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Steve Van Zandt, el tipo feliz que se puso en pie contra el ‘apartheid’

El documental de HBO ‘Disciple’ retrata a un artista que es mucho más que el guitarrista de Bruce Springsteen o el actor inmortalizado en ‘Los Soprano’. En los ochenta movilizó a la escena musical para aislar al régimen racista de Sudáfrica

Steve Van Zandt, en el escenario del Metropolitano de Madrid, con la E Street Band de Bruce Springsteen, el 12 de junio.Foto: Mariano Regidor
Ricardo de Querol

Hay tipos a los que todo les sale bien. Steve Van Zandt quería ser una estrella del rock y lo es desde hace casi medio siglo. Algunos solo lo ven como el guitarrista de Bruce Springsteen en la E Street Band, pero sería un error atribuirle un rol secundario. Es un músico total: compone, arregla, produce e interpreta; el sonido dominante en la carrera del Boss tiene su huella; presume de una notable carrera en solitario. Un día Van Zandt aceptó probar suerte como actor, sin experiencia previa, y acabó haciendo un papel memorable en Los Soprano, una de las series más relevantes en la historia de la televisión. Su matrimonio, duradero, con la actriz Maureen Van Zandt fue oficiado en 1982 por Little Richard, leyenda del rock metido a pastor, lo que le hacía especial ilusión. Ella interpretó a la esposa del mafioso que era Steve en Los Soprano. Llevan juntos más de 40 años. Con Springsteen lleva aún más tiempo: desde 1974, aunque se dieron largos descansos sin perder la amistad. Van Zandt encabezó otros proyectos: Southside Johnny and the Asbury Jukes, la otra gran banda de Nueva Jersey en los setenta, y ya como frontman Little Steven and the Disciples of Soul, a partir de los ochenta. También se le da bien lo de pinchadiscos en la radio, también es un emprendedor musical. Y lo que le queda: Springsteen sigue girando con él y toda la banda, llenando estadios y regalando conciertos de más de tres horas en los que todos se entregan con gusto.

El músico de 73 años, también conocido como Miami Steve, el mote que le puso Bruce, y como Little Steven, que se puso él en un ejercicio de pretendida modestia y de homenaje a Little Richard, es el protagonista de Steve Van Zandt: Disciple (Discípulo), que ha producido HBO y se ha estrenado en Max. Es un documental autorizado, claro está, en el que él mismo lleva la voz cantante, así como su entorno: su esposa, su cómplice Bruce, sus colaboradores y otros músicos que lo ven como un referente. Incluso Paul McCartney, que era su ídolo de niño, porque Steve decidió dedicarse al rock tras ver a los Beatles en el Ed Sullivan Show en 1964. Aunque lo suyo, dice, es “el rock and roll con vientos”, con gran influencia del soul.

Dirigido por el periodista y documentalista Bill Teck, el largometraje retrata a un chico simpático de Nueva Jersey, el gracioso que animaba todas las reuniones, y un tremendo músico, inquieto e hiperactivo. Él procede de una familia italiana, habla esa lengua con fluidez y su apellido era Malafronte, pero fue adoptado por el segundo marido de su madre, de origen holandés. En sus inicios vestía traje con chaleco y sombrero; es más conocida su estampa con pañuelo en la cabeza, a lo pirata, y vistosos fulares de colores. Cuando empezó a tocar para Bruce, seguía produciendo a Southside Johnny y se escapaba a las cabinas telefónicas a dar instrucciones para su proyecto paralelo. Los músicos surgidos entonces de Nueva Jersey eran una piña. Justo cuando Bruce estaba en lo más alto (después de Born in the USA, de 1984), Steve inició una carrera en solitario no tan celebrada pero valiosa, y que tuvo cierto impacto en Europa. En una de esas giras por Italia y Alemania, Steve se dio cuenta de era recibido como un símbolo de su país, EE UU. Él respondía: “Nunca me he visto como un americano, soy de Nueva Jersey”.

Se despertó entonces una conciencia política que se va convirtiendo en el centro del relato. Empieza a soltar mensajes entre canción y canción, critica el intervencionismo de Washington, se interesa por Nicaragua, por los desaparecidos del Cono Sur, apoya la causa de los nativos americanos. A mediados de los ochenta, en un momento caliente de la Guerra Fría por una escalada de instalación de misiles en Europa, Steve dijo en un escenario alemán: “Tengo que disculparme por la arrogancia de mi gobierno y la ignorancia de mis compatriotas”.

La gran causa de su vida, de la que se siente orgulloso, fue la lucha contra el apartheid en Sudáfrica. Visitó ese país y se fue a Soweto a conocer a la población negra brutalmente marginada, pero se dio cuenta de que no era bien recibido, y algunos hasta le enseñaban los machetes: era un occidental rompiendo el bloqueo. Lo veían como a otros músicos (Queen, Elton John o Rod Stewart) que habían burlado el boicot al actuar en el lujoso complejo para blancos Sun City en unas tierras, las del bantustán Bophuthatswana, usurpadas a sus dueños. A su vuelta, en 1985, puso en marcha un proyecto clave en la politización del rock, llamado precisamente Sun City. Reclutó para el álbum a figuras de todos los géneros: Lou Reed, Miles Davis, Bob Dylan, Keith Richards, Peter Gabriel, Rubén Blades, Bono, Jimmy Cliff, Bonnie Raitt, Joey Ramone, Ringo Starr, Pat Benatar, por supuesto Bruce Springsteen... Firmaban como Artists United Against Apartheid.

¿Se exagera aquí el impacto de Sun City? No fue la única iniciativa contra el apartheid, pero es cierto que resonó con fuerza y rompió barreras. Logró entrar en la MTV, que hasta entonces evitaba mojarse en asuntos conflictivos. Y fue muy oportuno en un momento de resurgimiento del rock con causa, que dio grandes festivales como Live Aid (1985), contra el hambre en África, o el que celebró el 70 cumpleaños de Nelson Mandela en Wembley (1988). Van Zandt presume en particular de que la movilización de artistas influyera en que el Congreso de EE UU salvara las sanciones contra el régimen racista sudafricano que trató de vetar Ronald Reagan. Cuando Mandela salió de prisión, en su primera visita a EE UU, apareció en una conferencia junto a Steve Van Zandt.

Todo le sale bien a Steve, sí, pero él comenta un momento amargo de su carrera. El creciente activismo de sus letras empezó a cerrarle puertas en las discográficas y en las radios. Se vio arrinconado y se retiró, durante siete años en los noventa, que dice que dedicó a pasear a su perro. Quieto del todo no estuvo: se fue introduciendo en la industria audiovisual, componiendo y trabajando para bandas sonoras. En el cambio de siglo todo da un giro: HBO tiene un papel pensado para él en Los Soprano y Bruce Springsteen vuelve a reunir a la E Street Band. Viene otro tiempo frenético, de grabaciones de capítulos y de discos el mismo día, y de giras interminables. Cuentan los suyos que llegó a mimetizarse con el consigliere de Tony Soprano, que le costaba evitar gestos y expresiones como las de su personaje. Ha habido más papeles pensados para él, el último en la serie de Netflix Lilyhammer. Al mismo tiempo vuelve a actuar con sus Disciples of Soul, y cumple un sueño de niño: tocar con McCartney en The Cavern de Liverpool.

La vida frenética no hace infeliz a este hombre feliz. Encuentra tiempo para todo. Otra de sus misiones es reivindicar el legado del rock and roll, la memoria de artistas y canciones olvidados, y dar a conocer a nuevos talentos. Lo hace desde hace 20 años en su programa de radio y podcast Underground Garage, que se emite en 200 emisoras de todo el mundo (en España, en Rock FM los domingos por la noche). Se ha implicado en un proyecto para dar a conocer la historia del rock en las escuelas; ha organizado festivales y concursos para bandas emergentes; ha creado su propio sello discográfico. Hasta promovió que reaparezcan The Rascals, la banda de Nueva Jersey que escuchaba de niño. “El rock and roll es alimento espiritual en un mundo enloquecido”, sentencia.

Es todo muy perfecto en este documental. Nadie habla mal de él ni de nadie. Queda la duda de si Steve Van Zandt nos oculta algo oscuro, o si es verdad que a un buen tipo de Nueva Jersey podía salirle todo bien.

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Ricardo de Querol
Es subdirector de EL PAÍS. Ha sido director de 'Cinco Días' y de 'Tribuna de Salamanca'. Licenciado en Ciencias de la Información, ejerce el periodismo desde 1988. Trabajó en 'Ya' y 'Diario 16'. En EL PAÍS ha sido redactor jefe de Sociedad, 'Babelia' y la mesa digital, además de columnista. Autor de ‘La gran fragmentación’ (Arpa).
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