Maestros del zen y del Zoom

La pantalla se vuelve tarima vertical y da la sensación de que todo el mundo se sienta en la última fila

Un estudiante toma clases a través del programa Zoom
Un estudiante toma clases a través del programa ZoomAlbert Gea / Reuters

“Ya les ha enseñado usted a atarse los cordones?". Jordi Llovet, una eminencia de la literatura comparada, recuerda en sus memorias —Adiós a la universidad (Galaxia Gutenberg)— lo que José Manuel Blecua, una eminencia de la filología hispánica, le preguntaba cuando volvía al despacho tras la primera clase de cada curso. Para ambos, el magisterio empezaba por lo más básico. De ahí la opinión de Llovet de que en las Humanidades es mucho más importante la docencia que la investigación. Y de ahí el libro que acaba de dedicar a Miquel Batllori, Martí de Riquer, José María Valverde, Antoni Comas y el propio Blecua. El título lo dice todo: Els mestres. Si no fuera porque nunca pierde el humor, leer al doctor Llovet produciría una melancolía insondable en estos tiempos de teletrabajo y “presencialidad híbrida”.

Repóquer de sabios irrepetibles

El catedrático Jordi Llovet homenajea en ‘Els mestres’ a un elenco imbatible de profesores: Batllori, Blecua, Comas, Riquer y Valverde

En Elogio de la transmisión (Siruela) —una conversación con Cécile Ladjali, profesora de instituto—, George Steiner habla del “aura física” que desprende alguien que enseña con rigor y pasión. Por eso, el drama que vive la enseñanza durante la pandemia tiene un lado especialmente triste: obliga a renunciar a uno de los grandes motores del conocimiento: la conversación en los pasillos. Cualquiera que haya tenido una reunión de trabajo por videoconferencia sabe que el propio medio acentúa las relaciones de sentido único. La pantalla se vuelve tarima vertical y potencia la sensación de que todo el mundo se sienta en la última fila, a la espera de que lo saquen a la pizarra. La transmisión queda seriamente dañada y se da la versión acelerada de un famoso cuento judío. Cuando el rabino Shem Tov creía que se avecinaba una desgracia para su pueblo, se dirigía al bosque, encendía un fuego, recitaba una plegaria y la amenaza quedaba conjurada. Cuando le tocó a su discípulo rezar por idéntica razón, acudió al mismo lugar y dijo: “Señor, no sé cómo encender el fuego, pero todavía soy capaz de recitar la plegaria”. Años más tarde, un discípulo del discípulo se encaminó al bosque para decir: “No sé cómo encender el fuego y no conozco la plegaria, pero puedo colocarme en el lugar preciso”. Y llegó el día en que un rabino sentado en el sillón de su casa se dirigió a Dios: “Señor, soy incapaz de encender el fuego, no conozco la plegaria, ni siquiera puedo encontrar el lugar del bosque. Todo lo que sé es contar esta historia”. En el cuento bastaba para atajar la desgracia. No sabemos por cuánto tiempo.

Antonio Machado publicó en 1936 una de las grandes obras de la filosofía española: Juan de Mairena. Presentado humildemente como conjunto de “sentencias, donaires, apuntes y recuerdos de un profesor apócrifo”, el libro es un análisis brillante del mundo moderno a la vez que un elogio del magisterio. “Hemos aprendido mal”, dice, “muchas cosas que los maestros nos hubieran enseñado bien”. Nadie aprende solo a atarse los cordones de los zapatos.

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