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Tribuna:DIARIO DE UN SNOB

Los maestros

Los maestros, los viejos maestros de mi infancia, en la tarde parda y fría de invierno, los colegiales estudian, monotonía de lluvia tras los cristales, etcétera. ¿No tenía el propio Machado algo de pardo y frío y lluvioso y monótono maestro nacional? Perdón, poeta.Perdón, viejos maestros. Porque lo cierto es que los maestros van o han ido o irán a la huelga, unos 70.000, dicen, y yo digo que entonces, hacia mil novecientos cuarenta y tantos, cuando todo era pobreza, miedo y patata asada en la estufa de la escuela, unos pobres maestros que aún no se dignificaban con él anagrama casi heráldico de unas iniciales -EGB-, maestrillos que tenían su librillo y -ay- su regla de pegar reglazos, sacaron de aquella confusión oscura de infancia y pobreza una mente tan aguda y ordenada como la de Máximo, una mente tan caótica y prolifera como la mía, que éramos compañeros de escuela y despensa (poca).

Aunque a lo mejor nosotros. como todos los niños de la guerra que luego hemos dado libros, películas, poemas y cosas, nos logramos no gracias a ellos, sino a pesar de ellos, porque tiraban de la oreja y pegaban sin saber por qué, sin saber que la gran violencia nacional había engendrado violencia en sus almas de provincias, y todos, ellos y nosotros, estábamos allí, a puerta cerrada, sartrerianamente (Sartre lo escribía en un café de París, con ¡río, por los mismos años), viviendo la verdad estremecedora y cotidiana de que el infierno son los otros, o sea los maestros, o sea los colegiales díscolos, para. el señor maestro.

Y todo eso mal pagado, vilmente pagado, porque la enseñanza, aquí, nunca ha tenido grandes protecciones, ya que es una inversión poco rentable, no rentable a corto plazo, y los noventa ministros de Franco, o los que fueran, preferían gestiones más brillantes para pasar luego a un consejo de administración, que el consejo de administración es como el seno de Abrabam o limbo de los justos o valle de Josafat adonde se salvan y se pierden para siempre los números uno de su promoción.

Así iba, así va la vida nacional, y por eso hoy me sumo a la huelga de los 70.000 maestros. Y hasta me he asomado a mirar a ver si hay alguno de entonces, imposible, tan viejos ya, los pobres, se habrán ido muriendo dentro de sus bufandas.

Porque me pegaron, va lo creo que me pegaron, pero hoy no me importa, porque sé, al fin. que estábamos. ya digo, encerrados todos, ellos y nosotros, con un solo miedo. con un solo terror, con un solo juguete. como diría Marsé, otro niño golfo de la guerra. Y ese juguete era el terror.

A ver si me va a salir un niño rojo, a ver si me va a salir un niño, ateo, a ver si me va a salir un niño inconfeso. De modo que pegaban y pegaban, obsesionados, porque el país se había arreglado pegando, decían, pegando duro, pegando a los rojos, a los republicanos, a los masones, a los librepensadores, a los que no iban a misa e incluso a algunos que sí iban.

O sea, que había que pegar, pegar mucho, mayormente en aquella escuela de niños pobres, de chicos malos, que cantaban himnos falangistas, qué remedio, calzados con zapatillas rotas sobre el hielo perpetuo de mil novecientos cuarenta y tantos. Como los soldados de Mussolini, que, según Carlo Cassola, iban a conquistar un ¡inperio y tenían suelas de cartón. Un día descubrieron que tenían suelas de cartón y dejaron de creer en el Duce, como nosotros descubrimos un día que no se podía marcar el paso en el patio del colegio con zapatillas sin suela. Ya hubiéramos querido, al menos, el cartón de los italianos. Y también dejamos de creer en el Duce, que era en quien se creía por entonces.

Los maestros, nuestros maestros, el eterno maestro-escuela español, se levanta ahora en huelga. Dicen que lo dijo Hugh Thomas: «La guerra civil fue una guerra de maestros contra curas. » Y ganaron los curas, claro. Ahora dice que van a cesar a monseñor Cantero Cuadrado. Ahora vienen los maestros a Madrid a pedir sus derechos. He mirado a ver si veía al que me pegaba. para abrazarle. Porque ahora ya sé realmente, que era otro el que me pegaba. Otro.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 24 de noviembre de 1976