Pablo Milanés
Tribuna
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Pablo Milanés: rara avis irrepetible

Pablito llamaba a desatar la amante humanidad de cada uno y encontrar el porvenir desde esa fuerza dulce que él evocaba con su música

Pablo Milanés en un concierto en México en 1988.
Pablo Milanés en un concierto en México en 1988.GERARDO MAGALLON (AFP)

No se ha muerto un cantor; se ha extinguido un pájaro, un rara avis latinoamericana que jamás volverá a repetirse. Su canto no solo era la emanación de unas cuerdas vocales privilegiadas, era la expresión de un corazón colectivo. Pablo Milanés no solo cantaba de sí, el color y esencia de su canto contenía el plumaje de toda una generación. En sus composiciones, en esa voz de asombrosos registros, los latinoamericanos de entonces creíamos sentir lo que imaginábamos sería el futuro de una América Latina que había despertado para encontrarse, para recuperar su dignidad, su potencial y poner en el mundo una huella luminosa. Su música hablaba a una emoción que, más allá de las luchas, las muertes y fusiles de esa época, apelaba a la ternura, a esa parte que quería que el cambio fuese más allá de las leyes y la economía. Pablito llamaba a desatar la amante humanidad de cada uno y encontrar el porvenir desde esa fuerza dulce que él evocaba con su música y que incluía todas las experiencias de la vida.

La última vez que lo abracé fue en Los Ángeles en un concierto que dio en el Conga Room en algún año de la primera década de los dos mil. Ya ni él ni yo éramos los mismos. Lo vi cansado —ya estaba enfermo— pero nos reconocimos. Aunque hubiésemos recibido mucha agua sobre nuestros fuegos interiores, nadie podía, como dice un dicho popular que me encanta, “quitarnos lo bailado”.

Fue durante los dos meses que pasé en Cuba como jurado del Premio Casa de las Américas en el año 1981, cuando conocí a Pablo. Él y otro grupo de poetas cubanos, jóvenes éramos todos: Reyna María Rodríguez, Osvaldo Sánchez, Senel Paz, Nancy Morejón, Daína Chaviano y que me perdonen los que no nombre... se encargaron de celebrarme y celebrar juntos la nueva revolución nicaragüense, su música y su poesía. Pablo tarareaba en algún bar, riéndose, “amo esta isla, bebo Caribe”, que era la cerveza que tomaba. Fuimos a la casa de Eliseo Diego una tarde inolvidable y me presentó a Rapi Diego, cineasta y gran amigo suyo, ya fallecido, y a Eliseo, su padre, el gran poeta cuya serena quietud me impresionó. En su coche medio destartalado, Pablo me paseó por el Malecón y fuimos al estudio del Grupo de Experimentación Sonora donde grababa su música y donde a finales del 78 yo había llevado la partitura de puño y letra de Carlos Mejía Godoy y grabado con la orquesta y coros del ICAIC, el himno del Frente Sandinista en una versión que no se usó, porque la letra cambió cuando se unieron las tres tendencias del Frente en 1975.

Pablo sabía quién era, pero era más grande que su fama. Esta no le impedía ser, sobre todo, un personaje terrenal, amable sobre todas las cosas, profundo en su amor por la historia de su país, con todo y sus errores. Él me contó del período terrible en los sesenta cuando a él y muchos más los encerraron en un campamento, con mentalidad estalinista, para “reeducarlos.” Para él, Cuba era la carne y hueso de su gente y, por tanto, no endiosaba lo que allí se hacía, ni quienes lo hacían. Tenía la clara conciencia de que esa revolución, igual que la nuestra, era una aventura humana con sus faros y naufragios. Ni él ni yo imaginábamos entonces oír crujir los maderos de tanto hundimiento.

Tiempo después de mi estancia en Cuba, Pablito llegó a Managua a dar un concierto en el teatro González, teatro joya durante el somocismo, que ya medio decadente en sus butacas raídas albergaba aún grandes eventos en los 80. Me invitó a que lo acompañara a uno de sus ensayos. Recuerdo el escenario en penumbra, los instrumentos y equipos desordenados aún y él probando micrófonos, buscándome una silla, en ese ambiente de jolgorio que suelen ser los ensayos. No olvidaré nunca su sonrisa juguetona cuando se puso a cantar la célebre Yolanda sustituyendo ese nombre por el mío. Gioconda por Yolanda. Los músicos cómplices y Pablo disfrutaron viendo mi cara de “fan” que no podía (y aún no puede) creer su suerte.

La música de Pablo es como él, no hay nada en ella que no se corresponda a esa persona única, que, por serlo, nos dejó grabados, y para no olvidar, la banda sonora de una esperanza y un espíritu que seguirá rasgándonos el corazón para que nunca deje de cantar, ni de esperar contra toda esperanza.

¡Ave Pablito!

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