Crítica | 4 latas
Crítica
Género de opinión que describe, elogia o censura, en todo o en parte, una obra cultural o de entretenimiento. Siempre debe escribirla un experto en la materia

Un cómic de aventuras

Su acercamiento a la amistad y a la fidelidad es el que finalmente sostiene un trabajo solvente pero carente de altura

Hovik Keuchkerian y Jean Reno, delante, y en el asiento de atrás, Susana Abaitua y Arturo Valls, en un fotograma de '4 latas'.
Hovik Keuchkerian y Jean Reno, delante, y en el asiento de atrás, Susana Abaitua y Arturo Valls, en un fotograma de '4 latas'.

Documentalista de formación, el español Gerardo Olivares ha ido dotando a sus sucesivas ficciones de propiedades inherentes al formato de la crónica de los hechos reales, al tiempo que, desde la dirección contraria, dispensaba a sus documentales con ciertas particularidades de la narración novelesca. Siempre apegado a la tierra y a la consustancial influencia del paisaje físico sobre el interior de sus criaturas, el director de, entre otras, La gran final (2006) y Entrelobos (2010) ha ido conformando una filmografía quizá un tanto desigual, pero coherente con un ideario social, político, humano e incluso tonal, en el que dominan la tolerancia, el gusto por el exotismo y la defensa de la naturaleza.

En 4 latas, su undécimo largometraje, una road movie de manual sobre el viaje de tres personajes bien opuestos por el desierto del Sahara y meta final en Mali, en busca de un cuarto al borde de la muerte aunque sobre todo al encuentro consigo mismos, como mandan los cánones del subgénero, Olivares apunta algunas de las virtudes de anteriores películas, pero reincide en parte de sus defectos.

Una vez más tiene gracia el choque de civilizaciones que, en cambio, acaban fundiéndose en un abrazo de cordialidad gracias a la influencia de aspectos en principio banales pero de decisiva importancia, y ahí la universalidad del fútbol ejerce de patrón. Sin embargo, como ya le ocurriese en 14 kilómetros (2007) y El faro de las orcas (2016), el esteticismo de su propuesta acaba enturbiando los matices casi antropológicos de su relato. Y a la bella fotografía de colores explosivos de Gonzaga Manso se une un tratamiento musical de elefantiásica presencia, con una desmesurada comparecencia de interludios y de canciones en un tono semejante (buen rollo para la carretera), a la que hay que sumar una banda sonora de Pascal Gaigne que tampoco para de sonar en las secuencias de diálogo. La película, en determinados instantes, pide silencio, un poco de pausa, y poso en las miradas, pero el tono de simpatía a machamartillo la lleva por un camino de excesiva superficialidad, como un cómic de aventuras (los dos personajes de Francesc Garrido son casi de Tintín) que cuando pretende introducir un tema de gravedad, como la inmigración subsahariana, se deshilvana sin fuste ni complejidad.

De modo que su acercamiento a la amistad y a la fidelidad es el que finalmente sostiene un trabajo solvente pero carente de altura, en el que son decisivas la experiencia de Jean Reno, la casi animal presencia física y vocal de Hovik Keuchkerian, y el sugestivo rostro machacado por la buena vida de Enrique San Francisco.

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