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La alegría del arte

Figura indiscutible del teatro argentino, Augusto Fernandes murió el pasado 18 de diciembre a los 79 años

Figura indiscutible del teatro argentino, gran director y maestro de actores, Augusto Fernandes murió el pasado 18 de diciembre a los 79 años. El primero en hablarme de él fue José Luis Gómez: “Fernandes, Carlos Gandolfo y Agustín Alezzo son los padres o hermanos mayores de la generación de Veronese y Bartís”. Gómez le había conocido en Alemania, cuando Fernandes dirigía el Conservatorio de Bochum, “donde montó un espectáculo fascinante, Atlantis, que en su imaginación veía como el continente perdido de los recuerdos, devastados por el holocausto”.

Gómez hablaba y no paraba de Fernandes, de origen portugués pero argentinísimo, que le presentó a Lee Strasberg y le hizo seguir sus enseñanzas en Los Ángeles. En los ochenta, Fernandes le dirigió en la kafkiana Carta al padre. Con Gómez, por cierto, compartía la pasión por un cómico descomunal y exiliado en Buenos Aires junto a Margarita Xirgu, Pedro López Lagar, que volvió a España a finales de los cincuenta e hizo Panorama desde el puente, de Miller.

De generación a generación, Fernandes había marcado también al joven Sergio Peris-Mencheta: “Un curso de tan solo una semana me cambió la vida. Me lo presentó Juan Carlos Corazza en su estudio madrileño. Habla con él y te contará muchas más cosas de las que pueda contarte”. Corazza me dice: “A los 23 años, cuando yo empezaba a trabajar en Buenos Aires, me aceptó y con él estudié dirección un año. De aquel primer encuentro me vuelve su absoluta pasión por Lorca, que nunca le abandonó: en nuestra última conversación, hará apenas un mes, me insistía en que dirigiera Yerma”.

Gómez me habló entonces, y Corazza hará unos días, de personajes e historias que darían para libros enteros. De boca de Corazza surge el nombre de Hedy Crilla, austríaca, discípula de Stanislavski y Brecht, “actriz y profesora importantísima en Argentina: con ella, el trío Fernandes-Gandolfo-Alezzo comienza una búsqueda capital para la escena, y de sus enseñanzas saldrán intérpretes como Federico Luppi o Norma Aleandro”. Gómez me contó que Fernandes se quedó casi veinte años en Bochum para escapar de las sentenciadoras listas de la Triple A.

Corazza se emociona al recordar al maestro y amigo. “Era un gran profesor de dirección, de análisis de textos, y un gran compañero. Sus pasiones abarcaban también la música y la pintura. Erudito en Shakespeare, con un conocimiento amplísimo, pero siempre en zapatillas, como así le gustaba decirlo, muy sabio pero nunca académico. A través de Shakespeare se acercó a la astrología en los últimos años”. No me cuesta imaginar a Fernandes con un perfil a lo Próspero. “Y se acercó a la pintura: también comenzó a estudiarla, y pintó mucho. Yo conocí a Sorolla en profundidad gracias a él. ¿Algo que defina su forma de ser y de enseñar? La alegría. La alegría del arte. Exhalaba placer por aprender y por enseñar. Quizás por su humildad, y porque no lo buscó, creo que no tuvo todo el reconocimiento que merecía, pero su vida y su huella fueron extraordinarias. Y su partida. Nos dijo que deseaba morir mientras durmiera, y así fue: como una bendición”.

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