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Eamonn Doyle mastica y regurgita Dublín

El fotógrafo irlandés presenta en la Fundación Mapfre un recorrido por su breve obra, en la que se pregunta por las texturas de la identidad de una ciudad

Una de las fotografías de la exposición de Eamonn Doyle en la Fundación Mapfre, en Madrid
Una de las fotografías de la exposición de Eamonn Doyle en la Fundación Mapfre, en Madrid

Eamonn Doyle nació en Dublín en 1969. Estudió pintura y fotografía y lo abandonó todo por la música electrónica. En 1994 fundó D1 Recordings, creó el Festival de Artes Electrónicas de Dublín y en 2011 se cansó de la industria musical, se compró una cámara fotográfica y salió de su casa, en el centro de la capital irlandesa. Abandonó su reducido mundo para encontrarse con la calle, con los retazos de una vida inabarcable. Unas sandalias, un vaso de plástico vaso, un suéter naranja, una chaqueta de punto, una bolsa de plástico que rebosa del cubo de basura, mucho hormigón y acera. Eamonn Doyle hace picadillo la realidad hasta dejarla en texturas, formas y gestos para tratar de entender el proceso de construcción de la identidad de una ciudad y de sus vecinos.

Esa es una parte de las 153 fotografías, cinco foto-libros y una vídeo-instalación de nueve pantallas que se pueden ver en la exposición retrospectiva dedicada a Doyle, en la Sala Bárbara de Braganza (Madrid) de la Fundación Mapfre. Como apunta el comisario Niall Sweeney, este es un recorrido por “las fuerzas visibles e invisibles que nos empujan a todos”.

La primera serie que recibe al espectador se titula i, grandes copias de más de dos metros de altura de retratos robados a personas -convertidos en personajes de Samuel Beckett- con las que se cruza alrededor de su casa. Son sus vecinos y los juzga desde un picado que hace de ellos unos gigantes débiles repletos de descuidos que salen a la luz bajo la inquisidora mirada de Doyle: cuellos de camisa sudados, caspa en las hombreras, cardados perfectos, peinados alborotados, trajes raídos, zapatos sucios y la vejez como anacronismo de la ciudad. Como decenas de godots al final de su espera en un entorno hostil y dramático.

“Cuando pintas tienes el lienzo en blanco, pero cuando fotografías, hay un lienzo repleto de cosas y de lo que se trata es de ir quitándolas”, cuenta el fotógrafo al que le gusta comparar su actividad creativa múltiple. Esa mirada desviada y tan poco fotográfica tiene una excepción: la serie ON. Vistas en blanco y negro, de frente y en contrapicado. “La piel y la ciudad parecen haber sido esculpidas en el mismo hormigón denso y granulado que pulula alrededor de la superficie de las copias. La dura luz de Dublin sopla desde el futuro y todos se preparan contra ella”, escribe el comisario en el catálogo. Niall Sweeney conoció a Doyle en la universidad y desde entonces han permanecido unidos en sus proyectos, incluso en la primera exposición fotográfica de Eamann, en los Rencontres d’Arles de 2016. Las fotos de “ON” es lo más cercano que ha estado Doyle del reporterismo o de la fotografía documental. Sus personajes tienen rostro y miran a la cámara, pero no hay ni rastro de clemencia. Son tan duros como el fondo que les acompaña.

Estos encontronazos con la identidad del barrio y la ciudad, en color y blanco y negro, le devolvieron la vida entre 2013 y 2015, de los que han salido hasta tres libros. Una trilogía de Dublín. Todo reventó y se aceleró cuando Martin Parr opinó del primero de ellos que era “el mejor libro de fotografía de calle que había visto en una década”. Eamonn sigue viviendo en su casa de Parnell Street y clasificando cualquier alteración de su entorno, aunque renegando de lo noticioso. Buena muestra de ello es la serie “End”, de la que hablamos antes, con sus pinceladas de un todo inabarcable.

La parte alta acaba con “State Visit”, una selección de las miles de fotos que hizo a la ciudad días antes de la histórica visita de la reina Isabel II, en 2011. Doyle documenta cientos de tapas de alcantarillas, todas ellas encontradas a lo largo de las mismas calles del centro de la ciudad que parecen en la posterior trilogía de Dublín. “Las mismas calles donde se había luchado por la independencia de Irlanda”, señala el comisario. “Las tapas están marcadas con pintura amarilla o blanca para indicar que han sido revisadas por las fuerzas de seguridad, y para revelar cualquier otra manipulación”, añade. Son marcas con garabatos, estrellas, siluetas de llaves inglesas, marcas de la autoridad. El piso superior se remata con el vídeo con música de David Donohoe y textos de Bob Quinn. En el inferior, Doyle ha incluido un recorrido extraño al resto de su corta obra, fruto de la muerte de su madre. Son figuras con mortajas en el paisaje, “como velas azotadas por el viento”, dice el propio fotógrafo, que incide en que se trata de “una meditación sobre el duelo”.

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