ENTREVISTA | Andrés Felipe Solano

Crónica de una epidemia apenas anunciada

En el ensayo ‘Los días de la fiebre’ Andrés Felipe Solano reconstruye la respuesta a la covid-19 en Corea del Sur

El escritor colombiano Andrés Felipe Solano, en Seúl en 2015.
El escritor colombiano Andrés Felipe Solano, en Seúl en 2015.Taeyoung Park.

“Como un animal dormido por los años, nuestros miedos más primitivos empiezan a despertar y apenas nos damos cuenta (...) Aquí nadie quiere poner en su boca la palabra virus, con su sabor a colchón húmedo, tizones quemados y lejía”. Con reflexiones así, confesiones y detalles solo en apariencia nimios va Andrés Felipe Solano (Bogotá, 42 años) tejiendo Los días de la fiebre (Temas de hoy), un testimonio literario a medio camino entre la crónica periodística de largo aliento, el diario y el ensayo que narra los meses de zozobra en los que el coronavirus se expandió por Corea del Sur y cómo el país fue capaz de aplacarlo. “Nunca he llevado un diario. Me parece fatigante, prefiero olvidar y tratar de recordar a llevar un registro minucioso de mi vida. Sin embargo, en 2013 escribí algo parecido a un diario bajo el título Corea, apuntes desde la cuerda floja. Con el tiempo entendí que este tipo de escritura me era útil en caso de emergencia”, cuenta el autor desde Seúl, donde vive desde hace siete años.

Lo que nos recuerda este último virus es que la pugna entre superstición y avances científicos está en el centro de la experiencia humana

Los días de la fiebre es un breve artefacto literario con el que Solano narra cómo se vacían las calles y la gente se confina sin una orden del Gobierno, cómo surge una aplicación para cada cosa, cómo el extremismo religioso ayuda en secreto a la propagación del virus, cómo una sociedad preparada para una guerra en cualquier momento contra los vecinos del norte tiene más predisposición a hacer lo que sea necesario. ¿Cómo se logra un tono tan particular en un libro como este, literatura de emergencia sobre una crisis en curso? “La verdad es que fue escrito en tan poco tiempo y en circunstancias tan extrañas que no tuve tiempo para hacerme la pregunta por el tono y el estilo. Lo único que sé es que cuando escribí el final del primer mes me dije que debería seguir ese camino. Si podía hilar copos de nieve, infectados y faisanes en un mismo párrafo el libro tendría sentido”.

Por su secretismo, su rechazo de la ciencia y su extensión por distintos puntos del país, la secta evangelista Sincheonji fue clave a la hora de propagar el virus en los primeros meses del año. Hasta que se descubrió. “A menudo pienso en la paciente 31, la súper propagadora de Shincheonji. Sin ella, es posible que el virus se hubiera esparcido silencioso y habría sido muy difícil atajarlo, como ha pasado en otros países. Pero también es cierto que Corea estaba preparada. Es tan simple como eso”, afirma Solano para explicar el éxito del modelo de su país de adopción. El miedo, el poder de lo irracional y su lucha contra la ciencia están también presentes en este relato de poco más de 120 páginas. “Quizás lo que nos recuerda este último virus, como cualquier plaga conocida y por conocer, es que la pugna entre superstición y avances científicos está en el centro de la experiencia humana. Me parece que la diferencia fundamental es que ahora el dinero está en el centro de ese pulso y si no nos damos cuenta, también se tragará el futuro”, sostiene.

Me pregunto de dónde habrá salido esa frase tan tonta de que los ojos son el espejo del alma

Los coreanos viven una vida controlada y monitorizada, en la que sus interacciones van dejando rastro digital, al igual que ocurre un poco en cualquier sitio, defiende Solano. “Sinceramente, cuando leo ese tipo de cosas que infieren que aquí estamos todo el tiempo con un dron encima, pienso si acaso Occidente no estará proyectando todos sus miedos, sus fantasías y oscuros deseos en Oriente”. Sin embargo, la pregunta es inevitable. ¿Hasta dónde puede llegar un gobierno? “En caso de que alguien pueda resultar contagiado y morir, que no sea posible sacrificar algo de privacidad me parece un total despropósito. Quizás la gente se imagina que los investigadores epidemiológicos se van a meter a sus teléfonos a comprobar si tienen fotos desnudos o a leer las quejas sobre padres y amigos a los que odian en secreto. Y no. Es como si a los bomberos no se les dejara entrar mientras la casa se quema”, responde.

Solano escribió este libro desde el apartamento donde vive con su mujer, medio confinados, pero salió a la calle, miró a la gente, a los trabajadores de un restaurante que no ha cerrado, a un sin techo, a quienes se cruzaron con él y habían cambiado su mirada bajo la máscara. “Extraño las narices y las bocas. Me pregunto de dónde habrá salido esa frase tan tonta de que los ojos son el espejo del alma”, reflexiona. Y, de nuevo, de una página a otra, de lo cotidiano a lo geopolítico. Durante la crisis, las dos Coreas se acercaron de manera simbólica, cuenta el autor colombiano. “Se tocaron por segundos, con casos como la intervención del gobierno para racionar las mascarillas, pero más allá de eso viven de espaldas”.

“En estos momentos no hay nada más triste que un novelista especulando sobre el futuro”, mantiene en un momento del libro. ¿Cómo se siente en esta situación un escritor que cuenta un presente que será pasado reciente para el lector? “Ansioso al pensar que ese pasado se derrumbará sobre el presente. Otras veces solo con ganas de meter los pies en un arroyo y poco más”, responde Solano como si estuviera escribiendo la última página del libro del virus.

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