Zahara se corona con ‘Puta’ como el acontecimiento musical del año

Los premios MIN de las discográficas independientes refrendan con seis trofeos a la autora de ‘Merichane’, mientras Rigoberta Bandini y Baiuca se conforman con dos galardones

La cantante Zahara (en la pantalla) agradece su galardón al Mejor Álbum de Pop durante la XIV edición de la gala de los Premios MIN de la música independiente, celebrada el pasado miércoles en el pabellón Navarra Arena de Pamplona.
La cantante Zahara (en la pantalla) agradece su galardón al Mejor Álbum de Pop durante la XIV edición de la gala de los Premios MIN de la música independiente, celebrada el pasado miércoles en el pabellón Navarra Arena de Pamplona.Jesús Diges (EFE)

El estriptís emocional de Zahara desató el año pasado una catarata de titulares y este miércoles comenzó a medir en estatuillas la magnitud de aquel impacto. Puta, ese título tosco, crudo y sin rodeos que aún incomoda leer en letras de imprenta, se convirtió en el epíteto más recurrente en los decimocuartos Premios de la Música Independiente (MIN) al acaparar hasta seis distinciones, entre ellas las de mejor disco de pop, mejor letra (Merichane), producción (para Martí Perarnau IV) y la más anhelada de la noche, el Álbum del Año.

Solo Rigoberta Bandini (mejor artista y canción del año, por la casi eurovisiva Ay, Mamá) opuso resistencia en el palmarés a la artista jienense, con las otras protagonistas de aquel Benidormgate musical, Tanxugueiras, también bendecidas con el MIN al artista emergente más destacado. “Definitivamente, las fronteras del indie cada vez están más difusas y a las puertas de Eurovisión, qué fuerte”, resumió con sorna Carolina Iglesias, presentadora de una gala que se prolongó durante 105 prudentísimos minutos en el Navarra Arena.

Iglesias, de 28 años y mitad del tándem satírico Estirando El Chicle, se convirtió a golpe de sorna (o retranca, atendiendo a su condición de coruñesa) en una de las triunfadoras de la jornada. Hizo chistes sobre los tradicionales vínculos entre música y estupefacientes, sí, pero resultó más ingeniosa cuando propuso a Rigoberta Bandini como ministra de Economía por su ingenio a la hora de reducir costes. “Se ha hecho un grupo con su pareja y sus dos primos”, recordó, “y seguro que al niño le da unas castañuelas en cuanto acabe en la guardería”. Dedicó también una pulla salerosa a Rosalía (“No hace falta entender lo que dicen las canciones para apreciar un buen disco, mira Motomami”) y presumió de atuendo con cola de pavo real “en homenaje a José Luis Rodríguez El Puma”, aunque finalizó la gala explicando su verdadero simbolismo: “La pluma no se disimula. La pluma se luce”.

Frente a la parquedad de casi todas las dedicatorias, otra representante distinguida del colectivo LGTBI, Rosario La Tremendita, celebró su MIN al mejor elepé de flamenco confesando que era la primera vez en 20 años que había sentido el impulso de lucir falda. “Como veo que me ha dado suerte, todo será que siente precedente”, se carcajeó. Optó por la originalidad Maika Makovski al comparecer caracterizada de ancianita para recoger el trofeo para MK MK como mejor trabajo de rock, aunque nadie acertó a entender qué había querido expresar o en dónde radicaba el chiste. Y, acaso sin pretenderlo, la más elocuente con sus palabras fue la joven y humildísima Verde Prato, mejor artista en euskera por Kondaira Eder Hura, que simbolizó el drama de toda una generación al agradecer “a la persona que, por la precariedad de este mundo, me ha dado trabajo durante todos estos últimos años y aún me lo sigue proporcionando ahora: mi padre”.

La diversidad –lingüística, estilística, afectiva– acabó convirtiéndose, de hecho, en uno de los invisibles hilos conductores de la gala. El pontevedrés Baiuca, que subió dos veces al escenario para recoger las distinciones para Embruxo como mejor álbum electrónico y en gallego, venció esa eterna pose de niño tímido, repeinado y modoso para proponerle a la organización una nueva categoría para los discos en asturiano. Ferran Palau completó con su Parc la terna de ganadores en lenguas cooficiales, mientras su paisana Maria Arnau –a la que no pudo acompañar Marcel Bagès, pachucho y recluido en Barcelona– celebraba el título de mejor directo de la temporada. Con las mismas, Eva Amaral se atrevió por vez primera a cantar públicamente en euskera, aprovechando la reciente publicación junto a Izaro de Argia.

La noche transcurrió extrañamente ágil y amena, además de muy marcada por las esperanzas que se vienen extendiendo en el sector ante el final de las restricciones pandémicas. Como símbolo de ese estado de ánimo, la presencia de rostros enmascarados entre los 1.200 asistentes a la fiesta ascendió a un riguroso cero por ciento. También animaron el sarao las puntuales pero valiosas actuaciones en directo, protagonizadas por Chill Mafia, Ilegales, Baiuca y La Tremendita, seguramente la más impactante. Y no hablamos de estilismos capilares: a nadie hasta ahora se le había ocurrido cantar flamenco y tocar un bajo de aires funk, al tiempo que su guitarrista y teclista se enredan en una delirante digresión a un paso del rock sinfónico.

En realidad, solo deslució el acto el hecho de que las dos principales triunfadoras no pudieran acudir a la convocatoria pamplonica. Los primos pequeños de Rigoberta Bandini, Belén y Juan Barenys, agradecieron a Paula Ribó “no ya su talento, sino ser, por generosidad y corazón, de las mejores personas que existen”. Y a María Zahara Gordillo no le quedó más remedio que comparecer por videoconferencia desde su domicilio madrileño en media docena de ocasiones. Casi irreconocible con su nuevo peinado a lo garçon, y aún afectada por el jet lag tras regresar el martes de su gira mexicana, se reconoció emocionada por la elección de Merichane como mejor letra del año, una categoría de nueva creación. “La escribí en el salón de casa y se la dejé escuchar a la poeta y amiga Patricia Benito. Fue emocionante descubrirla impactada, eufórica o incrédula ante lo que, desde el egoísmo más necesario, me había atrevido a contar”.

Ese componente autobiográfico, confesional y descarnado de Puta, el mismo que escandaliza a las mismas mentes susceptibles de siempre, presidió la última intervención de la ganadora. “Ojalá no hubiera tenido nunca que escribir este disco”, remachó. “Ojalá no haberme intentado suicidar a los 12 año, ni haber tenido un novio maltratador o sufrir el paternalismo de la industria”. Completaron el cuadro de ganadores Kase.O (músicas urbanas), Moisés P. Sánchez (jazz), Hermanos Cubero (música de raíz) y los británicos Idles (internacional), además de Eduardo Paniagua en el apartado de música clásica. El eminente medievalista, autor de docenas y docenas de álbumes sobre las cantigas de Alfonso X El Sabio, se llevó una ovación sobrevenida del auditorio cuando la presentadora le entregó un par de globos con forma de 1, para celebrar sus 11 años consecutivos como nominado. Él aprovechó para promover una enseñanza elemental, pero necesaria: “Mil años de música dan para que nos queden todavía muchos tesoros por rescatar”.

Es imposible definir en un par de líneas el alcance artístico de Francisco Miñarro, ese eterno iconoclasta jienense de 69 años al que todos llaman Paco Clavel. Pionero de la Movida y la provocación, escritor variopinto, coleccionista compulsivo de vinilos y locutor radiofónico, Clavel, Premio de Honor en los MIN, evitó la monserga de los discursos conceptuales para centrarse en su perfil más lúdico. “Después de esta época tan negra, nos toca ser ahora más petardas que nunca. ¡Salud y anarquía!”, arengó al público antes de canturrearle “una canción indie muy guarra de los años veinte”. En concreto, esa que dice: “Ay, qué fino el pelito que tiene el minino / Ay, morrongo, qué gustito si aquí me lo pongo”.

Tampoco defraudó Francisco con su indumentaria, eso que los hablantes de español moderno ahora denominan outfit. Predominaba el negro, en un gesto de sobriedad inaudito en él, pero el genio despepitado emergía en los complementos. Para los pendientes optó por unos cuadrados de plástico adornados con esas pegatinas rojas y amarillas de “1€” que lucen en las bandejitas de los autoservicios. Y en la solapa, una pizarra de casquería con la leyenda “Lengua de ternera cocida”. A 7,5 euros el kilo, para que nadie se quede con las ganas de preguntar.


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