Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
EL CORREO DEL ZAR COLUMNA i

El rastro del leopardo lleva a Treetops

Una visita al legendario hotel arbóreo en el corazón de las salvajes montañas Aberdare de Kenia

Una imagen del Treetops original, en los años treinta.
Una imagen del Treetops original, en los años treinta.

Llegué el otro día a Treetops, el legendario hotel arbóreo en el corazón de las montañas Aberdare, en Kenia, casi por casualidad. Habíamos salido a buscar un leopardo (que es sin duda mejor plan que una rueda de prensa) para que lo retrataran tres fotógrafos a cual más aventurero y fogueado, y de repente el guía y conductor, que llevaba días oyéndome pacientemente hablar de Treetops, tomó un desvió en el laberinto de caminos en la maleza y nos llevó hasta allí. Pasábamos a la sazón unas jornadas de pura maravilla en las Aberdare, que no solo están llenas de animales, incluido el esquivo bongo, y de bellezas paisajísticas como las cataratas Karuru, un lugar en el que es fácil enamorarte, o la visión del monte Kenia allá a lo lejos coronado de nubes, sino que guardan historias sensacionales. Fueron las Aberdare uno de los baluartes principales de la rebelión del Mau Mau, la guerrilla anticolonial (que no sé cómo ha llegado a ser uno de mis principales temas de conversación con Javier Marías), y escenario de combates durante la Emergencia. Y en estos parajes el famoso cazador James Hunter acabó con la carrera del así llamado “el elefante furioso de las Aberdare”, un paquidermo hosco y resabiado que tenía aterrorizada la zona.

A mis compañeros fotógrafos el que nos desviáramos a Treetops, y sin desayunar, no les hizo ninguna gracia (“si estamos a leopardos estamos a leopardos”, sentenció Fernando Moleres), pero como llevaba días soportándoles los empujones, los pisotones y los golpes con los teleobjetivos y el que casi se nos metiera un león en el coche en Masai Mara, tuvieron que aguantarse. Para mí fue un momento irrepetible, el cumplimiento de un sueño de infancia. Uno de los primeros recuerdos de lector que tengo es el de la historia sobre Treetops en un libro de miscelánea juvenil que era uno de mis tesoros de niño. Un hotel africano en un árbol rodeado de selva y de animales salvajes es algo que te enciende para siempre la imaginación. Que existan sitios así es lo que te hace salir de casa. La vida ha sido muy generosa conmigo y me ha permitido cumplir muchos de mis grandes anhelos (también de mis temores, como el de que casi se me meta en el coche un león), pero quizá ninguno tan simbólico como llegar una húmeda mañana de lunes inesperadamente a Treetops. Que haya tenido que hacerlo con los impacientes Fernando, Cecile y Sergio, un curtido fotógrafo italiano penado a llevar el apellido Ramazzotti, es un peaje más que aceptable, aunque lo suyo hubiera sido llegar con Alan Quatermain y Tarzán o con Fernando Savater y Javier Reverte.

Elefantes junto al Treetops moderno.
Elefantes junto al Treetops moderno.

Treetops ha cambiado mucho desde lo que contaba mi viejo libro. Básicamente porque el hotel original lo quemaron los Mau Mau en 1954 no solo al parecerles un odioso símbolo colonial (es sabido que la reina Isabel II estaba pernoctando en sus ramas cuando murió su padre y heredó el trono, lo que dio pie al famoso comentario de Jim Corbett, luego hablamos de él, de que por primera vez en la historia una joven había subido a un árbol princesa y había bajado reina), sino porque en su lucha contra los guerrilleros lo habían utilizado como atalaya tropas de los King’s African Rifles.

Treetops abrió como un original mirador y poco más que una casita en un árbol (un enorme mugumo, una higuera) en 1932, construido por el mayor Eric Sherbrooke Walker para su mujer Lady Bettie. Lo utilizaban como un aventurero complemento del hotel que poseían en la cercana población de Nyeri. Inicialmente solo tenía dos habitaciones y un aire como de machan, la típica plataforma de caza. La edificación, y esta era su gracia, arrojaba estupendas vistas sobre una charca que frecuentaban animales de todo tipo. El lugar se puso de moda y la gente con posibles se pirraba por alojarse allí y tomarse un gin-tonic o un scotch contando búfalos o elefantes.

Cráneo de búfalo en la zona de picnic de Treetops.
Cráneo de búfalo en la zona de picnic de Treetops.

El pináculo de la fama de Treetops, que ya había ampliado instalaciones, fue la visita en 1952 de Isabel durante una gira oficial en la que su marido Felipe de Edimburgo jugó un partido de polo en Nyeri y la escolta y los guardaespaldas temblaban ante la posibilidad de un ataque del Mau Mau a la pareja. Corbett, el famoso cazador de felinos devoradores de hombres en la India y que, tras jubilarse, vivía retirado en la misma Nyeri, retomó su rifle y acompañó a la princesa a Treetops, sorprendiéndole el coraje de la chica al pasar ante unos elefantes en must, en celo, camino del hotel (lo cuenta en su última obra, el librito Tree Tops, Oxford, 1955, con preciosos dibujos). El viejo matador del leopardo de Rudraprayag pasó toda la noche en vela aferrado a su arma erigido en protector de su princesa, con la que había compartido la visión de dos antílopes acuáticos (waterbuck) peleándose sangrientamente.

Tras quemarlo el Mau Mau, ya sin la princesa dentro, y mira que les habría gustado, Treetops fue reconstruido enfrente de su ubicación original, respetando la idea pero aumentando la edificabilidad, por así decirlo, y dotando al complejo de mayores comodidades. Chaplin, Joan Crawford, Lord Moumbatten, Paul MacCartney y el creador de los denostados boy scouts Baden Powell (que residía en Nyeri) se cuentan entre los visitantes del hotel, a los que desde ahora yo me sumo.

La lucha contra el Mau Mau y la caza del  peligroso elefante de las Aberdare por John Hunter sazonaban el viaje

Mi visita fue rápida pero no estuvo exenta de emociones e incluso de peligro. Apenas descendido del todo terreno en la entrada del hotel, le di la vuelta al edificio y corrí hacia la gran charca frenando al instante al oír el estrépito de una manada de búfalos que arrancaban al galope alarmados por mi irrupción en la plácida mañana. Me quedé embelesado (aunque me temblaban un poco las piernas: los búfalos son animales muy peligrosos) admirando la estampa de Treetops recortado contra el cielo de África y mis sueños. No sé cuánto tiempo pasé así, tratando de fijar cada detalle, hasta que los fotógrafos vinieron a por mí. Incluso a ellos, escépticos y descreídos por naturaleza, parecía afectarles el aura del lugar. Más aún porque en un bosquecillo al lado descubrimos lo que parecía un santuario del Mau Mau del que acabaran de marcharse los hombres leopardo y el general Gatunga. Un rotundo cráneo de búfalo de enormes cuernos se alzaba en una especie de altar y era imposible no recordar las ceremonias de magia negra del ala más radical del movimiento y películas como Simba, la lucha contra el Mau-Mau o Sangre sobre la tierra. Aunque en realidad, estadísticamente, si algo había que temer mucho en aquellos tiempos era ser kikuyo y toparte con las patrullas mandadas por los sádicos oficiales británicos conocidos como Kiboroboro, el Matador, o Warurungana, el Cosechador, que asesinaban, violaban y castraban a tutiplén (véase Imperial reckoning, de Caroline Elkins, Heny Holt, 2005).

La exhibición de cráneos de búfalo continuaba en los bajos del hotel, donde se expone uno montado como trofeo y una placa en la que se indica que el ejemplar fue ¡matado por un león! el 8 de abril de 1980, a la vista de los clientes. También se muestran los blanqueados huesos de un elefante. El actual Treetops es como un rústico edificio de pisos chapado en madera, un mamotreto que hace tiempo que perdió la gracia del hotelito con veranda en la copa de un árbol. Pero cuando le miras las entrañas desde abajo hay un montón de postes de madera que lo sustentan como un inmenso palafito y remiten al original. En el interior, al que se accede por una serie de rampas, un espíritu romántico sabrá captar los recuerdos de otros tiempos, lo que queda del mobiliario antiguo, las fotos, la suite Princess Elizabeth, las ramas que se cuelan por las paredes y suelos, y, claro, las vistas a esa charca a la que sigue acudiendo la espectacular fauna africana, los elefantes, los rinocerontes, los búfalos... Me dijeron que hay una pequeña biblioteca que atesora libros sobre el lugar, pero no supe encontrarla: la historia se disuelve rápidamente en estas tierras. Regresamos al coche con prisas por seguir buscando nuestro leopardo, pero aunque la visita había sido muy breve y llegaba medio siglo tarde, yo ya tenía mi gran regalo de África.

 

Se adhiere a los criterios de The Trust Project Más información >