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TIPO DE LETRA COLUMNA i

Estetizar la política

La proyección de los papeles de Bárcenas en la Plaza Mayor de Madrid recuerda a los trabajos del artista polaco Krzysztof Wodiczko

Proyección de Krzysztof Wodiczko en el Arco del Triunfo de Moncloa, en Madrid, en 1991.
Proyección de Krzysztof Wodiczko en el Arco del Triunfo de Moncloa, en Madrid, en 1991.

El sábado pasado la Plaza Mayor de Madrid anocheció con una proyección en la fachada de la Casa de la Panadería: los papeles de Bárcenas. Muchos se preguntaron: “¿Quién ha hecho esto?” Algunos aventuramos una respuesta: Rogelio López Cuenca. ¿Por qué? Porque el martes anterior había inaugurado una retrospectiva en el Reina Sofía. Lo único que no cuadraba era la frase añadida —“Que no vuelvan”—, poco sutil para ser del artista malagueño. En efecto, no era obra suya sino de Podemos, parte de la campaña electoral que empieza oficialmente pasado mañana (lo llaman precampaña y no lo es). Nada extraño, por otro lado, en una formación que sentó en la Mesa del Congreso a otro artista: Marcelo Expósito.

La, digamos, instalación del partido morado supone la entrada en el arte contemporáneo de eso que -para asuntos y momentos más trágicos- Walter Benjamin llamaba estetización de la política, confiada hasta ahora a las masas con banderas, los carteles con lemas de repertorio y la lírica tradicional, es decir, al arte moderno (o, si se quiere, al fascismo y el comunismo). Mientras Vox sigue explotando la querencia binaria de la oralidad —“No tengo el Estado en la cabeza, tengo España en el corazón”, ha dicho Abascal mezclando a Fraga con Pablo Neruda—, Podemos ha echado mano del arte conceptual, concretamente de la escuela de Krzysztof Wodiczko. En 1985, en pleno apartheid, el creador polaco proyectó una esvástica en el frontón de la embajada de Sudáfrica en Londres. Cinco años más tarde participó en la colectiva El sueño imperativo, organizada por el Círculo de Bellas Artes de Madrid. En aquella ocasión, Wodiczko convirtió su proyección en el Arco del Triunfo de Moncloa en una crítica a la invasión estadounidense de Irak, desencadenada pocos días antes. Si en los pilares podían verse un fusil de asalto y la pistola de un surtidor de gasolina, en el frontispicio se leía “¿Cuántos?”.

En El sueño imperativo también participó el citado Rogelio López Cuenca, uno de los artistas españoles que mejor ha comprendido que la escultura pública moderna no debe limitarse a vaciar los museos para llenar las rotondas sino cuestionar la propia lógica monumental, que siempre tiene a mano una menina de bronce. En aquel 1991 López Cuenca andaba preparando el proyecto que al año siguiente le censuraría la Expo de Sevilla, parte del cual puede verse ahora en el Reina Sofía. Ni que decir tiene que aquel acto de censura fue la mejor demostración de que había acertado, pero es una vieja costumbre del poder celebrar en los museos lo mismo que reprime en las calles.

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