzan al agricultor ya son genéricas y comunes a todo empresario: problemas de capitalización, de financiación, de comercialización; problemas sociales, técnicos, económicos, fiscales y también políticos.

No se puede negar que la agricultura nunca ha sido un medio de vida fácil, que nuestros antecesores tuvieron unas existencias más duras que la nuestra y que, de siempre, el que vive para la agricultura, como empresario, como trabajador o como empresario-trabajador a la vez (que son los más) tiene que buscar satisfacciones distintas de las meramente económicas.

Pero, para mí, el mayor riesgo está en los que en todo o en parte viven de la agricultura y quieren redimirla.

Son estos los ministerios que inciden en el sector y los múltiples organismos oficiales que a su tutela crecen y proliferan, son también los sociólogos, los ecólogos, los notarios, los economistas y los ingenieros agrónomos que, consciente o insconscientemente, cuanto más lían la madeja que nos envuelve, más necesarios nos son para desliarla. Así vemos como van creciendo los presupuestos, aumentando los organismos y multiplicándose las disposiciones, con la consiguiente multid de funcionarios que controlan su cumplimiento. Ello ha comportado el incremento de trámites, cada vez más engorrosos, cada vez mas caros, pues la exigencia de certificados, informes, proyectos, planos, cartillas y tantos etcéteras, causa demoras en las resoluciones y pagos de dietas y honorarios que mejoran las rentas de este sector mal llamado de servicios.

Muchas veces me he preguntado qué ocurriría si en vez de llenar el Boletín Oficial, cada día, con nuevas disposiciones, que llenas de buena fe pretenden ayudar a la agricultura española, saliera el mismo Boletín Oficial derogando todas las que con el mismo objeto se han venido publicando durante los últimos cien años.

Y qué ocurriría si, como ayuda al tercer mundo, se enviaran allí a todos los que viven de la agricultura. ¿Mejorarían aquellos países o dejarían definitivamente de ser competidores nuestros?

Bienvenidos sean los que viven para la agricultura, sean de la profesión que sean. A los que se juegan su dinero en el campo, a los que nos dan su tiempo, su técnica y su trabajo yo les prometo que no obtendrán beneficios económicos, pero hallarán muchas satisfacciones que algo compensan.

Superados estos riesgos, nos quedan otras incertidumbres:

La de los precios: Es una realidad que estamos vendiendo los productos a más bajo precio que el de coste.

Esto, que en cualquier empresa industrial es imposible porque quebraría al tener una facturación elevada con respecto a su capital, es un hecho real en la empresa agraria:

1.º-Porque su producción bruta es sólo del 16% en relación con su capital.

2.º-Porque en casi todas las empresas agrarias el empresario es a la vez el único trabajador y, por tanto, si entre ingresos y gastos le quedan 80.000 pesetas al año, les da la bienvenida sin pararse a profundizar en que esta cantidad no representa beneficios sino sólo una parte de los salarios que por su trabajo percibiría en cuailquier otra actividad.

Esto, además de injusto, representa otro riesgo para el empresario agrícola.

Inmediatamente se comparan los precios de nuestros alimentos, puestos sobre la mesa de una casa de Madrid, con el precio de los espárragos Fob Taiwan, de la lana australiana, de los cereales, y soja de USA, de la carne de Uruguay, de las peras y manzanas del Mercado Común, de las avellanas de Turquía y del aceite de palma de cualquier república africana, y el resultado siempre es el mismo. Los agricultores españoles se están hinchando de hacer dinero o son unos incompetentes. Solución: Hagamos una importación de choque y así cundirá más la cesta de la compra del 80% de los españoles que no están en el sector agrario y se tiene que subvencionar el transporte y llenar puertos frigoríficos que desde aquel momento ya no podrán admitir nuestros, excedentes, por lo que se hundirían los precios, o hacer pagar al contado a los mayoristas, con lo que al no disponer éstos de numerario automáticamente el producto español se tiene que vender a menor precio que el importado.

Ya sé que en el caso del maíz hay derechos reguladores que controlan el nivel de precios en España. Pero, como compensación, ha habido los casos de soja y azúcar que han costado miles de millones de pesetas a la Hacienda Pública que no creo hayan sido compensados por estos derechos reguladores.

Por otra parte, si los precios exteriores se disparan, automáticamente se prohibe la exportación de productos españoles, para evitar en lo posible que suban los precios de aquí.

En consecuencia, el empresario agrícola español, cada año antes de sembrar o plantar, se tiene que hacerse una serie de preguntas:

Si es que puedo escoger, ¿qué cultivo debo poner?¿Habrá o no habrá buena cosecha en todo el ancho mundo? ¿La Administración pondrá derechos reguladores o subvencioriará los productos importados? ¿Aumentará los precios de los productos intervenidos o no? ¿Tendrá en cuenta que este año ha habido una devaluación del 20%, o seguirá con la teoría de que las rentas salariales del sector agrario tienen que subir menos de la mitad que las de los otros sectores, visto que la gran mayoría de los empresarios agrícolas son empresarios-tra bajadores? En los productos que exportamos, ¿Ilegaremos o no a un acuerdo con el Mercado Común para sacarnos de encima los derechos reguladores que nos imponen? ¿Qué pasará con los calendarios? Y, finalmente, ¿Francia dejará o no pasar los camiones hasta Europa?

Casi todas las dificultades que sufrimos los empresarios agrícolas por parte de la Administración se deben a la sacrosanta cesta de la compra de este 80% de españoles que tienen un nivel de vida tres veces superior a la de sus compatriotas agricultores.

Pero lo curioso del caso es que muchas veces quien participa menos en el coste de esta cesta es el agricultor. Si un kilo de pan cuesta 35 pesetas, contando nuestros salarios y beneficios si los hay, entre mis trabajadores y yo cobramos tres pesetas. Las otras ocho hasta las once que vale el kilo de trigo, van a parar a los fabricantes de maquinaria, abonos, insecticidas, herbicidas, electricidad, agua, transportistas, etcétera.

En resumen, considero una falta total de sentido común:

l.º-No estudiar a fondo los costes que gravan en veinticuatro pesetas la transformación de un kilo de trigo en un kilo de pan.

2.º-No hacer lo mismo con estas ocho pesetas que son nuestros costes de producción, para hacer más eficientes las industrias que nos suministran y sus canales de comercialización, ayudando a disminuir sus inversiones, impuestos, etc., todo ello de cara a la reducción de gastos.

3.º-No copiar la legislación de Estados Unidos, por la que todos los factores de producción agrícola y ganadera están totalmente exentos de derechos arancelarios.,

4.º-Resulta que de las 35 pesetas que vale un kilo de pan, las únicas que se regatean son las tres que percibe el agricultor y se importan 3.000 millones de productos agrarios que suponen más de 250 millones de horas de trabajo para los agricultores españoles y quizá bastantes más para los otros sectores. ¿No os parece que esto clama venganza al cielo?

Estoy convencido de que el nuevo resurgir económico de España tiene precisamente sus punto de partida en que desaparezcan estas incertidumbres del empresario agrario español y que los riesgos innecesarios a que ha estado sujeto estos últimos años se conviertan en una posibilidad clara de ganarse la vida a los agricultores eficientes, que permita capitalizar sus empresas de la forma dinámica que exige la necesidad de ir a una equiparación de rentas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 4 de diciembre de 1976