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Acantilado, 20 años en exquisito rojo y negro

La editorial, con 950 títulos, se afianza como una de las más refinadas de España

Sandra Ollo, junto al pastel de cumpleaños de Acantilado y Quaderns Crema.
Sandra Ollo, junto al pastel de cumpleaños de Acantilado y Quaderns Crema.

Quizá para conjurar el vértigo del nuevo proyecto, el editor Jaume Vallcorba pareció ir al todo o nada: en el nombre (Acantilado); el logotipo (un hombre lanzándose en perfecto plongeon vertical); los colores (negro azabache y “rojo Ferrari”, como le llamaba, amante de los coches deportivos); papel italiano y de acidez neutra y duradera; tipografía estudiada; volúmenes cosidos… No podía haber medias tintas en quien iba a publicar o a relanzar en 1999 a autores mayormente semidesconocidos centroeuropeos como Joseph Roth, Stefan Zweig o al Imre Kertész antes de ser Nobel; o las 1.736 páginas de los ensayos de Montaigne según una edición de 1595; o las memorias del arquitecto de Hitler, Albert Speer; o una biografía de Beethoven, de Jan Swafford, de millar y medio de páginas. Dos décadas después, el sello, hermano pequeño del catalán Quaderns Crema (que cumple ahora 40 años), no solo sobrevive al salto sino que pasa por ser uno de los más refinados de la edición española. Y hasta vende.

Con El destino de la literatura, de Michael Pfeiffer, ensayo-encuesta sobre la materia que era todo un manifiesto de intenciones, arrancaba una editorial que, 449 autores después, su catálogo se antoja la mirada del típico ilustrado del XVIII. “Ese espíritu, que era un poco el del propio editor, alentaba, y aún lo hace hoy, Acantilado: publicar todo aquello que permita cómo entender el mundo, lo científico, lo literario, lo artístico, lo musical; todo alimenta el mismo espíritu”, asegura Sandra Ollo (Pamplona, 1977), que tras el fallecimiento de Vallcorba (2014) lleva las riendas de la editorial a la que llegó en 2008.

“Es una reacción al abandono, por parte de las editoriales, del lector exigente”, justificó Vallcorba el nacimiento de Acantilado. En realidad, era su segundo intento de saltar al castellano, tras la creación de Sirmio, en julio de 1987, que publicó 84 títulos. “Me dijo que quizá no se lo creyó entonces lo suficiente y que el nombre no era bueno, pero fue el azar del ambiente del momento porque hubo títulos, como los de Roth o los primeros libros de Javier Cercas, que luego se replicaron en Acantilado y sí se vendieron”, fija Ollo. “Los dos proyectos salieron de la misma cabeza: mirada europeísta y clásicos y contemporáneos en diálogo armónico, que casen tan bien que el lector ni aprecie esos saltos”.

Ese lector exigente se mantiene, cree Ollo, a pesar de los tiempos contrarios a la lectura: “Es un numerus clausus, tiene un crecimiento vegetativo; ocurre que creímos que con la democracia la cultura tendría un auge y una capilaridad que no han fraguado; o sea, seguimos con los happy few”. Su retrato pasa por “gente curiosa, no académica necesariamente, aunque tenemos bastantes, con un punto sofisticado, refinados de alma y espíritu y los suficientemente abiertos para fiarse de nosotros y leer a un autor del que ni siquiera saben pronunciar su nombre; hemos creado un público”, dice, quizá pensando, por ejemplo, en el hilarante novelista polaco Slawomir Mrozek o en el poeta polaco Adam Zagajewski, hoy premio Príncipe de Asturias 2017. Una audiencia suficiente, en cualquier caso, para publicar cada año unos 40 títulos (con tirada inicial de 2.500 ejemplares), y, sobre todo, entre 80 y 100 reimpresiones del fondo editorial, que permiten que Acantilado-Quaderns Crema abone 13 nóminas cada mes.

Sostenía Vallcorba que, por las noches, sus libros se movían y dialogaban entre sí, todo un reto en un catálogo que va de la Nobel ucraniana Svetlana Aleksiévich de El fin del ‘homo sovieticus’ al austríaco Zweig de El mundo de ayer o de Momentos estelares de la humanidad (el best-seller de Acantilado), pasando por la británica de origen nigeriano Helen Oyeyemi de Lo que no es tuyo no es tuyo. “Es clarísimo: los dos primeros son descriptores de una época que denuncian; Oyeyemi, pese a su juventud, tiene una formación clásica apabullante, que reinterpreta, como se ve en su El señor Fox... En los tres casos, dan claves de cómo vivir en el tiempo que nos toca y esa era una mirada de Vallcorba que conmigo no cambia: podrá haber más coqueteos con algún tema, quizá en lo musical, pero la esencia no ha variado: son siempre libros de compañía íntima para hoy”.

El peso en Acantilado de la literatura y del ensayo (dominante en toda la editorial) del centro y Este de Europa (facilitado por el dominio del alemán del fundador y sus intercambios con editores de almas gemelas como Joachim Unseld, hijo del mítico editor de Suhrkamp, Siegfried Unseld) residía en la creencia de Vallcorba de que publicaba la cultura que el continente tenía en común y ayudaba a su construcción. Quizá un eurocentrismo a los ojos de hoy que Ollo cree que se ha reorientado: “Esa mirada ya ha evolucionado en Acantilado: se difundió una literatura, la que estaba tras el muro de Berlín, que se desconocía o se olvidó; hoy las fronteras de Europa, internas y externas, se están refundando y Europa es ya una manera de entender la realidad, no un territorio; en esa línea, tan europeo es el israelí Itamar Orlev como Montaigne”, sostiene. “El norteamericano Teju Cole escribe Ciudad abierta con un sinfín de metrópolis en la cabeza, también europeas; ya no te importa saber dónde ha nacido un autor; este es el mundo de hoy”, remacha quien ha publicado el estremecedor La gran hambruna en la China de Mao, de Frank Dikötter: el acantilado al que se sigue asomando Acantilado. Por eso tampoco le preocupa la presencia minoritaria de autores españoles en el catálogo de un sello que no tiene consejo editorial, si bien sí “amigos de la casa con los que intercambiar reflexiones” como Rafael Argulloll o Ramón Andrés, a la sazón autores.

Ollo no piensa en vender Acantilado-Quaderns Crema, “al menos por ahora y mientras haya salud, ganas e ideas”, pero ve con inquietud el sector: “Cada vez es más difícil ser una editorial independiente de cierto tamaño; pugnar por los autores con los dos grandes grupos y sus sellos se complica”, asume, con el recuerdo histórico de la pérdida de Kertész tras el Nobel. Pero el fondo de Acantilado es grande (más de 950 títulos) y para estandarte escogería Los ensayos de Montaigne: “Es imposible si vives en este mundo que no te sientas amigo de él; no hay texto que no te apele; toda circunstancia humana está ahí”. Como en el vertiginoso catálogo en rojo y negro.

Ollo no piensa en vender Acantilado-Quaderns Crema, “al menos por ahora y mientras haya salud, ganas e ideas”, pero ve con inquietud el sector: “Cada vez es más difícil ser una editorial independiente de cierto tamaño; pugnar por los autores con los dos grandes grupos y sus sellos se complica”, asume, con el recuerdo histórico de la pérdida de Kertész tras el Nobel. Pero el fondo de Acantilado es grande (más de 950 títulos) y para estandarte escogería Los ensayos de Montaigne: “Es imposible si vives en este mundo que no te sientas amigo de él; no hay texto que no te apele; toda circunstancia humana está ahí”. Como en el vertiginoso catálogo en rojo y negro.

Quaderns Crema: 40 años y un desengaño

Edicions 62 acaparó en los años 60 las nuevas generaciones que tomaban el poder cultural y literario en catalán; y la modernidad de neón y diseño de los 80 y principios de los 90 recaló en el sello Columna que capitaneaba Miquel Alzueta; pero la verdadera revolución literaria catalana fue patrimonio, casi desde su nacimiento, en 1979, de Quaderns Crema, la editorial de un Jaume Vallcorba que en poco tiempo trabajó en su catálogo nombres hoy fundamentales de las letras catalanas como Quim Monzó (su El perquè de tot plegat es el más vendido del sello), Sergi Pàmies y Ferran Torrent, que acabarían ayudando a crear un público y casi una escuela literaria. Lo hacían desde elegantes y muy visibles -pero ‘sucias’, según los libreros- portadas blancas ilustradas con estampaciones de colores vivos y planos. Algo tan rompedor y chocante como la otra gran pata inicial de la editorial, escritores de la primera vanguardia, todo en ediciones cuidadísimas que heredó Acantilado, y que explican, con los años, desde la obra completa de J.V. Foix a la reivindicación de Francesc Trabal o a la de Eugeni d’Ors; o unas casi filológicas Les poesías d’Ausiàs March, título con el que se estrenó el sello junto al poemario El preludi, de Antoni Marí.

Ramon Solsona, Francesc Serés y Pere Guixà serían algunos de los últimos grandes nombres de la cuádriga Quaderns Crema, que empezó a aflojar en su producción y su peso específico coincidiendo con los esfuerzos (y los éxitos) de un Acantilado al alza, si bien para Sandra Ollo la razón fue otra: “Vallcorba se desanimó, tuvo un desengaño porque entendió que el público que había logrado atraer a la lectura en catalán se había malversado, que la evolución de las circunstancias políticas y sociales lo habían destrozado, especialmente a partir de la política cultural de la Generalitat con el apoyo genérico, que subvencionaba automáticamente la publicación del cualquier libro en catalán”. También lamenta que se acuse a Vallcorba de desafecto: “Era un conocedor y un enamorado de la lengua y la literatura catalanas; por ahí no puede haber la más mínima sospecha”.

Son casi 302 autores y cerca de 700 los títulos publicados desde los inicios, ahora a razón de una decena al año tras una reestructuración de líneas. Y así afloran desde Dante, Poe o Dorothy Parker, a Kafka y Zweig, si bien sorprende el escaso trasvase de ediciones de Acantilado a Quaderns Crema: “La doble edición es insostenible en catalán por las ventas; contrariamente a lo que suele decirse, el lector en catalán no es tan sofisticado en sus gustos; los happy few aquí, a escala, son los que son”. Pero asoman brotes verdes de los viejos tiempos, como Pol Beckmann, una de las contadas apuestas de la editorial en los últimos años por nuevos nombres catalanes y que con su debut, Novel·la, ya ha obtenido el Premio Llibreter de este año.

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