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Los Goya están bien vivos

La gala más encorsetada, con todo el mundo metido dentro de su propia pantalla, fue la más liberada precisamente por eso: en un teatro manda el regidor, en el salón de tu casa no manda ni Dios

Antonio Banderas y María Casado, los presentadores de los Goya.
Antonio Banderas y María Casado, los presentadores de los Goya.MIGUEL CÓRDOBA – CORTESÍA DE LA ACADEMIA DE CINE / Europa Press

Laura Dern nos quiere. Es importante, porque además no es la única. España no se puede sostener solo con el amor de Laura Dern; necesitamos más, aunque tampoco mucho más viendo el amor que nos tiene Laura Dern. Por eso nosotros también nos queremos, y habrá alguno —espero que muchos— que la quieran a ella. Dern hizo su declaración de amor a España y su cine en uno de los mejores vídeos grabados por estrellas mundiales emitidos en la gala de los Goya. La otra declaración, la nuestra, se produjo al adaptar la entrega de premios a un mundo sin contactos, sin público y con todos los nominados en sus casas. Podía hacerse y se hizo. Como se hicieron a distancia tantas cosas este año. Cosas que no sabíamos que se podían hacer y se hicieron, y algunas de ellas incluso mejor, como aquel Woody Allen que montó una tienda de galletitas al lado de un banco para atracarlo mediante un butrón, y resultó que las galletitas estaban tan ricas que le hicieron millonario.

Los Goya no serán una de esas cosas que salían mejor en la pandemia por la misma razón por la que tampoco hay cine sin público, aunque esta edición haya salido del apuro con nivelazo. Se partía con la premisa del dolor y de la distancia, de la tristeza por la pandemia; rebajada la expectativa del humor por necesidad, con la tradicional presencia de cómicos sobre el escenario obligados a hacer reír, las cosas fluyeron distintas, más ligeras, más espontáneas, más locas y rápidas; bravo por Banderas y Casado. La gala más encorsetada, con todo el mundo metido dentro de su propia pantalla, fue la más liberada precisamente por eso: en un teatro manda el regidor, en el salón de tu casa no manda ni Dios.

Se averiguó rápido, cuando Nerea Torrijos recibió el primer Goya al mejor vestuario por Akelarre y casi se la llevan por delante los suyos como se llevaron al mejor actor revelación, Adam Narou (y a Mario Casas mientras escribo estas líneas). Tras la primera explosión de gritos en casa, Nerea Torrijos pidió silencio sin saber ella misma si gritar también o llorar, y en el capítulo de agradecimientos mandó venir al ordenador a su pareja (que estaba con ella al escuchar las nominaciones, pero huyó suponemos que a saltar de felicidad) con una frase legendaria: “Ven aquí, hostia”. Quizá la segunda frase que más escuchamos a lo largo de nuestra vida, sólo superada por “pírate”.

Incluso cuando Antonio Banderas pidió silencio en homenaje a las víctimas del virus hubo alguien, en una de las pantallas, que no enterado del momento saludaba efusivamente con las manitas; el mejor humor, el involuntario. Hasta la metralla inicial, la mastodóntica presencia de Pedro Almodóvar, Penélope Cruz, J. A. Bayona y Alejandro Amenábar para entregar el primer premio a modo de declaración de intenciones, se vio acompañada por Paz Vega, que no tenía culpa de nada, pero por qué. Y en fin, Fernando Trueba, ganador con El olvido que seremos, nos representó a todos hablando sin tener el micrófono activado, sólo que él sin querer y nosotros, la mayoría, porque lo apagamos para cagarnos en todo y que se nos lea en los labios (“no, hombre, cómo voy a decir eso”).

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Alejandro Sanz había dicho, en las declaraciones previas, que vería la gala en su “pantallita de cine” homenajeando a Groucho Marx (“la felicidad está hecha de pequeñas cosas: un pequeño yate, una pequeña mansión, una pequeña fortuna”) y Javier Cámara, cuando Carlos del Amor le pidió que enseñase los Goyas que tenía en casa, dijo “un momento” con un gesto que, no sé si se dio cuenta, era más de su Juan Carrasco de Vamos Juan que de él mismo. “Esto es surrealista”, resumió Icíar Bollaín: “Estoy aquí en un apartamento alquilado en San Sebastián, con un equipo de televisión en casa”.

En el teatro de Málaga, sin embargo, se derrochaba algo más valioso que el cine, al fin y al cabo una imitación de la vida. Era Ángela Molina contando que en ese escenario de más de un siglo había cantado su padre, Antonio Molina, y que quién le iba a decir a él que su hija estaría allí, bella y digna, recogiendo el premio de honor más importante del cine español. Diciendo, emocionada, que la vida no se disfruta sin los demás, y que el amor es la mejor manera de dar las gracias a todos. Volveremos, resumió Barbra Streisand.

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