Ir al contenido
_
_
_
_
LAS HORAS PAGANAS
Columna

La tarea de fabricarse como personaje

Uno se pregunta si vale la pena tanto sacrificio solo por conseguir que en vida te salude por tu nombre el pescadero y una vez muerto caigas en manos de un alcalde de tu ideología que te erija una estatua que cagarán las palomas

Estatua de Miguel de Unamuno en Salamanca.Florencio Horcajo Álvarez (Getty Images)

Si algún escritor desea pasar a la posteridad tiene que fabricarse previamente como personaje. Por regla general deberá salirse muy pronto de madre, hacerse con una imagen exterior y dedicar a su cultivo varias horas al día con una serie de payasadas, manías, lances y locuras que al principio pueden causar risa o desprecio, pero con un poco de suerte, acabarán convertidas en la masa crítica de su fama. La figura de Blasco Ibáñez salió a la luz primero como un reventador de rosarios de la aurora, agitador político, anticlerical, antimonárquico y antimilitarista, siempre a salto de mata huyendo de la policía. Se batió en duelo dos veces y en una de ellas se salvó porque la bala le dio en la hebilla del cinturón. Mientras tanto escribía a borbotones sin parar de noche hasta el alba. No es necesario ser tan excesivo y desparramado.

Hay otros personajes que están recortados por la línea de puntos. Hoy todo el mundo sabe que a Azorín le bastó con llegar a Madrid con un paraguas rojo con el que se paseaba a pleno sol por la Gran Vía; y a Unamuno con llevar el cuello de la camisa por fuera del jersey que le llegaba al gaznate como un clérigo protestante, y pasarse el día haciendo figuras de papel. Tenía a su favor un rostro color caldero de cobre que el pintor Solana se sentía incapaz de llevar al lienzo. Ramón Gómez de la Serna iba simplemente disfrazado de escritor, el chaleco, la pajarita, la pipa en la que a veces plantaba un geranio, el flequillo ondulado en la frente, su cuerpo en forma de barrilete con el traje a rayas. Tenía un truco. Se le veía siempre en la cabecera de la mesa larga llena de botellas de cualquier evento literario y el homenaje a otro siempre acaba convirtiéndolo en un homenaje a sí mismo por el lugar que ocupaba en la presidencia. Al amparo de una botella de Anís del Mono presidía su tertulia del café del Pombo como una misa bohemia en la que él era siempre el oficiante.

En otras épocas algunos escritores han estado siempre dispuestos a romper el propio molde. Daban conferencias balanceándose en el trapecio de un circo o subidos a lomos de un elefante, o dentro de las jaulas de un tigre o vestido de torero o con un gorro de Napoleón. Uno se pregunta si vale la pena tanto sacrificio solo por conseguir que en vida te salude por tu nombre el pescadero y una vez muerto caigas en manos de un alcalde de tu ideología que te erija una estatua que la cagarán las palomas. El humorista Tono decía que para pasar a la posteridad bastaba con ponerse una cruz en el pecho con un esparadrapo en cualquier acto de homenaje a un famoso. Esa foto saldría en los periódicos y, cuando el papel con los años se pusiera amarillo, algún historiador en la hemeroteca se preguntaría quién era ese señor de la cruz en el pecho e incluso puede que escribiera una tesis doctoral.

Para fabricarse como personaje la primera condición es estar en el lugar y en el tiempo adecuado. En esto Hemingway era un maestro. Durante la República ese lugar era la Residencia de Estudiantes. Allí estaban todos los que debían estar, pero era muy complicado pertenecer a esa élite. El famoso escenógrafo Santiago Ontañón contaba que un día Gómez de la Serna le dijo: “Me gustaría pertenecer a vuestro grupo. Dile a Lorca que quiero ser su amigo”. Cumplido el encargo, Lorca le dijo: “Ese no”. Tampoco quiso admitir entre los suyos a Jardiel Poncela.

¿Qué se recuerda de Ramiro de Maeztu? Que en el momento en que los anarquistas lo iban a fusilar dirigió al pelotón estas palabras: “Vosotros no sabéis por qué me matáis; pero yo sí sé por qué muero: para que vuestros hijos sean mejores que vosotros”. A veces basta con una frase para pasar a la posteridad, pero no es necesario que sea tan dramática. También sirve decirla en un bar, en una tertulia. Cuando los vendedores de periódicos voceaban por la calle de Alcalá la noticia de que Blasco Ibáñez había muerto, Valle-Inclán se levantó de la silla de su tertulia en la Granja del Henar gritando: “Eso es pura publicidad”.

Julio Camba y Josep Pla han pasado a la posteridad sin ser leídos solo por haberse convertido en una fuente de anécdotas. Pla se disfrazó de payés con la boina y Camba, a quien Juan March trataba de pagarle sus servicios impulsando su ingreso en la Real Academia Española de la Lengua, le dijo que prefería que le comprara un piso. A sus expensas vivió hasta su muerte en el Palace. Contaba que una vez en Estambul entró en un baño turco a darse un masaje. En medio del vapor, un forzudo otomano comenzó a fregar su cuerpo desnudo. Camba contempló con terror que por los poros de su piel comenzó a salir una especie de grasa negra. Preguntó qué era eso tan negro que salía de su cuerpo y el masajista le dijo: “Eso es el cristianismo”.

Rellena tu nombre y apellido para comentarcompletar datos

Archivado En

_
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
_
_