Desde el puenteColumna
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En Sicilia, lengua larga, vida corta

En esta ciudad, el silencio es un medio de comunicación social

Una imagen del pueblo siciliano de Corleone, en 1979.
Una imagen del pueblo siciliano de Corleone, en 1979.Jordi Socías

Un arquitecto español ganó un concurso para construir un polideportivo en una ciudad de Sicilia cuyo nombre no viene al caso. Llegado el momento fue invitado a viajar a la isla, donde fue recibido por el sindaco o alcalde del Ayuntamiento, quien le hizo saber que su proyecto había sido premiado sencillamente porque era el mejor, el que más se ajustaba a las condiciones exigidas. Después de agasajarlo, el alcalde le preguntó si tenía algún inconveniente en que a la firma del contrato asistieran algunos periodistas. Ningún problema, al contrario, la presencia de la prensa local serviría para dar realce y firmeza al acto de la Administración. En el despacho de la alcaldía hubo rúbricas y fotos seguidas de abrazos y elogios con palabrería siciliana muy arbolada.

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Terminado el acto administrativo, el alcalde le pidió al arquitecto español un nuevo favor, al parecer, muy especial. “¿Le importaría acompañarme a visitar esta tarde a un amigo?”, le preguntó con un tono de voz a la vez suplicante y perentorio. No tenía por qué negarse, así que a la hora convenida el alcalde y el arquitecto se dirigieron en el coche oficial a un barrio muy costroso de las afueras de la ciudad cuyas fachadas estaban llenas de ropa tendida, de niños desarrapados que jugaban al fútbol en la calle, de gritos de mujeres de balcón a balcón y de petardeo de motocicletas con el tubo de escape trucado. El coche se detuvo ante un edificio muy vulgar de seis plantas sin ascensor y una escalera de paredes desconchadas, forrada de linóleo desgastado, les llevó jadeando hasta un tercer rellano que contenía dos puertas. El alcalde, sin dudar en absoluto, puesto que parecía estar acostumbrado, pulsó el timbre de la izquierda y un par de minutos después se oyó dentro de la casa una tos que acudía a la llamada. Un anciano con chaqueta y pantalón de pijama bajo una especie de batín de lana abrió la puerta.

Con cierta cortesía a la antigua el anciano les hizo pasar, los introdujo en una pequeña sala presidida por una imagen del Corazón de Jesús, les ofreció asiento en un tresillo raído y él ocupó un sillón de orejas bajo una lámpara de enagüillas que iluminaba sus canas muy bien peinadas. Siguió un silencio embarazoso con las tres sonrisas congeladas que fue interrumpido por la pregunta consabida. ¿Les apetece tomar un algo? Al punto apareció una mujer con tres tazas de café, unas pastas y una botella de licor amaro en una bandeja. A simple vista se veía que el alcalde trataba a aquel anciano con un respeto inusitado, quien por su parte no se interesó por la identidad de aquel desconocido español más allá de una silenciosa inclinación de cabeza. Primero se habló de la calidad del café y de la excelencia de las pastas, proporcionadas por un convento de monjas de la ciudad, y lo bien que sentaban acompañadas con una copa de aquel licor de hierbas un poco amargo. Alrededor de este licor se establecieron inusitadas alabanzas y a continuación el anciano se interesó por la salud del alcalde, por la de su mujer, hijos y nietos, lo que dio origen por su parte a que se extendiera explicando la operación de próstata a la que había sido sometido recientemente. Prueba de eso es que por la bragueta del pijama asomaba una sonda. La reunión duró poco más una media hora sin que la conversación ni por un momento fuera más allá de algunos pormenores sobre la dificultad a la hora de orinar cuando se llega a cierta edad. En el momento de la despedida aquel anciano con redoblada cortesía les acompañó hasta el rellano y allí le dio un beso en cada mejilla al alcalde y no hubo más, pero ya en la calle el alcalde siciliano se volvió hacia el arquitecto español y exclamó levantando los brazos con alborozo: “Enhorabuena, todo en regla, el proyecto se va a realizar”.

Tal vez el anciano había recibido algún pizzino, un papelito enrollado que procedía del sótano de una casucha parecida a un gallinero de las afueras de Corleone, donde estuvo 43 años escondido Bernardo Provenzano, el capo que había sucedido a Totò Riina. Esos papelitos, que iban mezclados con versos del Eclesiastés, contenían toda clase de órdenes, desde licencias de obras a sentencias de muerte. En este caso el alcalde sabía a qué constructora debía conceder la construcción del polideportivo, cuyo ejecutivo a su vez tampoco ignoraba qué empresa le proporcionaría el hierro, el cemento, el encofrado, las viguetas, los ladrillos y el resto de los materiales. El arquitecto español nunca supo qué había sucedido durante aquella entrevista. Si la contraseña para que la mafia diera el visto bueno a su proyecto consistía en ensalzar las virtudes estomacales de aquel licor de hierbas, se le escapaba por completo, pero tenía la sensación de que estaba metido en una red de silencios, miradas, gestos y sonrisas muy difíciles de interpretar. De hecho no se atrevió a preguntar el nombre de aquel anciano. Alguien le había recordado que en Sicilia el silencio es un medio de comunicación social.

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