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EL INMADURO COLUMNA i

Las bailarinas

Celebremos las páginas que hombres y mujeres escribieron al servicio y dictado de la vida y que no leeremos jamás

Franz Kafka, en Praga, en 1920. On Prague'S Old Town Square (Around 1920). (Photo by:)
Franz Kafka, en Praga, en 1920. On Prague'S Old Town Square (Around 1920). (Photo by:) Sovfoto / UIG / Getty Images

Sé que moriré sin leer muchos libros que me hubieran salvado la vida. Se quedarán perdidos, sepultados, escondidos, en el caos de mi biblioteca o de otras bibliotecas. Cientos de libros excepcionales no serán leídos nunca por seres humanos excepcionales. Por eso me sonrío cuando los editores de revistas, o de periódicos, o de libros, me piden textos inéditos. Pienso: Cervantes es un escritor inédito para el 90% de los españoles. Toda la historia de la literatura está inédita para millones y millones de seres humanos que no leen. Para millones de seres humanos “Puedo escribir los versos más tristes esta noche” podría ser un verso escrito ahora mismo.

Me quedan muchas novelas de Galdós por leer. No he leído todo Dostoievski. Me faltan páginas y páginas de Dickens. Me voy olvidando de las tragedias de Shakespeare que leí cuando tenía 20 años. Me olvido de lo que leí y me acuerdo de los lomos apenas entrevistos de los libros que nunca leeré. No hay melancolía en esto. Hay fascinación. Puedo inventarme el placer moral y el deslumbramiento que me causarían esos libros extraordinarios que no conoceré, porque mi vida es mortal. No podré releer a Kafka ya nunca más, porque si lo releo me quedará sin leer las últimas novelas de Álvaro Enrigue o de Rosella Pastorino o de Carlos Zanón, que están ahora frente a mí, en mi mesa, y me piden que las lea y yo quiero hacerlo. Moriré sin conocer las gran literatura rusa de la Edad Media. Porque nunca aprenderé ruso. Me moriré sin saber cómo sonaban hace dos mil quinientos años los versos de Homero. Me moriré sin saber qué pensaban de la muerte miles y miles de personajes de novelas que hablan de la muerte y que yo no tendré tiempo de leer porque la muerte me lo impedirá.

También en la calle alumbra un sol de invierno, estamos en febrero. Madrid es una ciudad llena de vida. Ningún ser humano, pasados los cincuenta años, puede dedicar a la lectura los días enteros. El mismo Don Quijote, cumplidos los cincuenta, dejó de leer y eligió vivir. También yo cierro los libros, como hizo Don Quijote, y me levanto de la mesa, y salgo a la calle. Y descubro entonces la hermosura de la vida. Y me pongo muy nervioso, porque todo es ferozmente intenso: la gente, las calles, los árboles, las casas, los semáforos, las nubes, las tiendas. Y entonces regreso a mi casa. Y no quiero que nada se pierda. Y abro el ordenador. Y escribo, como escribieron cientos de seres humanos antes que yo, con la misma intención de que no se desvanezca la hermosura de la vida. Somos una cadena de fantasmas enamorados. Celebremos las páginas que hombres y mujeres escribieron al servicio y dictado de la vida y que no leeremos jamás. No leer jamás esas páginas es belleza también. Ah, la literatura y la muerte, dos grandes bailarinas en la oscuridad.

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