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Tribuna:

La guerra civil en Málaga / 1

En Yegen, pequeña aldea de la Alpujarra, Gerald Brenan, aún recio y vital a sus 82 años, redacta una antología de coplas populares españolas. Como él mismo escribe en el epílogo a su Memoria personal, con este trabajo, si Dios le da vida, dará por acabada su tarea de escritor. Memoria personal es la autobiografía de Brenan y se editará próximamente en castellano. Comprende el período 1920-1974. Desde su primera llegada a Yegen, a los veinte años, hasta su declive vigoroso en compañía de Lynda, su jovencísima sobrina, poetisa y excelente traductora de San Juan de la Cruz. Brenan, ya un clásico de temas españoles, con libros como El laberinto español o Al sur de Granada, ofrece en su Memoria una visión del comienzo de nuestra guerra civil en Málaga teñida de un suave e inteligente distanciamiento anglosajón. EL PAIS inicia hoy la publicación de un extracto de los recuerdos de Brenan de aquel mes de julio de 1936 en Málaga.

La tarde del sábado 18 de julio cogí el autobús de Málaga para hacer algunas compras. Estaba tan acostumbrado a ver caras tensas y sonrisas heladas, llenas de aprensión, que en un principio no noté nada especial en el ambiente. Después me di cuenta de que los policías en la plaza de la Constitución parecían más nerviosos de lo normal. Estiraban el cuello para mirar calle arriba y calle abajo, se manoseaban los cinturones y uno de ellos estaba decididamente ojeroso. Lo achaqué a que llevaban muchos meses haciendo horas extraordinarias y no dormían lo suficiente.Después de comprar las cosas que necesitaba fui a una librería de la calle Larios, atendida por dos jóvenes muy serios e inmaculadamente vestidos. No tenían el libro que yo quería, una nueva publicación sobre la reforma agraría, así que cogí un ejemplar del diario local El Popular y empecé a leerlo. Los titulares decían: Rebelión militar en Marruecos. Ceuta y Melilla capturadas por los facciosos, pero a continuación venían unas declaraciones tranquilizadoras del primer ministro, Casares Quiroga: «El Gobierno es dueño absoluto de la situación. Nadie, absolutamente nadie en España, ha participado, en! esa absurda conspiración.

Decidí tomar un café rápidamente, recoger unos pantalones que estaban en el tinte y coger el trenecito para Churriana, antes, de que pasara algo. Pero cuando iba aún camino del café oí la música de una banda y vi al final de la calle un grupo de gente, hombres en su mayor parte, que avanzaban por la Alameda. Más allá venía un a compañía de soldados. Un oficial marchaba delante de ellos mirando al frente, los hombres seguían con las armas al hombro y a continuación venía una banda de música. Detrás la calle estaba abarrotada de obreros, y otros avanzaban junto a los soldados hablando con ellos.

- ¿Qué Vais a hacer? -preguntaban.

-Vamos a la Aduana a proclamar la ley marcial por orden del Gobierno.

-No, el Gobierno no ha ordenado eso.

-Bueno, esas son nuestras órdenes.

Todos gritaban o hablaban muy excitados, así que como yo no deseaba verme envuelto en lo que fuera a suceder, decidí prescindir del café y volver a casa, inmediatamente. Parece ser que otras personas tuvieron la misma idea que yo, porque las tiendas estaban echando los cierres, las mujeres y las personas mejor vestidas se apresuraban y las calles, laterales se iban quedando desiertas. De repente, en lo alto de la calle Larios, apareció un tropel de hombres corriendo para reunirse con los que seguían, a los soldados. Pero, ¡y mis pantalones! Me hacían mucha falta, de manera que entré en el tinte, que estaba muy cerca, y me enteré de el que no estarían listos hasta día siguiente por causa de una huelga.

Cuando salía oí unos disparos que venían de la Aduana y después el tableteo de los fusiles ametralladores.

-Ay, Dios mío -exclamó la mujer de la tienda- ¿Qué es eso?

-El levantamiento militar -contesté.

-Por Dios, no me diga eso -dijo ella- ¡Qué criminales!

Aunque no venían balas hacia la calle donde estábamos, todo el mundo había empezado a correr; unos pocos hacia donde sonaban los disparos, pero la mayoría en dirección opuesta. Abandoné la idea de llegar a la estación, que hubiera significado cruzar la línea de fuego, y decidí coger el autobús. Tenía la parada muy cerca del mercado y saldría al cabo de unos minutos.

Aumentaba el tiroteo. Además del metódico tableteo de los fusiles ametralladores se podía oír el seco ladrido de los rifles y de las pistolas. La intensidad del ruido era sorprendente: se diría que estaba en marcha una verdadera batalla. No parecía haber ninguna razón para dejarse ganar por el pánico y no corrí como todo el mundo, aunque apretéel paso. Al torcer la esquina antes de llegar al mercado vi desaparecer el autobús en lontananza. Un hombre de edad, uno de los dos fontaneros de nuestro pueblo, llegó al mismo tiempo que yo. Sacó un enorme reloj niquelado y lo miró.

-Ha salido siete minutos antes de la hora -exclamó-. Todo porque se están oyendo unos tiros. ¡Vaya, qué cobardes!

-Tendremos que andar -dije. Y nos pusimos en camino.

Al llegar al puente al final de la Alameda descubrimos que las balas pasaban zumbando. entre las ramas de los árboles y rebotaban en el parapeto de piedra. El autobús se había aventurado a cruzarlo. No nos sentimos inclinados a correr ese riesgo, de manera que dimos la vuelta para cruzar el río por otro puente. Tuvimos que atravesar un barrio popular. Las calles estaban llenas de hombres y mujeres que se afanaban como hormigas cuando se mete un palo en un hormiguero. Unos cuantos corrían pistola en mano para unirse a la Iucha, mientras que los demás hablaban excitados. Llegamos a la carretera general y conseguimos que un camion nos dejara en casa.

Cuando me desperté a la mañana siguiente lo primero que hice fue escuchar. No se oía nada. Vi a María, nuestra criada, cogiendo unas rosas en el jardín y salí a preguntarle qué noticias había.

-Dicen que los fascistas han sido derrotados -contestó-, y que ahora van a hacer la revolución.

Hablaba muy enfadada y casi sin mirarme, porque no le gustaba nada el comunismo libertario ni, a decir verdad, cualquier otra cosa nueva.

-Puede verlo desde el mirador -dijo- La mitad de Málaga está ardiendo.

Fui a mirar, Altas columnas de humo se alzaban desde varias partes de la ciudad. La noche anterio vimos dos fuegos antes de irnos a la cama; ahora parecía haber por lo menos veinte.

Desayunamos como de costumbre en el jardín, debajo del níspero Antonio escardaba las patatas como si nada hubiera sucedido. Las cañas de Indias, las dalias y las rosas brillaban con el sol de las primeras horas de la mañana y las mariposas rojas y de color azufre revoloteaban pere zosamente

María salió con aire serio a retirar los platos del desayuno.

-Se pueden ver unas cosas estupendas en la calle -dijo.

-¿Qué es ello?

Se quedó allí con los brazos cruzados y una sonrisa irónica en los labios.

-Vaya a verlo usted mismo -dijo-. Quizá quiera unirse a ellos.

Entramos en la casa y miramos por una de las ventanas del piso alto. Camiones y automóviles cruzaban a toda velocidad llenos hasta los topes de obreros armados con fusiles, pistolas, cuchillos e incluso espadas. Iban sentados sobre el techo, de pie sobre los guardabarros colgando del cuello de los conductores o asomando por las ventanillas; todos apuntando con sus armas hacia la calle, de manera que los camiones estaban literalmente erizados de ellas. Saludaban a los que pasaban con el brazo izquierdo doblado y el puño cerrado, exclamando ¡Salud! y seguían apuntando con sus armas hasta que se les devolvía el saludo de la misma manera. En todos los camiones y coches ondeaban al viento banderas rojas con letras pintadas sobre ellas: CNT, FAI, UGT, UHP, pero nunca PC.

-¿Qué están haciendo? -pregunté.

-Son patrullas armadas -dijo Rosario-, y buscan fascistas.

-Fusilan a todos los ricos -dijo María-. Tenga cuidado no le fusilen a usted.

-Calla, mujer -dijo su hermana-. Don Gerardo no es un fascista. Aquí la única fascista de verdad eres tú.

-Sí -dije yo- Vamos a denunciarla.

Alonso, el pintor, nos había seguido al piso de arriba.

-Estoy seguro -dijo-, si se trata de eso, que don Gerardo es tan buen comunista como cualquiera de nosotros.

-CIaro que lo soy -dije. Quiero que todo el mundo sea tan rico como yo.

-Eso es verdadero comunismo -dijo Alonso-. Aquí la mayoría de los comunistas sólo quieren que todos sean tan pobres como ellos.

-Bien -exclamé-, ¡la gran Revolución ha llegado al fin!

-¡Qué revolución! -dijo despectivamente- ¿Qué se cree usted que va a pasar? Nada

Una pareja de jóvenes del comité del pueblo, con unos mosquetes antiquísimos, vino a hacer un registro en busca de armas. Fueron, muy corteses. Dije no poseer ninguna; pero que no tenía inconveniente aque registrasen la casa. Aunque evidentemente no me creyeron, puesto que cualquier persona en España que podía comprar una pistola lo había hecho, fingieron lo contrario.

-Estas son las armas de don Gerardo -dijo Rosario apareciendo con una porra de endrino irlandés que yo llevaba cuando salía de patrulla durante la primera guerra mundial.

-Está a su servicio -dije.

La examinaron admirativamente.

-Caramba, con eso se puede matar fascistas -dijeron-, pero no se la vamos a quitar

-Por supuesto que no -dijo Rosario, que tenía uncarácter alg agitanado-. Lo necesitamo nosotros. Aunque no lo sepáis, don Gerardo es más comunista libertario que vosotros.

Una gran nube de humo flotaba sobre Málaga. Con los prismático pude distinguir treinta o cuarenta casas que estaban ardiendo. Me dijeron que prendían fuego a toda las casas de los fascistas. Al anochecer el espectáculo era impresionante y nos llegamos hasta la iglesia para verlo mejor. Un pequeño grupo se había reunido allí, pero nadie parecía saber, más que nosotros sobre lo que estaba ocurriendo. Debido al fracaso de la sublevación militar en Málaga, se daba por hecho que había sucedido lo mismo en todas partes. Pocos miembros de la clase obrera veían más allá de su provincia.

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Queipo de Llano, «estrella» de la radio

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 4 de mayo de 1976

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