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Santiago Alba Rico: “España es una nación sin hacer, no tiene aún bandera”

El escritor y filósofo publica ‘España’ un ensayo en el que repasa a través de la historia del país los antagonismos que le llevaron, incluso, a renegar de Cervantes y Galdós

Manifestación convocada por Vox en Madrid, el 23 de mayo de 2020, contra las medidas del Gobierno para frenar la pandemia.
Manifestación convocada por Vox en Madrid, el 23 de mayo de 2020, contra las medidas del Gobierno para frenar la pandemia.©Jaime Villanueva

El diseño de la portada de España, el nuevo ensayo de Santiago Alba Rico, es un banderín amarillo sobre un fondo que, con permiso de Pantone, se parece al rojo. Simboliza algún momento futuro en el que los españoles, confía el filósofo y escritor, “sacarán a la calle banales banderines de colores y no banderas afiladas y excluyentes”. Cuando llegue ese día, tal vez el país sea una nación completa. Por el momento, “España es una nación sin hacer”, “no tiene aún bandera”, dice Alba Rico en conversación telefónica desde su casa en Túnez.

Las banderas, los escritores, los paisajes y las deudas históricas que siguen sin pagarse en España recorren las más de 300 páginas del libro (editado por Lengua de Trapo) para tratar de explicar, a través de varios momentos de la historia, un país marcado por sus antagonismos. Alba Rico (Madrid, 61 años) comienza por sí mismo. Recuerda una juventud en la que su generación renegó de Cervantes, de Galdós, incluso de algunos árboles y campos. “Ser español nos impedía acceder a placeres mundanos e intelectuales”, dice en el libro. “Los más tontos, discretos y pobres se libraron de la imbecilidad de nuestra generación, digo con cierto tono de humor en mi libro”, recuerda para reconocerse en cierto esnobismo. “Éramos miembros de una clase media con acceso a estudios y con cierta vocación intelectual. Había un elemento elitista, aunque de un elitismo atormentado y rebelde”.

Portada del libro 'España', de Santiago Alba Rico.
Portada del libro 'España', de Santiago Alba Rico.

En ese rechazo a Galdós, del que se confiesa arrepentido, hay un reflejo de las consecuencias del franquismo. La dictadura se convierte en sus páginas en una especie de origen de unos cuantos males de España. No es el único punto de partida cuando tumba al país en el diván de psicoanálisis en busca de respuestas: los reyes católicos, las guerras intergermánicas, Américo Castro, Ortega y Gasset, Unamuno, Al-Ándalus… Un recorrido con el que lanza una conclusión: “El problema más grave no es el antagonismo español, reside en la tentativa de imponer la unidad desde proyectos religiosos, partidistas o clasistas”.

Cuando el filósofo mira a los balcones adornados con banderas, analiza las que ondearon en las manifestaciones convocadas por Vox en mitad de la pandemia del coronavirus o las que usan los republicanos en los actos electorales de IU y Podemos y no ve una batalla. “No nos peleamos por los mismos símbolos”, asegura, “la rojigualda ha sido secuestrada por la derecha y la ultraderecha, que la usan de manera afilada para intereses partidistas y para rememorar lo peor de la historia de España. La republicana, por mucho que me conmueva, ha quedado fuera de juego desde hace tiempo”.

Ni siquiera esta crisis pandémica ha permitido que se resignifique, aunque Alba Rico haya visto “luciérnagas de cambio por todas partes”. Son esos miles de personas que en mitad de la pandemia intentaron, explica, ondear banderas para reivindicar, por ejemplo, a los sanitarios que siguen en primera línea luchando contra la covid-19. “Frente a ellas ha habido un discurso desde la derecha, siempre dominado por Vox, que ha impedido que esos retoños de esperanza cristalizaran en un nuevo sujeto colectivo”.

El escritor Santiago Alba Rico, en su casa en Túnez. / ROSA DÍAZ
El escritor Santiago Alba Rico, en su casa en Túnez. / ROSA DÍAZ

En sus palabras aparece por un momento una esperanza que rezuma nostalgia de 2014. “En España es imposible una escena como esa que vimos de Merkel arrancándole la bandera a un compañero de partido en un acto partidista, recordándole que esa bandera no era la de un partido, sino la de todos los alemanes”, pone de ejemplo. “De ahí la dificultad de construir en España un patriotismo constitucional. Hubo una oportunidad quizás en 2014, pero ahora soy menos optimista que entonces”.

Aquel año el movimiento del 15-M se tradujo en un partido político. Podemos trató de recoger un clamor popular de impugnación de las instituciones. Alba Rico redactó los documentos que dieron origen a la formación. Creyó en un proyecto que por primera vez se libraba de “los pecados originales de la Transición”. Y lo hacía con una memoria, que al contrario de la de su generación, no era la de los abuelos, “no les importaba si el Rey fue nombrado por Franco o la continuidad entre los dos regímenes, sino todas esas promesas democráticas de una vida mejor que habían heredado de la memoria de sus padres y que no se habían hecho realidad”.

El problema con Podemos no es tanto su discurso inicial, sino el fracaso de ese discurso en parte por las campañas feroces en su contra y en parte por la renuncia explícita, a nivel organizativo y discursivo, del primer discurso

Aquella esperanza, como la que ha sentido ahora, se ha difuminado. “Esa batalla, entre otras, se ha perdido”, remacha. “El problema con Podemos no es tanto su discurso inicial, sino el fracaso de ese discurso en parte por las campañas feroces en su contra y en parte por la renuncia explícita, a nivel organizativo y discursivo, del primer discurso. Podemos ha acabado ocupando el lugar de IU y PCE”, explica. En el libro, Alba Rico dedica una parte a tratar la coherencia. Recuerda las palabras de Miguel de Unamuno que defiende su derecho a cambiar de opinión, “a no dejarse esclavizar por sus creencias pasadas”. Cuando en la conversación trata de aplicarlo a los políticos, se muestra contundente. “No establecería ningún paralelismo entre la evolución del pensamiento de un autor y un programa político. Un partido, cuando llega al Gobierno, puede verse obligado a veces a no cumplir enteramente su programa. Pero en ese caso tiene que explicarlo”, asegura.

El gol de Iniesta

En España Alba Rico reivindica “el diálogo entre vivos y muertos”, que, asegura, no se ha producido: “Por eso seguimos con 130.000 muertos en las cunetas y con una derecha que se resiste a reconocer el terror de la dictadura de Franco”. A esa conversación fía el filósofo la construcción de “un verdadero contrato social y una verdadera Constitución”. Mientras tanto, las élites que identifica a ambos lados del tablero ideológico y partidista, se salen con la suya. Han conseguido que un acontecimiento histórico como la salida de Franco del Valle de los Caídos quede matizado bajo ese recurso que aparece siempre que las víctimas del franquismo reclaman sus derechos: “Hay otros temas más importantes que resolver”.

“Es una estrategia tramposa acordada en los albores de la Transición entre las élites que la gestionaron. La derecha no estaba dispuesta a ceder sus derechos de conquista; el PSOE estaba dispuesto a ceder cualquier principio con tal de llegar al poder. Unos y otros se pusieron de acuerdo para ‘no abrir heridas’ que siguen sangrando”, afirma.

Entre las costuras de la historia de España —y la suya—, Alba Rico cuela un gol. El gol de Iniesta en el mundial de Sudáfrica de 2010 vuelve a iluminar de esperanza sus palabras. “No es el gol de un guerrillero heroico que, a fuerza de coraje y pundonor, de músculos y virilidad, consigue invertir en el último minuto una relación de fuerzas desfavorable. Es el gol de un cuerpo sabio y delicado que consuma una elaborada jugada geométrica y colectiva. Es un gol contra la historia de España”, asegura derribando kilos de testosterona. Y es también lo que el escritor denomina un mito compartido. “A veces llego a temer que, como este es el único mito que hemos construido en común, si a la selección española le va mal, como ya empieza a ocurrir, los españoles se refugien de nuevo en el fatalismo de la confrontación, en la esperanza del milagro, del caudillo, de la gesta heroica individual que invierta una relación de fuerzas desfavorable”. Antes de que esto ocurra confía en que España termine de hacerse reconociendo que “está sin hacer”.

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