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Cómo llegar al ‘follower’ 100

“¿Sabes cómo se estropea la maravillosa tensión sexual no resuelta? Resolviéndola”

MIGUEL ÁNGEL CAMPUBRÍ.
MIGUEL ÁNGEL CAMPUBRÍ.

Elisardo Bastiaga (99 followers en Instagram) estaba leyendo la entrevista de la contra de EL PAIS, concretamente el momento en que el chef Quique Dacosta recuerda que en Japón no es una falta de respeto dormirse en las reuniones, cuando recordó que España sigue sin gobierno. “Todo está en la página menos pensada”, dijo.

Bastiaga se alojaba en el piso de sus padres de Sanxenxo, con ellos dentro, y aún no se había hecho una sola foto para Instagram porque, dijo, esperaba “el momento”. Bastiaga aguardaba a que el mundo le ofreciese las condiciones de su selfi como un surfista mirando al horizonte espera la gran ola.

El día en que decidió subir su primera foto en vacaciones, Bastiaga parecía haber bajado a la playa tras ver tutoriales en Youtube de cómo se bajaba en Sanxenxo a la playa en 1987. Una camiseta apretada de Fido Dido, un bañador Mistral estampado y la toalla amarilla y negra de Cacaolat, estrechita, perfectamente doblada sobre el hombro derecho. “Perdón por hacerte esperar, estaba hablando con Carmen Calvo”, dijo. Tras leer el periódico y hacer sus observaciones (“Lo del PSOE y Podemos es tensión sexual no resuelta. ¿Sabes cómo se estropea la maravillosa tensión sexual no resuelta? Resolviéndola. Así que habrá elecciones. Porque sin sexo hay tensión y con sexo, guerra), sacó el móvil del bolsillo como una espada láser: tocaba actualizar Instagram.

Había estudiado las mareas, los vientos (ese día, componente este), el encuadre de la foto (Bastiaga hacía un cuadrado con las manos y lo movía por el aire como si fuese una cámara; a veces se hacía un lío con los dedos y parecía un aliado por el pueblo adelante) y la mejor hora de sol, la luz que le daría el brillo suficiente, eterno, para conseguir el follower 100. Supuse que habría pasado la noche sacándole brillo a sus palos selfi como Björn Borg midiendo la presión de sus raquetas y eligiendo, sin fortuna ninguna, su vestuario. Ojalá su madre, de 82 años, le hubiese dejado la ropa instagramera lista como me dejaba a mí mi madre de pequeño la del día siguiente para ir al cole, ojalá, de verdad os lo digo, porque si no lo hizo, desde luego lo pareció.

Bajamos a la playa petada con una solemnidad espectacular, como quien entra en un estadio y una vez en la arena se puso a saludar exageradamente a izquierda y derecha, no sólo agitando las manos, que bastaría, sino a los gritos, tanto que tardé veinte minutos en comprender que no saludaba a ni Dios, sólo estaba generando hype sobre él. En ese momento seguro que ya tenía 96 followers. Una vez encontrado un sitio en donde dejar la toalla, tras numerosos estudios sociológicos y topográficos, se sentó y dijo que la mejor hora de sol para hacerse la foto eran las 21.16 y, según la aplicación WhenToPost, la mejor hora para colgarla era a las 21.10. “Vamos a tener que hacerlo a toda hostia”, dijo. “Son pocos minutos, igual basta meter el pie en un agujero negro”, comenté. “A toda hostia”, insistió sin hacerme caso. Ya estaba en trance de influencer.

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