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Hernán Cortés lleva a la Academia de Bellas Artes su retrato innovador

El pintor gaditano ingresa en la tricentenaria institución avalado por Antonio Bonet Correa, Manuel Alcorlo y Rafael Canogar

El pintor Hernán Cortés durante el acto de ingreso en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, Madrid.
El pintor Hernán Cortés durante el acto de ingreso en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, Madrid.

Con el fresco entusiasmo de un artista apasionado, el veterano retratista Hernán Cortés (Cádiz, 1953), por cuyo estudio ha desfilado lo más granado de la vida social, cultural y política española, ingresó este domingo en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Su emocionado discurso, escrito tras medio siglo de trabajo incesante al óleo sobre el caballete, fue bellamente replicado por Antonio Bonet Correa, exdirector de la Academia y mentor del nuevo ingresado. Los pintores Manuel Alcorlo y Rafael Canogar avalaron asimismo su candidatura.

El salón de actos de la tricentenaria institución áulica madrileña se hallaba atestado de asistentes -personas egregias muchas de ellas- atraídas por el nombramiento del nuevo académico: ha sido Hernán Cortés quien ha llevado a sus lienzos una nueva forma de innovar el arte del retrato pictórico. Así, su galería de los siete padres de la Constitución de 1978, que engalana los muros del Congreso de los Diputados, es considerada como paradigma de la nueva y singular manera de retratar ideada por él. Y lo ha hecho manteniendo la máxima lealtad a los personajes efigiados, con la atinencia al encargo encomendado y, señaladamente, involucrándose en la fidelidad a su propia mirada: la de un artista comprometido en la exploración y la interpretación del alma humana.

Así lo explicó en su amena intervención titulada Sobre el retrato, el encargo y el enigma humano, iniciada con una referencia a su inclinación vocacional hacia la pintura, surgida cuando, a la edad de seis años, su madre le regaló su primera cajita de pinceles. Hijo de un pediatra destinado en Puerto de Santa María y en Cádiz provisto de devoción por la Cultura, Hernán Cortés admite haber troquelado el bastidor cromático y esencial de su propuesta pictórica, así como el horizonte y la estructura espacial de su futuro arte, con la luz que baña la bahía gaditana y frente a la inmensidad del Atlántico. Lo ha señalado María Dolores Jiménez Blanco, comisaria de su reciente exposición de retratos en la sede madrileña de la Fundación Telefónica.

Con apenas diez años, Cortés visitaría junto a su padre y su hermano Antonio el Museo de la sede madrileña de la Academia a la que ahora ingresa, “hogar y reflejo de la pintura de retrato que ha acompañado, con mayor o menor fortuna, la evolución políticas, artística y social española desde mediados del siglo XVIII”, afirmó. “Aquí estuve en mi infancia, tiranizado durante meses por retratos como el que Goya hizo de La Tirana”, explicó Cortés con una sonrisa. Recuerda haber visto entonces, con el anhelo de emularlo, el retrato de una niña bocetado por el pintor y académico gallego Fernando Álvarez de Sotomayor; con el tiempo, esa niña, Maya, nieta del pintor, sería su compañera vital y el principal apoyo de su carrera pictórica.

Cortés admite haber troquelado el bastidor cromático y esencial de su propuesta pictórica con la luz que baña la bahía gaditana 

Estudiante de Medicina a instancias de su progenitor, no bien por intercesión de amigos de su padre, como Gregorio Marañón, Pedro Laín Entralgo y Dámaso Alonso, sabedores estos de la precoz desenvoltura de Hernán con los pinceles, dejó la senda de Hipócrates para consagrarse a la pintura. Formado en Sevilla y en París, donde indagó en la pintura abstracta, se adscribió inicialmente al realismo social, que abandonaría pronto. Descubriría luego en el retrato el género que, desde edad temprana, absorbió la mejor cinética de sus trazos, si bien reparó de inmediato en la dificultad que presentan los desafíos que el retratista ha de superar: el reto del parecido, que se presenta con perfiles inquietantes, se resume para él tan solo en una serie de rasgos esenciales; el trazo certero ayuda a resolver esta delicada cuestión; pero, para Hernán Cortés, ni parecido ni trazo son en sí suficientes. Se trata, sobre todo, de que la mirada del pintor “le permita encontrar el ángulo donde el modelo mejor se expresa a sí mismo”. Si le acompaña la fortuna, agrega, surge un “chispazo revelador” que rubrica el desafío con el éxito.

“Retratado, pintor y mentor del encargo protagonizan el retrato”. Puso el ejemplo del primero de los realizados a Felipe IV por Diego Velázquez, para subrayar la elegancia del artista sevillano a la hora de satisfacer las exigencias y circunstancias que cada uno de aquellos demanda y que el retratista ha de conjugar superando las contradicciones que acostumbran a enfrentarlos. Tras subrayar la presencia en el retrato del perenne anhelo del ser humano por trascender a la inexorabilidad de la muerte, abordó después la supuesta dicotomía pictórica entre figuración y abstracción. El desgarro conceptual entre una y otra ha hecho mella en la historia del Arte contemporáneo. Empero, Hernán Cortés muestra en sus obras la coexistencia armoniosa de la figura humana con la esencialidad de esa lejanía que la abstracción procura a la hora de representar al personaje efigiado: el retratista debe saber guardar esa distancia, la que le permite indagar, explorar y descubrir el enigma que acompaña a todo ser humano y que, en un destello, intercomunica al pintor y al retratado en una intelección rica y mutua. “Figuración y abstracción no se excluyen, sino que se complementan y enriquecen”, asegura. Vienen a ser, para él, dos segmentos de una misma y necesaria potencialidad expresiva.

El presidente de Patrimonio Nacional y académico, Alfredo Pérez de Armiñán; políticos como el exministro Íñigo Méndez de Vigo, Ángel Gabilondo y Nicolás Sartorius; historiadores como José Álvarez Junco y Pedro Navascués; catedráticos de Arquitectura como Alberto Campo Baeza y Javier G. Mosteiro; actrices como Alicia Sánchez; musicólogos como Tomás Marco y diseñadores como Roberto Turégano, acompañaron al nuevo académico en una velada grata, rubricada por los saberes de Antonio Bonet Correa y el actual director de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, Fernando de Terán, que dio entrada al retratista Hernán Cortés al histórico Olimpo madrileño de las Bellas Artes.

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