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Devendra Banhart: “Mi familia en Venezuela lo está pasando apocalípticamente mal”

El músico habla en esta entrevista de su disco 'Ma', de hacerse mayor y de su angustia por la situación en el país donde creció

El músico Devendra Banhart, en una presentación en septiembre pasado en Dana Point, California.
El músico Devendra Banhart, en una presentación en septiembre pasado en Dana Point, California.

Hay una combinación de influencias extraña que explica Ma, el nuevo disco de Devendra Banhart (editado por Warner). No son solo musicales, que vienen a ser de nuevo sus mitos del folk psicodélico y que forman la atmósfera personal y envolvente que caracteriza su música. Son influencias vitales y filosóficas, cosas que han pasado en los cinco años que lleva viviendo en Los Ángeles, California. Está el budismo. Está el acercarse a la cuarentena y tener la sensación de que su vida está entrando en otra etapa. “Y, todo el tiempo, la situación en Venezuela”.

Banhart, nacido en Houston y criado en Caracas, fue a Venezuela por última vez hace dos años. “Yo pensaba que la cosa no se podía poner peor que cuando estuve allí y es diez mil veces peor”, arranca, sin esperar ninguna pregunta al respecto. Allí están su hermano, sus tíos y sus primos. “Lo están pasando apocalípticamente mal”, dice mientras se hunde la cabeza en las manos. Viven con la “espada de Damocles” de tener que marcharse en cualquier momento si la situación se vuelve violenta. “La diáspora sigue creciendo. Se van dos mil personas al día de Venezuela. Todos los días. Dentro de poco habrá una comunidad de venezolanos en Namibia”.

“Imagina que tienes que irte de tu casa en una hora con lo que puedas meter en un bulto. No vas a ver de nuevo a tus amigos, a tu familia, no volverás a ver tu casa. Y vas a un lugar que no te quiere. El resto del mundo no quiere dos mil personas al día. Ni Ecuador, ni Colombia, ni España, que son increíbles, los amo, gracias por aceptar a los venezolanos. Pero los venezolanos no quieren irse y el resto del mundo no quiere ese montón de gente. Esto es una crisis de verdad”. Antes de seguir, pide perdón por haberse emocionado y se seca las lágrimas de los ojos. “Y si tratas de ayudar no se puede. Es como… it’s a fucking disaster, man”.

La entrevista con Banhart es en un bar de Sunset Junction, cerca de donde vive. En lo personal, su momento vital a los 38 años se resume así: “Sé que no sé más. Sé más que no sé. Estoy más seguro de mi inseguridad. Me siento como si acabara de llegar a un país nuevo que se llama ‘una generación más vieja'. Ya hay como tres generaciones detrás de mí. Yo fui joven por mucho tiempo. Ahora soy como un viejito joven. Soy un nuevo viejo. Así se siente. Siento que me estoy pudriendo más. Mi cuerpo se está pudriendo. Soy más consciente de la falta de permanencia”.

Su actitud en este momento es “ser más honesto en mi ingenuidad”. “Soy muy naif y lo sé. En la manera en que vivo, en la manera en que soy políticamente y en la manera en que escribo. Cuando era joven quería enseñar que era súper sofisticado. Ya no me siento tanto así. Al mismo tiempo, hay algo de ego en esa sensación de que no me queda mucho por hacer. Hay una parte de ego en no tener ego”.

El momento político lo define Venezuela. El momento personal lo definen las canas de la barba, el fin de las certezas y los amigos que empiezan a tener hijos. En lo estrictamente musical, la historia del nuevo disco de Devendra Banhart, Ma, comienza en la sala de meditación de uno de los templos budistas más antiguos de Kioto, con una hora para grabar y la presión de un canutillo de madera que cae por el peso del agua cada 10 minutos y hace toc. “No había paredes. Está abierto a un bosque. Ese sonido de madera está diseñado para regresarte al momento cuando estás meditando. Es lo peor del mundo para grabar porque no lo puedes parar. Después lo aceptamos. Vimos cómo se estaba borrando la línea entre fuera y dentro. Era muy interesante”.

Aquella experiencia se trasladó a un pequeño pueblo del norte de California, en “una caseta mirando al Pacífico”. “El disco se llama Ma porque es una palabra filosófica japonesa que significa espacio. La esencia de este vaso de aquí es el espacio”, dice, frente a un vaso de whisky japonés. “La esencia de una canción no son solo las notas, es el espacio entre las notas”.

Banhart sigue oyendo sus clásicos, afirma cuando se le pregunta si tiene música nueva entre sus influencias. “Sigo oyendo a Vashti Bunyan, a Harold Budd y a Laurie Anderson, especialmente. Laurie es el último arquetipo de artista. En cuanto a cosas contemporáneas, me encanta Cate Le Bon, Jana Hunter, Josephine Foster, Joanna Newsom, White Fence, Helado negro. Hay mucha gente nueva que me inspira”.

Luego habla de Cuco, un fenómeno muy de Los Ángeles. Un chico latino que hace música en su casa y la sube a la red. Un ejemplo de cómo música radicalmente artesanal y personal como la de Banhart llega a su público sin problemas en medio de los éxitos pop. No cree que haya un redescubrimiento de los artesanos como él, es más bien que algo ha cambiado en la última década. “Mi interpretación es que no nos importa tanto el género. A la gente que oye música le importa el sentimiento, la honestidad que viene con la música. Nos importa la voz, la verdad, el individuo y qué está expresando, más que el género. Antes eso estaba más dividido. A la gente le gustaba un tipo de música y esa era su identidad. ¿Cuál es tu música favorita? Esa era una pregunta. Ya no se dice tanto. La gente está descubriendo que lo más interesante es la voz individual, los artistas que están abiertos a todo tipo de géneros y épocas y saben cómo filtrarlo. La contracultura tampoco existe ya en la música. Todo ha sido equilibrado. Hay millones de comunidades. El mundo se ha convertido en Los Ángeles. Miles de comunidades conectadas por una autopista”.

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