Joy Williams, gran dama del realismo mágico y salvaje: “Mientras nos distraemos, el mundo se acaba”

La narradora estadounidense publica su primera novela en 21 años, la apocalíptico-lisérgica ‘La rastra’. “El ser humano es incapaz de cambiar”, sostiene

Joy Williams en 2015.
Joy Williams en 2015.Raymond Meeks (ContactoPhoto)

Sigue viviendo en el desierto. En algún lugar, a los pies de una montaña, cerca de Tucson, Arizona. Teclea aún en su vieja Smith Corona, porque, dice, no sabría escribir sin ese sonido. Joy Williams (Chelmsford, Massachusetts, 78 años), la gran dama del realismo mágico, salvaje y absurdo estadounidense y de un neogótico surrealista del desierto, descuelga un teléfono con vistas a un cactus solitario para hablar de su primera novela en 21 años, La rastra (Seix Barral). En ella imagina un fin del mundo lynchiano protagonizado por una adolescente que una vez estuvo muerta, Khristen. La protagonista llega a un resort convertido en nido de activistas medioambientales, y, en realidad, describe la clase de civilización que ha dejado al ser humano solo en un planeta moribundo. “¿Y qué ocurre cuando se queda solo? Que se autocompadece. Se da pena a sí mismo. ¿No es increíble?”, se pregunta la autora.

Williams se ríe a menudo. Su risa es nerviosa y divertida. Es probable que lleve puestas sus gafas de sol. Las usa incluso en interiores. Este verano acudió a la ceremonia de entrega de un premio en Los Ángeles con ellas. Conoció allí a la escritora argentina Mariana Enríquez. Durante un rato estuvieron bajando y subiendo en ascensores sin saber bien a dónde iban. Dice que la traducción de Nuestra parte de noche es uno de los últimos libros que ha leído. Y que le ha encantado: “Es maravilloso”. Williams, que fue a la universidad con Raymond Carver —”Oh, Ray, aquello me parece otra vida”, apostilla—, ha sido comparada con Alice Munro —se considera, y es, sobre todo, cuentista— y a la vez con Juan Rulfo, Flannery O’Connor, William H. Gass y Franz Kafka. “Si algo he amado es el surrealismo francés. No sé demasiado sobre la tradición norteamericana, la verdad. Ahora estoy leyendo a Vladímir Sorokin”, dice.

Su prosa, hipnótica y maldita, “áspera y hermosa”, en opinión del escritor Don DeLillo, vuelve, una y otra vez, sobre la figura de aquel que no encaja, aquel que vive en un mundo que no entiende y que jamás le entenderá. Y, por supuesto, está la no barrera entre los vivos y los muertos —todas sus historias son, en cierto sentido, historias de fantasmas, o almas muertas y, a la vez, vivas—, la adolescencia como el lugar en el que todo empieza y acaba, los niños sabios y los adultos niños, y las madres monstruos, o que se niegan a serlo porque están demasiado ocupadas tratando de entender qué son exactamente. “No sé de dónde vienen, la verdad. Pero me gusta escribir sobre esa clase de perdición. Están perdidas, y se sienten monstruos. En La rastra hay dos, y una además es alcohólica, y su desorientación es total. Me divierte crear ese tipo de personajes”, confiesa, y ríe, nerviosa.

Hay, por supuesto, también, como en el resto de sus historias, una niñera. En este caso, es un chaval. ¿De veras le marcó tanto la lectura de Miss MacIntosh, My Darling, de Marguerite Young, el extensísimo y bizarro clásico sobre alguien que recorre Estados Unidos en busca de su niñera? Sus padres se lo regalaron cuando tenía 21 años y decidió que “así era como debía escribirse”, aunque añade: “Yo jamás podría aspirar a algo así”. “¡Oh, vaya! ¡Puede que sí!”, se responde a sí misma. Ese niñero es el único testigo del tiempo que el personaje de Khristen pasó muerta, supuestamente, de bebé. El resto de estrambóticos personajes con los que Khristen se cruza en busca de su madre, en esa lisérgica Norteamérica en ruinas —un tren repleto de sociólogos, un niño que recita leyes y acaba como juez, un lago llamado Señora capaz de mirarte y hacer que existas porque te está viendo—, la envidian porque ha estado al Otro Lado, en el Futuro, en la Muerte, y tal vez sepa lo que allí ocurre.

“El ser humano es incapaz de cambiar. Deberíamos [hacerlo], si no queremos que el mundo se acabe. Pero no lo estamos haciendo. Mientras nos distraemos, el mundo se acaba. Lo único que hacemos es inventar más cosas para distraernos. Cuanto mayor es el problema, más nos alejamos de él. No entiendo cómo podemos seguir tan tranquilos. Consumiendo, y fingiendo que la cosa no va con nosotros”, sentencia. ¿Es La rastra, en ese sentido, su novela más activamente política? “Creo que la ficción vive un momento importante. O debería. Porque cuando algo se vuelve incomprensible, es lo único que tenemos. Pero a veces me pregunto: ‘¿Importa la ficción?’. ¿Alguien más cree que es lo único que tenemos? Me digo últimamente que las palabras deberían volver a ser sagradas para que las cosas cambien”, responde.

Williams, que debutó en 1973 con Estado de gracia (Alpha Decay) —novela con la que le disputó el National Book Award a Thomas Pynchon—, lamenta que “la imaginación esté dejándose a un lado en la ficción contemporánea”. No le gustan las historias que hablan de uno mismo. “No, los adolescentes de mis novelas no son como yo, y tampoco esos adultos que no pueden crecer, o no quieren hacerlo —en realidad, lo que ocurre es que no sienten el mundo a su alrededor—. Mi intención nunca ha sido que la literatura fuese un espejo en el que mirarme. Yo no me intereso lo más mínimo”, afirma. En el impasse monstruoso de la adolescencia encuentra el lado salvaje, “eléctrico, extraño”, del ser humano que necesita cuando se enfrenta a una novela. “Me sorprende haber escrito cinco novelas. Las considero demasiadas. Lo mío son los cuentos”, subraya.

Los personajes de La rastra viven en una suerte de purgatorio que se parece sospechosamente a una versión hiperbólica de nuestro mundo, ¿estamos ya en el purgatorio? “¿No lo hemos estado siempre?”, se pregunta. Antes de colgar, habla del desierto. “Por supuesto que el paisaje influye en mi obra. Y también el aislamiento. Aquí hay unos animales fascinantes, y no hay distracción. Lo que ves es la vida, y al ser humano, desesperado por llegar a todas partes. Más que en ningún otro lugar, aquí a la humanidad se la ve como algo que amenaza cualquier tipo de ecosistema. En el mismo desierto, no hacen más que construir. No hay forma de defenderse contra ella”, remata.

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