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El asalto al poder de la generación del 15-M

Cuatro jóvenes que participaron en las movilizaciones de mayo de 2011 relatan cómo ha cambiado su vida y cómo ven la entrada de Podemos en el Gobierno

Mercedes Murillo, a la izquierda, en una manifestación de 2011. A la derecha, este viernes en el Retiro con su hijo.
Mercedes Murillo, a la izquierda, en una manifestación de 2011. A la derecha, este viernes en el Retiro con su hijo.

¿Dónde estaba hace ocho años? Olmo, Mercedes y Adrián atravesaron un día de 2011 la calle Atocha. No iban solos. No se conocían. Llenaron el centro de Madrid cuando nadie se lo esperaba. España estaba inmersa en otra anodina precampaña electoral para las autonómicas y municipales de 2011 y no los vio llegar. “Aquí está la juventud precaria”, se presentaron. Un mes después nacía el 15-M. Surgió con tanta fuerza y llegó tan en silencio que dejó atónito a un país con poca querencia a la protesta callejera.

La acampada de Sol, las réplicas en toda España y las asambleas embriagaron a miles de jóvenes en una especie de comunión que ese mayo parecía que iba a ser eterna. Terminó, como todo termina. Pero no desapareció. De los perroflautas, para unos, de los indignados, para otros, nació Podemos. Un partido que ocho años después tiene un pie en el próximo Gobierno de España. Por eso, EL PAÍS ha buscado a Olmo, a Mercedes, a Adrián y a Fabio, que en 2011 explicaron a este diario qué hacían allí. Podemos ha tenido futuro. Pero ¿cómo fue el suyo?

Adrián Espada, a la izquierda, en una marcha en 2011. A la derecha, esta semana, en el bar El Violín, de Getafe.
Adrián Espada, a la izquierda, en una marcha en 2011. A la derecha, esta semana, en el bar El Violín, de Getafe.

España no es país para jóvenes.

Olmo Masa acaba de cumplir 26 años y mantiene la misma mirada profunda que a los 17 lo llevó a la calle, cuando aún estaba en el instituto. “Nos preparan para el trabajo basura, acabaremos en un Burger King”, decía entonces tras la pancarta de Juventud Sin Futuro. No puso hamburguesas, pero durante cuatro meses trató de captar socios en la calle para una ONG. En estos años estudió dos carreras: Políticas y Derecho. Hizo un máster en Berlín. Ahora ha vuelto a Madrid para hacer el doctorado en la Universidad Complutense.

Vive de los 1.000 euros al mes que gana gracias a una beca. Paga 350 por una habitación en un piso compartido con otros tres compañeros en el centro de Madrid. Camina ahora por los pasillos de la facultad de Políticas a la que llegó en su día, hace siete años, con el calor de la Puerta del Sol aún pegado a la piel. “Se ha generado una mentalidad de competitividad que al final lleva a uno a culpabilizarse por no ser un triunfador”, explica. En ocho años espera seguir en la investigación. O trabajando en un museo.

Olmo Masa, a la izquierda, en abril de 2011. A la derecha, en la facultad de Políticas, esta semana.
Olmo Masa, a la izquierda, en abril de 2011. A la derecha, en la facultad de Políticas, esta semana.

Adrián Espada es un tipo satisfecho. Resume este tiempo con dos palabras: “Trabajo y suerte”. Tiene 27 años y vive en Getafe (Madrid), de donde no tiene intención de salir. Tras acabar la carrera de Historia hizo un grado de producciones audiovisuales y espectáculos para profesionalizar la asociación cultural que montó en 2015, Coolturarte. Hijo de “dos curritos de clase obrera”, hoy es autónomo y vive de la música. Comparte piso con un amigo y no le agobia el futuro.

Mercedes Murillo ha seguido encadenando contratos en la universidad desde 2011. “Tres años trabajando de becaria y sin cotizar”, dijo a EL PAÍS aquella tarde de abril en Atocha. La vida la llevó a Londres, con un contrato europeo con el que se mantuvo allí dos años. Ahora sigue en la investigación en la Universidad de Granada como arqueóloga y espera que el contrato que se le acaba en junio dé paso, por fin, a su primer indefinido. “Me he ido moviendo mucho, lo que dificulta el desarrollo vital. Pero a mí no me ha frenado”. Murillo tiene 35 años y un niño de dos. Se queja de la precariedad y de la obligación de “ir alargando la etapa posdoctoral hasta que se tiene más de 40 años”.

A Fabio Gándara el 15-M le cambió la vida. En 2011 era un abogado en paro que había estado trabajando en el bufete Cuatrecasas (el mismo en el que ahora trabaja la exvicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría). Entonces abrió el blog Soy un joven español preocupado por su futuro, que le puso en contacto con otros jóvenes como él, quemados ante la falta de expectativas laborales. Gándara se convirtió en una de las caras visibles de la plataforma Democracia Real Ya, promotora de la marcha del 15-M.

Fabio Gándara, a la izquierda, esta semana en Madrid. A la derecha, en la acampada de Sol, en mayo de 2011.
Fabio Gándara, a la izquierda, esta semana en Madrid. A la derecha, en la acampada de Sol, en mayo de 2011.

Con el paso de los años se alejó del activismo político, pero buscó un nuevo enfoque a su carrera. Entró a trabajar en change.org. Y en 2014 lanzó la empresa Chocolate Comunicación Social. Los comienzos no fueron fáciles —“sin el sostén familiar es muy difícil emprender en este país”—, pero poco a poco la empresa, que hace campañas para ONG o partidos políticos, despegó. “Algunos hemos tenido la suerte de construir un proyecto propio y trabajar para cambiar las cosas, pero la situación es terrible por la precariedad. España no es un país para jóvenes”. En dos meses será padre por primera vez.

La huella del 15-M.

Aquel mayo español marcó de alguna forma la vida de los cuatro y de todos los que participaron en él. Adolfo Estalella, antropólogo y profesor de la Universidad Complutense, que vivió de cerca todo el movimiento, explica el 15-M como “una escuela de aprendizaje”. Estalella estuvo unido durante dos años a la asamblea vecinal de Lavapiés, una de las que se replicaron en multitud de barrios. “Como gran experimento vital, político y urbano demostró que quienes habitamos las ciudades podemos dar mucho más de sí de lo que la política institucional nos ofrece”, explica.

Las asambleas, encuentros entre vecinos que se citaban en la calle para conversar y debatir, sirvieron para crear lazos entre completos desconocidos y su semilla sigue viva en algunas cooperativas o asociaciones que aún perviven. “La gente que se sumó a las asambleas aprendió a involucrarse o a hablar en público y eso se lo han llevado a sus espacios profesionales”, apunta Estalella.

La “ilusión”, el “entusiasmo” o la “fuerza”, palabras a las que recurren los cuatro jóvenes para hablar del 15-M, son sentimientos que tienden a encogerse con los años. La lucha por sobrevivir en el día a día en una recién estrenada adultez emborrona los recuerdos de Sol, pero acaba poniendo una sonrisa al echar la mirada atrás. “Todo el mundo militó desde el corazón”, resume Espada, que durmió en la acampada madrileña desde el 16 de mayo. Nunca más ha vuelto a dejar el activismo, aunque ahora da la batalla en otros ámbitos. Desde la asociación de la que forma parte trata de poner en valor la cultura de los pueblos de la periferia de Madrid, en su caso Getafe, para luchar por su propia identidad y “no ser meras ciudades dormitorio”.

La arqueóloga Murillo sigue saliendo a la calle y echa de menos una movilización que considera que languideció con el paso de los años y no se ha vuelto a recuperar, a pesar de que considera que la situación de los jóvenes no ha mejorado. Desde Izquierda Anticapitalista Revolucionaria o con Stop Desahucios, Murillo mantiene activo un espíritu reivindicativo que espera no abandonar nunca. La huella la sigue hasta su trabajo en la universidad, donde lucha por que se abra una escuela infantil que ayude a la conciliación.

Los ojos sobre Podemos

La próxima entrada de la formación que lidera Pablo Iglesias en un Gobierno de coalición con el PSOE está en la lupa de quienes se hicieron llamar los indignados. En su amplia mayoría, jóvenes de izquierdas y estudiantes de carreras de letras, aunque ninguna generalización es exacta y el campamento de Sol llegó a sumar a gente de todas las edades y condición. “Empezamos a construir en las calles un intento de toma de poder en las instituciones”, explica Espada, votante de Unidas Podemos.

Gándara coincide en la influencia que tuvo el movimiento en la política española. Entonces y después. “Claramente, cambió la vida del país. La democracia es un trabajo de construcción constante, pero sí tuvo su influencia positiva”, explica. El empresario, que ha votado tanto a Unidas Podemos como al PSOE, tiene esperanza en que el Gobierno de coalición “reoriente la economía” y actúe en cosas concretas que ayuden a mejorar la vida de la gente, entre ellas regular el mercado del alquiler.

La vivienda es una prioridad que comparte con Olmo Masa, que mantiene una dosis de cierto escepticismo con otra dosis de ilusión ante el próximo Ejecutivo. “Mantengo la esperanza en que puedan cambiar muchas cosas, pero dentro de cuatro años a lo mejor pienso distinto”, aventura.

Los años pasaron para Podemos como pasaron para ellos. Echando la vista atrás, la mayoría cuestiona cierta institucionalización de la formación política. Estalella explica que el 15-M fue como una especie de prototipo que nació para ser versionado a través de las acampadas, las asambleas, los huertos urbanos o los partidos. “Creo que no podemos operar por analogía entre el contexto en el que opera un partido sobre el lugar en el cual nace”, abunda para explicar esa sensación parecida a la decepción que surge cuando aquellos que lo vieron nacer hablan de Podemos desde el presente. Sobre aquellos inicios apoteósicos, Mercedes Murillo se queda con una frase. “Podemos pasó de intentar asaltar los cielos con casi el sorpasso al PSOE —en las elecciones de 2015 sacó 69 diputados, su mejor resultado— a ceder en su postura de confrontación para conseguir formar parte de un Gobierno”, cuestiona. Para la arqueóloga, el partido ha acabado separándose demasiado de la movilización callejera que lo hizo crecer.

La mirada al pasado siempre trae algo de nostalgia y una pátina de romanticismo. Primero se levantaron las carpas que cubrieron Sol, después se fueron dispersando cada vez más las asambleas de los sábados en los barrios o los desencuentros en el interior de las plataformas acabaron por romper aquellas hermandades. La vida siguió para todos con aquel mayo en el recuerdo. El 15-M dejó una huella en miles de jóvenes que ahora esperan que el partido que los representa (o no) se lleve algo de aquello al próximo Consejo de Ministros.

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