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Muere a los 94 años el compositor Agustín González Acilu

El músico navarro jamás mercadeó con su libertad creativa y su ideario coincidía con el de las vanguardias. En su adolescencia fue obrero metalúrgico, en la veintena miembro de la banda del Ejército del Aire para poder estudiar Música en Madrid y, más tarde, clarinetista en los cabarets madrileños

Agustín González Acilu, en un homenaje en junio de 2009.
Agustín González Acilu, en un homenaje en junio de 2009.Javier Ecay

Hay días cargados de paradojas, en la madrugada del 15 de agosto, cuando llega la Virgen de la Paloma y debería celebrarse en Madrid lo que debería ser la Patrona de la zarzuela, nos dice adiós uno de los compositores navarros más destacados del siglo XX, Agustín González Acilu. Y en Navarra, sin gobierno todavía.

Nacido en Alsasua el 18 de febrero de 1929, Acilu, como le conocíamos todos, se había convertido en el último resistente de una generación y una época hoy incomprensibles. Que un compositor erudito, riguroso y multipremiado fuera en su adolescencia obrero metalúrgico, en la veintena miembro de la banda del Ejército del Aire para poder estudiar Música en Madrid y, más tarde, clarinetista en los cabarets madrileños de la Gran Vía parece una historia improbable. Trenzado con todo esto, estudios musicales en un contexto pedagógico que rechazaba cualquier modernidad, él, que la buscaba con auténtica pasión. Y, gradualmente, posibilidades de viajar por Europa, París, Roma, Venecia, Darmstadt.

Esta historia no se aleja mucho de la de sus colegas contemporáneos (De Pablo, Halffter, Bernaola…), pero el componente navarro aportaba colores y aromas que hacían de Acilu una figura entrañable a la vez que dura y consistente, como los metales de su adolescencia.

El Acilu de madurez no mercadeaba su libertad creativa, su ideario coincidía con el de las vanguardias, pero su empeño le guiaba hacia posiciones innegociables. Recuerdo conversaciones con el maestro en las que insistía: “en cada obra hay que volver a aprender a componer”. Y lo hacía con la tozudez y la ternura con la que me aseguraba que yo “no sabía comer cuajadas” en los varios menús de sidrería que tanto le gustaban.

Conocí personalmente a Acilu en una curiosa sesión. Los célebres Encuentros de Pamplona de 1972 se habían acabado y algunas de sus manifestaciones se repetían en diferentes lugares. En el Pequeño Teatro de la calle Magallanes de Madrid, del que yo formaba parte, el director de cine Javier Aguirre presentó varias cosas, que los que no habíamos podido asistir a los Encuentros disfrutábamos. Una de ellas era una obra de Acilu, Himno a las Lesbianas, o Hymne an Lesbierinnen. Era lo que a mí me pareció un ejercicio de poesía fonética, oficiaba la fonetista Lily Greenham. Como éramos pocos, me atreví a preguntar el porqué del título y su relación con el contenido abstracto. Respuesta: la pieza está basada en fonemas fricativos. Ese era Acilu, culto y curioso, aunque algo chocarrón. Y la explicación nunca la he olvidado.

Acilu se interesó por la lingüística en general y, en concreto, por la lengua vasca que adoraba, aunque seguro que más por sus implicaciones formales y por la dureza de sus materiales que por otra cosa. Son numerosas sus obras para voz, coro, solistas e incluso se interesó por una obra para coro de sordos, la Cantata Semiofónica. Pero no menor es su amplísimo catálogo instrumental y se acercó con prudencia a la escena.

Alternó su trabajo personal con la docencia y la vida musical española, y la pamplonica en particular, tiene buen número de antiguos alumnos, hoy huérfanos. Cuando alcanzó la jubilación se negó a recibir encargos (yo fui víctima de su intransigencia como responsable del festival de Alicante): “Pero, Agustín, que somos amigos”. “Nada, no admito encargos”. Como venganza, sigo comiendo mal la cuajada.

Víctima del habitual olvido español

Era de los poquísimos compositores de su generación que asistían a todos los conciertos de música contemporánea que organizábamos en el Reina Sofía, y su atención generosa era ampliamente agradecida por sus amigos, tanto en la sala como, luego, con unas cervezas. También se agradecía su presencia en la revista Doce notas, que dirigía mi esposa Gloria Collado, cuando se presentaba con una bandejita de pastas; vivía cerca de la redacción y le gustaba aprovechar el paseo.

La valoración de su obra y la memoria de su vida se difuminan en los ejercicios de olvido recurrentes que asolan nuestro país. La vanguardia de los sesenta parece un sueño borroso que, para los curiosos que se le acercan, se deshace al tocarlo. ¿Qué le dicen a los públicos de hoy títulos como Sucesiones superpuestas, Dilatación fonética, Oratorio pan-lingüístico, Interfonismos, Seriegrafonía, Piano Auto-formas, Partita óntica…?

Acilu, no obstante, sabía que estas cosas hay que dejarlas hechas, que el mundo no se acaba con un par de generaciones perezosas. Su adorado Bach tuvo que esperar medio siglo para ser reconocido. Sin embargo, si sus obras aguardan, la figura de este metalúrgico bachiano sí ha tenido, al menos, el reconocimiento de los suyos; dos veces Premio Nacional de Música (1971-1998), Premio Príncipe de Viana de Cultura del Gobierno de Navarra (2009) y Doctor Honoris Causa por la Universidad Pública de Navarra (2011). El resto es vanidad, ¿verdad, Agustín?

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