Robert Redford: creíble y magnético en el cine y en la vida
El estrellato absoluto, que el actor fallecido este martes alcanzó, es algo palpable, real, inmune a las fórmulas


Aunque le colocaran en segundo plano, y a ningún director con sentido de la supervivencia se le ocurriría hacerlo, el señor Robert Redford se comía la pantalla. La cámara le amaba. También infinitas mujeres de cualquier lugar y condición que poseyeran sentido del gusto. Y a los hombres nos caía muy bien. Nos gustaría ser como él. En vano, por supuesto. El gran público no acudía a los cines en función de los seres que dirigían las películas. Iban a ver una película de Robert Redford. O de Paul Newman. O sea, el estrellato absoluto es algo palpable, real, inmune a las fórmulas, aunque estas las manejen genios del marketing, la publicidad, la promoción.
Y por supuesto que existieron cerebros calculadores que no albergaban dudas de que si lograban juntar a Redford y a Newman delante de la cámara, y les ofrecían guiones sabrosos y personajes memorables, los espectadores iban a babear de placer. El campo magnético que ambos poseían, y que la historia que compartían tuviera encanto, garantizaba un placer imperecedero para un público masivo y la convicción de que el cine puede ser fascinante. Los situaron en el wéstern y en el cine de estafadores. El programa doble que compone Dos hombres y un destino y El golpe puede endulzar eternamente, divertir, intrigar, hacer reír, hipnotizar, la sensación de pasar un rato inolvidable a espectadores de todo tipo. Incluso a los intelectuales y a los modernos.
Redford siempre era Redford. O sea, encanto en estado puro. También podía ser versátil, expresar una galería de sentimientos, ser romántico y luminoso, y dar vida a personajes con sombras o en circunstancias duras. Pero jamás odiosos. Existe algo muy limpio en él, nunca parece afectado y es tan creíble como magnético interpretando sentimientos líricos e historias de amor. Los mirones siempre le deseamos lo mejor, aunque algunas de las películas que interpretó no posean finales felices.
El hombre que más y mejor le dirigió fue el extraordinario Sydney Pollack, señor infravalorado, creador de perdedores con alma, narrador de historias de amor tan atractivas como emocionantes. Mi Redford favorito es el de Las aventuras de Jeremiah Johnson, duro y precioso retrato de un inadaptado que espera encontrar la paz en la soledad de una naturaleza salvaje. Pero encontrará maravillosa compañía con una mujer india y un niño huérfano. Y los perderá. Y solo quedará la supervivencia más feroz y la venganza ritual. Aunque no me olvido de la dignidad y el aislamiento de El jinete eléctrico; el aturdido, acorralado y tenaz personaje que descubre el maquiavelismo asesino de sus jefes en Los tres días del cóndor; aquel amor que acaba naufragando, pero que siempre quedará en la memoria de Tal como éramos. Y cómo no, el aventurero al que siempre amará aquella conmovedora señora que se repetía inconsolablemente a sí misma: “Yo tenía una granja en África”. Ocurría en la preciosa Memorias de África. Todas ellas con la firma de Pollack.
Mi primer recuerdo de Redford es el de un inocente acorralado por un ejército de linchadores borrachos, constatando que no poseía ya nada, incluida su mujer, enamorada de su mejor amigo, y con el majestuoso y sufriente Brando intentando protegerle y que se cumpla la ley en La jauría humana. Y siempre mantuvo encanto para mis ojos y mis oídos. Habría preferido que su hermoso rostro no se hubiera operado tanto cuando llegó la vejez y la decrepitud. Y algunas de sus últimas interpretaciones, empeñado en mantenerse coqueto, me sobraban. No ensombrecen una carrera magistral, con personajes en búsqueda de esa cosa tan resbaladiza y complicada llamada verdad. Incluido su tenaz periodista Bob Woodward en Todos los hombres del presidente.
Redford también representó durante mucho tiempo una imagen admirable de Estados Unidos, ese país que ahora encarna en dosis permanentes, esperpénticas y terroríficas un fulano llamado Donald Trump. No solo enamoraba en la pantalla. También parecía un hombre sensato, propiciando a través del festival de Sundance que cierto cine, rodado con pocos medios, tuviera salida. Dando la cara y el dinero por causas razonables en las que creía. Parecía un hombre honesto. Y qué culpa tenía él de ser tan guapo y que casi todas y todos estuviéramos fascinados con su arte y su personalidad para interpretar. Era la última y gran estrella viva. Y si es de verdad, eso no se lo pueden inventar los ordenadores ni la inteligencia artificial. Redford era inteligencia, arte, corazón y belleza.
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