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Las horas paganas
Columna

Cómo se engendran los genios

Suzanne Valandon fue trapecista que dio el triple salto mortal: ser pintora, parir a una leyenda y pasar juntos los dos a la historia

Suzanne Valadon pintando en su estudio un retrato de Marie Coca, 1927. Bettmann (Bettmann Archive)

Un padre desconocido había embarazado a una costurera de Limosín, la cual parió a una niña llamada Marie-Clémentine, y esta niña a los 14 años se fugó a París y andaba perdida como una perra sin collar por las calles de Montmartre robando fruta y botellas de leche en las paradas para sobrevivir. Un día fue abordada por el empresario de un circo. “Oye, niña, ¿no te gustaría ser acróbata? Si aceptas irás vestida de gasas color de rosa y lentejuelas de pie sobre un caballo blanco cabalgando al galope”. La idea le sedujo. Así la vio trabajar Toulouse-Lautrec en el circo Mollier. Fue el primero en dibujarla. Por el circo pasaban también los pintores Degas, Renoir, Puvis de Chavannes y otros artistas que pintaron sus senos de manzana desbridados sobre el corsé.

A la niña le gustaban las luces, los aplausos y los amigos de la bohemia con los que mataba la noche en la taberna frente a una cazalla. Sin estar preparada un día subió al mástil, empuñó las anillas y al realizar un salto mortal cayó en la pista del circo y quedó medio rota. No tardó en reponerse. A continuación, probó suerte ofreciéndose como modelo de artistas. Era guapa, tenía una bonita figura y fue aceptada por Puvis de Chavannes, un pintor simbolista, quien se convertiría en su celoso y enamorado protector. Por su parte la joven aprendió a pintar, pero esa era su pasión secreta. Absorbía el oficio de otros pintores mientras posaba para ellos. Renoir la había pintado secándose el pelo y bailando con sombrero de flores; Toulouse-Lautrec la había dibujado sentada, la mano en el mentón frente a una botella y un vaso, la boca amarga, los ojos turbios; Degas la había inmortalizado atándose la zapatilla de ballet, pero de todos ellos, ¿quién la había embarazado?

Se daba por descontado que había sido Puvis de Chavannes, un viejo del que todo el mundo en Montmartre se burlaba, porque la niña cuando dio a luz solo tenía 16 años. El padre también pudo ser Renoir, un hombre sensual que pintaba mujeres muy carnales. O Toulouse-Lautrec, que de regreso de sus sesiones de modelo o de tomarse un pan rociado con vino tinto en la Posada del Clavo, donde tocaba el piano su amigo Erik Satie, la chica se encontraba en la puerta de casa un ramo de flores de Lautrec con una nota: “Vale para unos vasos de vitriolo”. Quien quiera que fuera el responsable, la historia se repetía.

Un señor desconocido había embarazado a su madre y a su vez esta hija parió, fruto de un amante desconocido, a un hijo que el mundo conocería con el nombre de Maurice Utrillo. Fue el 26 de diciembre de 1883. “Un mal regalo de Navidad que le hice a mi madre aquel día” —dijo el pintor borracho perdido 20 años después—. Un día Toulouse-Lautrec descubrió los óleos y dibujos que la chica realizaba de noche en secreto. Quedó fascinado por su fuerza expresiva, por su realismo. Los mostró a los amigos. “¿A ver si sabéis de quién son?”. Eran de aquella jovencita. Entonces Lautrec le quiso cambiar de nombre. Nunca podría ser una buena pintora llamándose Marie-Clémentine. Puesto que posaba desnuda para viejos, le propuso el nombre de Suzanne. Después de bautizarla con ajenjo en medio de una gran fiesta, en adelante se llamaría Suzanne Valadon. A ese sarao de beodos asistió un tipo silencioso que no se movió de un rincón. Llevaba una tela bajo el brazo y como nadie se dignó dirigirle la palabra, se esfumó sin despedirse. Era Vincent van Gogh.

Su hijo Maurice, todavía sin apellido, estaba al cuidado de la abuela y ya era un alcohólico violento a los doce años. “Los lobos no pueden parir corderos”, pensaba la madre. En ese tiempo Suzanne tenía como amante a un joven abogado, muy rico, que la forzaba a llevar una vida burguesa, pero no quiso hacerse cargo de aquella criatura tan problemática, que pintaba cuadros de las calles de Montmartre y los cambiaba por una botella de vino. Fue un antiguo admirador, Miguel Utrillo y Morlius, un ingeniero, crítico de arte y promotor cultural catalán, quien se avino por compasión a darle su apellido al muchacho para ver si dejaba de beber y el 27 de febrero de 1891 en la alcaldía del Distrito Noveno de París firmó en el registro el reconocimiento de la paternidad, siendo testigos un empleado y un camarero que pasaba por allí. A partir de ese momento comenzó la leyenda de Maurice Utrillo, que sería la gloria y el tormento de su madre.

Cuando le preguntaban si recordaba los viejos tiempos con los pintores Lautrec, Renoir, Degas, Puvis de Chavannes, ella respondía: “Eran todos unos idiotas, pero es curioso, nunca dejo de pensar en ellos”. Suzanne Valadon murió de una hemorragia cerebral a los 72 años, el 7 de abril de 1938 en la ambulancia que la conducía a la clínica. Aquella niña trapecista había dado el triple salto mortal: ser una pintora famosa con precios millonarios, parir a un genio y pasar juntos los dos a la historia.

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