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SILLÓN DE OREJAS

Sopa de murciélago

Si los eventos multitudinarios se cancelan y la población se queda en casa, puede ocurrir que mejoren los hábitos de lectura

Jude Law en la película 'Contagio', de 2011.
Jude Law en la película 'Contagio', de 2011.

1. Contagios

A mí lo del Covid-19 —prefiero el nombre neutro— me pone un poco nervioso, qué quieren que les diga. Ayer por la mañana, que me tocaba hacer la compra en el súper, me encontré con que las estanterías del arroz y de los garbanzos estaban sospechosamente desabastecidas, mientras los carros de algunos clientes parecían mastabas móviles; y por la tarde, mientras me dirigía tan ufano al cine, alguien tuvo un ataque de tos en medio del abarrotado autobús y casi volcamos, a cuenta del repentino desplazamiento de los aprensivos. El asunto no me preocupa aún demasiado —eso sería considerado de mal gusto, dadas las circunstancias y las tranquilizadoras palabras de políticos y conspicuos sanitarios—, pero sí me da mucho que pensar. Incluso, cuando me pongo ceniciento, se me ocurre que, si la infección sigue extendiéndose, la edición tampoco se va a ir de rositas. Ya se han cancelado o pospuesto ferias y eventos internacionales (ferias de Bolonia y de Leipzig, Salon du Livre, Salon du Manga et Sci-Fi de París, y hasta la de feria de Londres, que se iba a inaugurar el martes); algunas grandes compañías globalizadas, Simon & Schuster, Hachette, Amazon, Ingram, Editis o Macmillan, han excusado su presencia en cualquier evento libresco internacional, al igual que las editoriales japonesas o coreanas y bastantes agencias literarias. El miedo es libre, pero no me extrañaría que el celo profesional impeliera a algunos editores a ponerse el “traje de buzo”. Ayer mismo, uno de los asiduos a la (ahora cancelada) London Book Fair me decía que no solo no abrigaba ningún temor al contagio, sino que incluso estaba dispuesto a ir a cenar sopa de murciélago si la encontraba en algún restaurante del Soho. Tendrá que esperar: hay temor a que cualquier viajero propague la enfermedad, como aquel misterioso “paciente 31” de la Iglesia de Jesús Shincheonji, la secta surcoreana fundada por Lee Man-hee, un “profeta” que se presenta como encarnación de la parusía o segunda venida de Cristo, a quien se atribuye presuntamente la “importación” del virus en Wuhan. Y es que a lo peor resulta que todo es un castigo de Dios a los hombres (y mujeres, pero menos) que pecan. Conste que no son solo los vis-a-vis de editores —tan útiles para el negocio— los que están siendo suprimidos y sustituidos por frías videoconferencias; también sufren las consecuencias del miedo los procesos de impresión y encuadernación de muchos libros de editoriales europeas, confiados (por sus ventajas económicas) a imprentas chinas y coreanas. Pero, como me decía el temerario y un punto cínico editor de la sopa de murciélago, a todo esto hay que verle también el lado positivo: si las cosas se ponen peor, los eventos multitudinarios se cancelan y la población se queda en casa pasando la cuarentena, puede ocurrir que mejoren los hábitos de lectura, aun a costa de que Amazon se forre aún más. Ya ven, al parecer no hay virus que por bien no venga.

2. Dos

Cuando las obras de un autor importante pasan a derecho público, los editores se ponen las pilas, como ocurre en la rebajas. Acantilado, Alba, Alianza, por seguir el orden alfabético de los que ya las habían publicado, compiten ahora por conseguir más lectores para las obras de Joseph Roth (1894-1939) sin la pejiguera de los anticipos. La situación me trae a la memoria la célebre consigna de Mao Zedong: “Que se abran cien flores, que compitan cien escuelas de pensamiento”, con la que invitaba a los intelectuales a formular críticas contra la burocracia del Partido (luego los apiolaría). Alianza ha publicado, además de una nueva traducción (Isabel García Adánez) de la estupenda La marcha Radetzky, reediciones de La leyenda del Santo Bebedor y Job; y Cátedra, su compañera del grupo Anaya, La cripta de los capuchinos (edición y traducción de David Pérez Blázquez), en su estupenda colección de literatura del siglo XX. Antonio Machado, que también ha perdido el copyright, ya estaba muy presente en nuestra bibliografía, pero hoy recomiendo, para lectores a partir de nueve años, la cuidada edición de 12 poemas de Antonio Machado publicada por Kalandraka e ilustrada por Pablo Auladell. También ha pasado a derecho público el interesantísimo surrealista (y luego, por cierto, falangista, como su compañero literario Giménez Caballero) Agustín Espinosa, del que Siruela acaba de publicar (en edición de Alexis Ravelo) su novela “maldita” Crimen (1934), quizá la más acabada muestra de la narrativa surrealista española; no por casualidad Espinosa, a quien podría incluirse entre la aún olvidada facción nacionalista (que la hubo) de la generación del 27, nació en Canarias (Puerto de la Cruz, 1897-Los Realejos, 1939), uno de los territorios privilegiados del surrealismo internacional. Por último, también están libres las obras del búlgaro Jorge Dimitrov (1882-1949), que, entre otras cosas, estuvo al frente de la Internacional Comunista durante los años más terribles del estalinismo (1934-1943) y la época de los frentes populares; de su obra “teórica”, muy leída por los marxistas-leninistas españoles durante la Transición, destacan algunos de sus Escritos contra el fascismo (incluido su célebre discurso ante el tribunal nazi que le acusó del incendio del Reichstag), que fueron publicados por la editorial Akal en su época más roja (los setenta y ochenta) y hoy están más agotados que las mascarillas quirúrgicas para uso de hipocondríacos. Del prólogo de aquella edición, que mimetizaba la del Instituto del Libro cubano (que, a su vez, se apropió de las traducciones de la Academia de Ciencias de la URSS), extraigo un fragmento muy de aquella época militante: “Dirigente y educador de las masas que sembrara cuadros germinadores en el seno de la masa obrera, supo no solo fundirse junto [sic] al pueblo búlgaro, sino que su lenguaje palpitaba en el corazón de todos los pueblos”. Toma, Jeroma, pastillas de goma, como se decía en mi colegio cuando a uno le propinaban un capón (acepción 2 del DRAE).